domingo, 20 de septiembre de 2015

El Ictus I: Introducción

La palabra Ictus hasta hace poco solo se oía en los ambientes neurológicos aplicable a cualquier alteración neurológica que sobrevenía de improviso, súbitamente y dejaba secuelas graves.

En puridad, cualquier afección neurológica de comienzo brusco, inesperado, es un ictus. Por eso incluso se aplicaba a las crisis epilépticas el llamado “ictus epiléptico” que, aunque no deja secuelas graves, es de comienzo repentino, “ictal”. Sin embargo, lo más corriente era aplicar el término a las enfermedades que dejan grandes secuelas, principalmente la hemorragia o el infarto cerebral. Estas son las tres grandes causas de ictus.

En realidad, “ictus” es prácticamente sinónimo de lo que clásicamente se llamaba “accidente cerebrovascular agudo” (ACVA), ya que la epilepsia es algo distinto y nunca hizo fortuna el término de ictus epiléptico. Para describir un ictus epiléptico se suelen usar los términos de “ataque” o “crisis” epiléptica. 

Las causas del ictus son las mencionadas: hemorragia cerebral o infarto cerebral. El infarto puede ser por una embolia o por una trombosis. En general se trata de una zona del cerebro que se queda sin riego sanguíneo, y por tanto sin oxígeno. Las células cerebrales solo aguantan 3 minutos sin oxígeno, al cabo de las cuales mueren o quedan muy lesionadas. De ahí todos los esfuerzos que se hacen para instaurar un tratamiento precoz, aunque ni siquiera con este tratamiento precoz se consigue eliminar las secuelas. Las cifras son muy elocuentes. Hay miles de ictus al año, y es la causa de muerte más frecuente en mujeres.

Sin duda alguna, Lo mejor es prevenirlo y evitarlo. Para conseguir alejarlo, lo mejor es mantenerse delgado, o – al menos – sin sobrepeso, con cifras de tensión normales y, a ser posible, con el colesterol y los triglicéridos en cifras igualmente normales. Con eso, es difícil que sobrevenga un ictus, aunque – como siempre en Medicina – no se puede asegurar al 100% que no ocurrirá.

Como dice el segundo título de esta obra “La enfermedad no avisa” y eso es particularmente cierto con el ictus, aunque hay varios factores de riesgo, que pueden ser premonitorios.

Es muy cierto también el tercer título, de cómo hay que aprender a convivir con él. En realidad hay que volver a aprenderlo todo: a vestirse, a caminar, a andar, a correr, a manejar los cubiertos para comer, a escribir, a conducir. Eso lleva a la desesperación, pues además ya no se tiene la agilidad de la infancia o juventud, ni la capacidad de aprendizaje. El sufrimiento es sencillamente atroz. Se deja de disfrutar de la vida y se desea sinceramente la muerte.

Con frecuencia se imbrican otras enfermedades propias de las personas mayores, como prostatismo, bronquitis, EPOC, etc. que son aún más penosas que en los sujetos neurológicamente intactos. La vida pierde casi todo su atractivo y el paciente se conforma con sobrevivir en el día a día, y poco más.


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