domingo, 29 de abril de 2007

Hombres con pendientes

Hace años la verdad es que chocaba ver a un hombre con un pendiente. El rostro parecía asimétrico, como algo desfigurado, y no me hacía a ello. Creo que no éramos pocos los que nos quedábamos algo extrañados. Ahora ya se empieza a ver más normal, quiero decir más frecuentemente. En ciertos ambientes ya somos raros (otra vez en el sentido de frecuencia) los que no llevamos ningún adorno en el lóbulo de la oreja. Dos mejor que uno, parece decir la moda, persiguiendo -quizá- el objetivo de vender el doble siempre que pueda, con lo que ahora también algunos varones llevan adornadas ambas orejas.

Sin embargo, y a pesar de que parezca moda reciente, la costumbre es antigua. He leído que un cadáver que llevaba cinco mil años congelado en el interior de un glaciar de Austria tenía las orejas perforadas, aunque no se especificaba si se trataba de un hombre o de una mujer.

Los primeros tipos de pendientes de los que se tiene noticia datan de unos tres mil quinientos años antes de Cristo, y aparecieron en el Próximo Oriente. Estaban hechos para orejas perforadas, y los materiales empleados eran conchas de moluscos, marfil, vidrio y metal. Parece que los usaban preferentemente las mujeres, pero no los desdeñaban algunos hombres.

Hace más de dos mil años, en la riberas del Mediterráneo, las mujeres griegas y babilónicas ya decoraban sus rostros con pendientes. También lo hacían, aunque raramente, los varones.

Algo parecido sucedía en la China, donde, por esas épocas, ambos sexos se encontraban favorecidos colocando pequeños objetos lujosos en sus orejas, dos las mujeres y uno los hombres. Parece ser que los llevaban personas de todas las clases sociales, pues los había de oro, plata, cobre, latón, bronce y hierro. Supongo que no sería fácil ligar con un pendiente de hierro.

En el antiguo Egipto, mil quinientos años antes de Cristo, eran las mujeres quienes se perforaban los lóbulos para lucir pendientes.

En el siglo XVI, en Italia, comienzan a usarse las perlas como elemento esencial de los pendientes. Son básicamente las mujeres las que lucen ese tipo de joyas en sus orejas, pero también lo hace algún hombre. Más tarde, en los siglos XVIII y XIX, con el uso de las pelucas y la costumbre del pelo largo, el empleo de los pendientes decae, hasta el resurgir en el siglo XX, especialmente en Europa y América.

La pregunta es ¿por qué el hombre (y obviamente la mujer) siente la necesidad de perforar los lóbulos de sus orejas para colocar allí un pequeño objeto?
En el caso de la mujer, creo que un motivo importante es el estético. El pendiente es un adorno, y como ocurre con los collares, pulseras, anillos, broches, colgantes, etcétera, la mujer se ve más guapa y más distinguida con esas preseas. Los pendientes, especialmente cuando son dos simétricos, parecen enmarcar y realzar el rostro de quien los lleva y dan un contrapunto de brillo a la matidez de la piel. Además, como tantas veces ocurre, a la vanidad de la belleza se puede unir la vanidad de la presunción, de la ostentación de la riqueza, con lo que tendremos la exhibición auricular de diamantes, perlas, esmeraldas, etcétera, que pregonan sin palabras la clase social y los posibles de la afortunada portadora.
En el hombre, además de las mencionadas para la mujer, puede haber, y de hecho hubo, algunas otras razones. Parece que algunos pueblos emplearon los pendientes como estimulante, de modo similar al uso actual de la acupuntura o de la auriculoterapia. La oreja es rica en terminaciones nerviosas sensitivas, y tal vez pensasen algunos que un objeto colgando de ella podría servir de estímulo vital.

Otros pueblos, en algún momento de su historia, pensaron que malos espíritus podrían penetrar al interior de la cabeza a través del conducto auditivo, que efectivamente comunica el exterior con el interior del cráneo. El metal colocado a la entrada repelería estos malos espíritus, causantes de enfermedades u otros males.

Los marinos y marineros, especialmente en tiempos pasados, solían llevar un pendiente de oro en el lóbulo de su oreja, firmemente anclado al cartílago mediante la necesaria perforación. Lo hacían no sólo por estética o vanidad, sino por un motivo relativamente práctico: en aquellos tiempos los naufragios eran frecuentes, y es bien conocida la costumbre de la mar de devolver a la costa -a veces en playas lejanas- los cadáveres de los náufragos. Si esto ocurría, el oro del pendiente debería servir para pagar un entierro digno y cristiano al pobre náufrago, que podría así descansar -seco y tranquilo- en el cementerio de un pueblo costero, en buena compañía, con los responsos rezados y sin haber resultado gravoso para nadie. Es ésa mejor situación, incluso para un cadáver, que la de descomponerse entre la arena y las olas y ser despedazado y devorado en la orilla por los agresivos cangrejos y las voraces gaviotas. Parece que vuelven los pendientes. Incluso, con un par.

Publicado en "La Nueva España" el 29 de Abril de 2007.

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