domingo, 20 de septiembre de 2015

El Ictus II: La enfermedad no avisa

Pues yo, señores, ahora soy un pobre viejo paralítico prostático y anémico, pero hace solo dos años era un brillante cirujano, catedrático de Cirugía, ágil, viajero y buen cocinero y cirujano al decir de los que probaban los condumios que salían de mi pequeña cocina, y de los que me veían operar.

Vivía feliz en un apartamento muy pequeño (25m) pero acogedor y con unas vistas bonitas y amplias hacia el mar y el Sardinero, que es un barrio de Santander con 3 playas urbanas y varios jardines frondosos unos y llanos otros.

Por la mañana, después de desayunar, hacía alguna compra (según lo que me apeteciera comer o cenar) y preparaba la comida, que dejaba hecha antes de ir a la playa a caminar y a darme un baño de mar.

Aquella mañana de Octubre salió con sol radiante. Daba gusto ver el Sardinero soleado. Preparé una ensalada de tomate, cebolla y patata cocida, y la dejé en la cocina. Esperanzado e ilusionado, pensaba comerla al mediodía, a la vuelta de la playa. Poco me imaginaba que jamás la probaría.

Puse el traje de baño y bajé a la playa. Dejé el calzado y la camisa en la arena y comencé a caminar. Cuando iba yo algo deprisa, andando ligero sobre la arena mojada, noté que mis piernas tropezaban una contra otra y me caí al suelo de bruces. Me golpeé en la cara y comencé a sangrar por la nariz. Me quedé en el suelo, con la cara llena de arena y de sangre, por lo que pensé acercarme a la orilla, que estaba a 2 ó 3 metros, para lavarme. Esa era mi comprensible obsesión, lavarme la cara y retirar arena y sangre.

Pronto algunas gentes me rodearon. Oía que decían que me había dado un ataque de algo, o un infarto o similar, y no me dejaban que me acercara a la orilla, mientras hablaban de llamar a una ambulancia. Yo estaba convencido de que si me dejaban lavarme, volvería solo a casa, comería la ensalada, dormiría la siesta y me despertaría tan bien como todos los días.

Pero nadie me escuchaba. Todos preguntaban que con quién había ido y parecían disgustados al saber que había ido solo. Estaban deseando “quitarse el muerto de encima” y descargarse del trabajo de pedir ayuda.

Al fin entendí que una ambulancia estaba en camino y eso pareció tranquilizarles, a todos menos a mí, que seguía con el rostro enarenado y ensangrentado e incómodo.

Para que vieran que había sido un traspié y que me encontraba bien, intenté levantarme, pero mi extremidad inferior izquierda no me obedecía bien. Entonces empecé a pensar que quizá lo de la ambulancia podía ser necesario. Llegó enseguida. Me subieron a una camilla y me metieron en la ambulancia.

Yo me daba cuenta de todo. Incluso del camino al Hospital, que era en el que yo había trabajado muchos años. Llegamos y me trasladaron a una camilla con ruedas. Me llevaron a rayos y me hicieron un TAC. Después oí algo referente a radiología intervencionista. El médico que lo hacía, muy joven, era buen amigo y yo sabía que trabajaba muy bien, lo que me tranquilizó.

Ahora me pincharán la femoral, pensaba yo sin mucho temor, aunque sabía que era una aguja gruesa, pero esperaba del buen hacer de mi colega una buena anestesia local, como así fue.

Efectivamente me pincharon la arteria femoral izquierda e introdujeron por ella un catéter. Yo lo seguía todo mentalmente pues yo mismo había hecho ese proceder varias veces. No me hicieron mucho daño.

Después, por deferencia del radiólogo amigo, me pusieron de lado y pude ver la pantalla de televisión. Tal como explicaban, se veía la arteria cerebral media, una de cuyas ramas más importante estaba obstruida, y a partir de ahí, el hemisferio cerebral izquierdo no recibió sangre.

Yo sabía que las células del cerebro no pueden estar más de tres minutos así, sin oxigeno, porque se mueren, y empecé a preocuparme. Cada minuto me parecía eterno. Pronto vi un catéter que avanzaba hacia el lugar de la obstrucción y oí al médico decir que iba a aspirar el trombo, lo que me dio gran alegría. Efectivamente el catéter llegó al trombo y cuando se retiró la sangre volvió a fluir y a llenar la zona poco antes vacía.

Todos parecían contentos, incluso yo, que pensaba que el cerebro apenas había estado 2 minutos sin sangre y que por tanto no había sufrido mucho.

No tardaría en darme cuenta de lo equivocado que estaba.

Poco después me llevaron a la UVI. Mis pensamientos estaban en la zona que se había quedado sin riego, que ahora estaría con un exceso de riego, lo que se suele llamar “perfusión de lujo”. Sabía que eso era muy peligroso especialmente si médicos no muy duchos en el asunto se empeñan en tratarlo. Es mejor dejar que evolucione solo. Entonces sí tuve algo de miedo de que los médicos de la UVI se empeñaran en tratar mi perfusión de lujo y mi probable edema cerebral. Sabía que eso suele terminar mal para el paciente. Afortunadamente se abstuvieron de intentar buscar éxitos, y dejaron actuar a la Naturaleza, que es muy sabia.

Yo lo oía todo y lo interpreté así, lo que me tranquilizó.

Perdí toda noción del tiempo, pero recuerdo oír la voz de mi hija, y de un médico que me preguntaba:

-        ¿Sabes quién es?

-        Sí, mi hija

-        ¿Cómo se llama?

-        Isabel

Después lo mismo con uno de mis hijos varones. Sin duda deseaban saber mi grado de conciencia.

Mis recuerdos siguientes son ya de estar en una cama en una habitación en los pisos altos del hospital. Estaban mis hijos, algunos hermanos y Teresa, una amiga.

Empecé a darme cuenta de que no podía mover la mitad izquierda de mi cuerpo, o sea, más técnicamente, que estaba hemipléjico. Sentía ganas de orinar pero todos me decían que era una sonda que tenía en la vejiga. Así empezó un calvario que no es para expresar con palabras, y que no ha acabado hoy día, casi tres años después.

Estuve una semana en aquella habitación. Por la mañana venía Teresa para acompañarme en el desayuno y me traía pastas. Eso me gustaba mucho, las pastas y la compañía.

Después pasaban la visita los médicos. A pesar de ser todos compañeros y algunos amigos, recuerdo sus maneras como distantes. Especialmente las mujeres. Ni una sonrisa ni una palabra de ánimo. Más parecía que querían demostrar que sabían mucho, que estar cerca del paciente. Me exploraban someramente y en esas exploraciones vi que estaba hemipléjico y que el asunto por desgracia, iba en serio. A los dos o tres días comencé la rehabilitación, que – como yo bien sabía – era el único tratamiento que cabía hacer y mi única esperanza de lograr alguna recuperación.

Sin embargo, me encontré con unas fisioterapeutas autoritarias, distantes y duras, que me trataban como a un párvulo díscolo. Me mantenían de pie y yo sufría lo indecible pues tenía la clara sensación de que me iba a caer en cualquier momento y que me iba a matar. Suspiraba por sentarme un momento, pero no me dejaban.

Creo que pocas veces en mi vida desee algo como deseaba que se acabaran aquellas sesiones. Entraba una celadora con una silla de ruedas y yo veía el cielo abierto. Me sentaba con insuperable placer en la silla y ella me llevaba a la habitación. Allí me echaba sobre la cama y me regocijaba pensando que ya no estaba de pie ni iba a estarlo en toda la tarde.

Algún día llegaba mi hija Marta y me decía que me levantase. Yo, naturalmente, me negaba. Ella contestaba con una frase que todo el mundo repetía y que se me fue haciendo insoportable.

-        Es por tu bien

Se había erigido en la dueña del bien y del mal. Yo pensaba: “Dios nos libre de los iluminados que saben dónde está el bien y el mal”.

Después vi en el trasporte de la rehabilitación que casi todos los que estábamos inválidos estábamos hartos de la famosa frase “es por tu bien” y tras decir eso, te fastidiaban todo lo que podían.

Así estuve una semana soñando por escaparme siquiera un par de horas para ir a una terraza del Sardinero, comer algo decente en una mesa y sentado, y tomar un vaso de vino viendo el mar. Lo de comer en la cama no me agradaba, por lo que apenas comía.

Mis hijos seguían buscando algún lugar para rehabilitarme, y descubrieron que en Oviedo había un hospital relativamente especializado en esos asuntos. Pedimos plaza y tuvimos la buena suerte de que fui admitido. Eso me abrió una puerta a la esperanza. Pocos días después llegaba al Hospital Monte Naranco de Oviedo.

Enseguida vimos todos que las cosas habían cambiado. Las enfermeras, auxiliares, médicos, celadores, etc. eran más simpáticos que en Santander. En Rehabilitación, en cambio, era lo mismo o peor y yo seguía sufriendo mucho. Tampoco comía casi nada.

Los que eran muy agradables eran los otros enfermos compañeros de habitación y sus familiares, especialmente un ferroviario llamado Ángel, verdaderamente simpático y amable. Cada vez que me cruzaba con Ángel, lo que era frecuente pues compartíamos habitación, me miraba con gesto amable y exclamaba: “¡Vaya papeleta que tenemos, compañeru!”. A mí me hacía gracia y al poco tiempo ya se lo decía yo a él también. Verdaderamente era una papeleta; un toro difícil de lidiar. Aún ahora me acuerdo de lo de la papeleta, y de Ángel el ferroviario y me sonrío, pero ¡qué razón tenía!… ¡Vaya papeleta que nos cayó!… En fin, paciencia y barajar…

Allí empecé a dar dos o tres pasos con la ayuda de una muleta. Eso me animó, pues desplazarse tres o cuatro metros ya me parecía un éxito y algún día incluso salí a la terraza a tomar el sol con Teresa, que seguía visitándome en Oviedo.

No hace falta decir que no tenía proyectos. Mi única ilusión era recuperarme lo más posible, aunque en rehabilitación seguía sufriendo, pues yo creo que tenía un vértigo grave, secuelas del ictus, y a pesar de ello me hacían permanecer de pie sin apoyo ni ayuda. Llegué a odiar la tal rehabilitación, y con tal de no estar allí ya me sentía feliz.

Quizá por esto fue ilusionándome la posibilidad de volver a mi casa del Sardinero y hacer la rehabilitación de forma ambulatoria en Valdecilla, donde tenía amigos y compañeros. Mis hijos arreglaron las cosas, de modo que alquilaron una casa y contrataron una cuidadora, llamada Milagros, para que pudiera estar en mi casa y no dejara de hacer rehabilitación. Así lo hicimos y para mí fue una resurrección.

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