miércoles, 4 de abril de 2007

En el Instituto, cincuenta años después

Crucé el Bombé al anochecer, seguí por el paseo de los Curas en dirección a la Fuentona y subí un poco hacia la derecha. Como iba meditando en los partidos de fútbol de la Herradura, hoy imposibles, apenas me di cuenta de que tenía a la vista el Instituto.
Estaba el portón abierto, el de Calvo Sotelo, que era por el que entrábamos los alumnos, y sentí ganas de pasar adentro a fisgar. Al cruzar el umbral, de repente, sentí los versos de Lorca:

La noche se puso íntima
Como una pequeña plaza.

Mis recuerdos y yo. Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de don Ulpiano, el profesor de la Escuela Preparatoria. Don Ulpiano fue el mejor enseñante que conocí en la vida. Ni catedráticos de la Autónoma, ni profesores de UCLA, ni eméritos de Oxford. Don Ulpiano. Amor a los chicos, claridad de mente y sentido común. Y sobre ello, muchas ganas de que aprendiéramos. Para enseñarnos lo que era la presión atmosférica llevaba una vasija llena de mercurio y repetía, delante de nosotros, el experimento de Torricelli. Para las Ciencias Naturales nos mostraba minerales, pájaros disecados, ranas, lo que fuera. El verdadero maestro, decía Marañón, no enseña cosas, enseña modos. Don Ulpiano nos enseñó cosas y modos. Educación, comportamiento, conducta, ética, a más de desasnarnos.
En los cursos de Bachiller ya teníamos varios profesores. En su mayoría excelentes. Anita Fratarcángeli, prodigio de energía y entusiasmo docente, que nos hacía aprender latín nolens volens. Mari Montero, de enseñanza suave, pero eficacísima y honda. Don José, su señor padre, que respetaba y quería a sus alumnos de Dibujo, que teníamos 10 años. Don Moisés López de Turiso, más conocido como don Turiso, vigoroso a pesar de la edad, de clases amenas y placenteras. Había otros: don Fernando, el de Matemáticas, a quien llamábamos “Vaporinos”, por su costumbre de mover los labios como si expulsase pequeños soplos de aire; don Virgilio Trabazo, de Ciencias Naturales; la señorita Balbín, magnífica docente de gramática española. Casi todos buenos, algunos excelentes.
Hasta don Julio García, que daba Gimnasia y Política, era un gran educador, que conectaba con los niños sin problema alguno. Sus clases eran entretenidas y su vocación por el deporte manifiesta.
En aquellos tiempos era frecuente que los maestros pegasen, pero en el Instituto eso era muy raro. A don Ulpiano sólo le vi en una ocasión dar una bofetada a un chico, y después, en el Bachiller, era excepcional que un profesor empleara el castigo físico. “Vaporinos” era aficionado a dar un tirón de orejas (a mi amigo Joaquín Orejas le decía: acérquese señor Orejas, que le voy a estirar las ídem), y don Turiso podía ocasionalmente emplear el puntero para dar un coscorrón, pero ahí quedaba todo. En cambio sí ví más de una paliza, brutal y en público, en el colegio de frailes en el que estudié más tarde, pese a que ya estábamos en el Bachiller Superior; o sea, que teníamos 15 años o más.
El ambiente en el Instituto era liberal, y sólo cuando fui interno a un colegio de frailes me di cuenta de lo que había perdido. Los chicos también teníamos buen ambiente. No faltaban algunas peleas, pero el fútbol lo hacía olvidar todo. Jugábamos con cualquier cosa redonda y poníamos pasión y hasta algunas migajas de arte.
Cuando entré en el patio vi que todo estaba cambiado. En el prao de nuestros amores futboleros habían construido un sólido edificio. En la antigua cancha de tenis, otro. En realidad todo era distinto.
Me fijé entonces en la esquina de “la señorina”. Eso estaba igual. La misma esquina, aunque sin “señorina”. ¿Qué sería de ella? La “señorina”, a quien algunos llamaban “la paisanina”, llegaba todos los días unos minutos antes de que saliéramos al recreo. Llevaba una enorme cesta sobre la cabeza, en sorprendente equilibrio, y andaba con ella encima con toda soltura, lo que le permitía tener las dos manos libres. Llegaba a su esquina, que estaba debajo de un alero, por si llovía, y bajaba la cesta grande, cuadrada, hecha de anea o de espadaña, llena hasta los topes. Allí esperaba en silencio hasta que los chicos inundábamos el patio de gritos y carreras. Entonces se abría el comercio. Una manzana grande y sonrosada, dos reales. Una amarillenta, pequeña y con bicho, un real. Castañas e higos pasos, a perrona la unidad. Regaliz, a perrina.
-Señorina, ¿me da dos reales de cacahuetes?
-¡Eh, tú, que antes estaba yo!
-Mentira, estaba yo primero.
Entonces los chicos apenas decíamos tacos o palabrotas. Lo más algún empujón o algún: ¡chaval!, ¿yes bobu?
La inflación también alcanzaba a la paisanina, que iba subiendo sus productos de año en año. En tercero de Bachiller, por una peseta ya sólo te daba cinco castañas o cinco higos, y fabricaba los cucuruchos de cacahuetes de a peseta con un cuarto de hoja de “La Nueva España”, en vez de con media, como antaño.
La señorina era muy honrada y nunca se quedaba ni con una perrina de más. Al contrario, a veces a los clientes asiduos les daba un higo paso de propina. Para compensar, alguna que otra vez decía:
-Hoy sólo doy cuatro a la peseta porque son muy grandes.
Y era verdad, porque ya digo que era honrada.
Seguí caminando hacia la puerta por la que entrábamos al edificio, bien custodiada en tiempos por los bedeles Jiménez y Lázaro. Ahora había alguien armado, que me dio el alto bruscamente.
-¿Dónde va?
De momento no supe qué responder. Un poco avergonzado dije:
-Nada, nada, estaba dando un paseo. Ya me marcho.
Volví hacia el portón de entrada y pasé por la esquina de “la paisanina”.
-¿Podría darme una peseta de higos pasos?
La señorina me contestó desde Lorca:
-Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo
ni mi casa es ya mi casa.

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