viernes, 31 de octubre de 2014

La piedra de fuego

Pachín de Vega trabajaba toda la semana en el astillero de su pueblo (en realidad una carpintería de ribera) y los domingos salía a la mar en compañía de su padre y de otros amigos a pescar algo y sobre todo a charlar y a tomar un buen aperitivo, todos juntos.
Se juntaban en el muelle a eso de las nueve y salían ya caceando, con los anzuelos a remolque, por si picaba algo. Pachín tomaba notas para escribir después la crónica, generalmente en forma de cuento o narración:
**************
Solíamos ir varios, el más aficionado era don Manuel, el mejicano y dueño de la embarcación. Con él iban dos jóvenes hermanos que apenas se parecían entre sí: Fabila, que era moreno, no muy alto y ancho de espaldas, y Luis, que era alto, delgado y rubio. Estos hermanos se encargaban del motor de la embarcación, especialmente Luis, que sabía algo de mecánica.
Fabila se ocupaba de las artes de pesca, la carnada, las mareas, y de todo lo relacionado con la captura de peces. Don Manuel llevaba unos bocadillos y la bota llena de vino para el tentempié de las once. Francisco Vega padre, echaba una mano al casco, si es que hacía falta.
Iba también un viejo marino, uno de los más viejos y expertos de Amara, que se llamaba Modesto, que tenía todo el aspecto y la sabiduría de un viejo lobo de mar. También venía don Ramón, un empresario de la zona.
Modesto tenía la cara, las manos y el cuerpo lleno de arrugas, posiblemente por los muchos años saliendo a la mar y recibiendo el sol y el viento en su piel que se había ido curtiendo sin la menor protección.
Los domingos, al encontrarse, los amigos y compañeros de pesca se preguntaban por los distintos cometidos.
  • El motor está dispuesto, decía Luis mostrando un bidón de gasolina que sacaba del maletero de su coche.
  • Y aquí están las caceas y la carnada, añadía Fabila.
Don Manuel entonces mostraba una cesta de mimbre cubierta por una servilleta que colgaba de su brazo y adelantaba la bota que pendía de su hombro, haciendo ver que la provisiones estaban listas.
Modesto entonces desamarraba uno de los cabos atados a la motora, lo soltaba del noray y, tirando de él, acercaba la embarcación a una de las escaleras del muelle. Allí saltaban al interior todos, de uno en uno, salpicando la conversación con opiniones sobre el tiempo atmosférico.
Acto seguido nos íbamos sentando en la popa y la tertulia comenzaba.
Entonces Luis se acercaba al motor, daba unas vueltas de manivela y enseguida el ruido del motor nos acompañaba.
Don Manuel o Modesto al timón nos iban sacando del puerto. Fabila nos daba una cacea a cada uno y las íbamos largando por popa, manteniendo el bramante en la mano para notar la picada si se producía.
Yo le pregunté a Modesto si sabía algo o había oído hablar en sus muchos viajes e innumerables singladuras de la “Piedra de fuego”, también llamada “El oro luminoso”.
  • Pues claro que lo sé, muchacho, me dijo Modesto. No hay marinero que se precie que no haya oído algo de eso.
Esa piedra se la quería dar Neptuno a Hércules en pago por librarle del calamar gigante que asolaba su palacio, y es una piedra brillante como el oro pulido, de la que se dice que proporciona la felicidad completa de quien la posee, y por eso los marinos de todos los mares quieren hacerse con ella. El problema es que antes de que la cogiese Hércules, un tiburón hambriento se la tragó, y está por tanto en el vientre de uno de los muchos tiburones que pueblan los mares. Ya se comprende que resulta difícil hacerse con ella.
Don Ramón preguntó:
  • ¿Pero qué clase de felicidad proporciona esa piedra?
  • Pues la que quieras, dijo Modesto; para unos puede ser pescar mucho, para otros, dinero, y para otros, amor. Cualquiera sabe. Hay gente para todo.
  • Para usted ¿Qué sería?
  • Para mí sería disponer para siempre de tranquilidad y buenos alimentos, así como ausencia absoluta de problemas, lo que ya va con la tranquilidad.
¿Y para usted, Modesto?, preguntó a su vez don Ramón.
  • Pues, salud para mis hijos, para mí y toda mi familia, así como un buen pasar, o sea buena pesca a diario.
Usted, Don Manuel, ¿Que le pediría a la piedra?
  • Pues yo, la verdad, dinero, mucho dinero, suele ser lo que me da más preocupaciones.
¿Y tú, chico?, me dijo Modesto.
  • Yo estoy enamorado de una chica y pediría que ella se enamorase de mí. Esa sería mi felicidad.
Así estuvimos un buen rato, soñando despiertos con la felicidad que nos daría la piedra si es que lográramos dar con ella.
Fabila y Luis eran los menos soñadores.
  • La verdad es que no necesitamos gran cosa, tenemos salud y trabajo. Incluso nos divertimos los domingos por la mañana y hasta volvemos a casa con pescado para la semana.
Don Manuel se puso de pie y empezó a cobrar su cacea. La emoción de la pesca la extendió y alcanzó a todos los contertulios que se pusieron de pie al tiempo.
Era un bello espectáculo ver luchar al pez contra el anzuelo y el arrastre de la embarcación. Saltaba a unos quince metros detrás de la popa, y en cada salto, su vientre plateado relampagueaba reflejando el sol de la mañana, que ya tenía algo de fuerza.
Las opiniones se dispararon:
  • Parece una roballiza.
  • Yo creo que es una xarda.
  • Quizá un chicharro. Están saliendo muchos estos días.
Al final resultó una xarda o caballa, lo que decepcionó algo a don Manuel que hubiera preferido una lubina, en general más apreciada.
Fabila se hizo con la xarda, que agarró con su mano izquierda; con la derecha hábilmente le quitó el anzuelo y la dejó en la cesta volviendo a encarnar el anzuelo y arrojando de nuevo al mar la cacea.
Yo seguía dándole vueltas a lo de la piedra y pregunté:
  • ¿Podemos pescar un tiburón por aquí?
Modesto dijo:
  • Sería muy raro pero no imposible. Hay algunos pequeños que llaman “marraxos” y cuando el agua sube de temperatura se acercan algunos grandes, pero hay pocos y rara vez pican.
Don Manuel, que era mejicano me dijo:
  • Si quieres ver tiburones puedes ir a Méjico. En la costa del Pacífico abundan. Hay pueblos enteros que viven de ellos.
De nuevo se alzó la expectación porque don Ramón aseguró que había picado un pez en su cacea y que traía algo. Todos nos pusimos de pie para ver y opinar sobre el pez que relampagueaba al extremo de la cacea.
Don Ramón, emocionado, iba cobrando la línea mientras Modesto, como mayor y más experto aconsejaba:
  • Despacio, con calma, sin prisa; ese está bien aferrado y ya no se escapa.
Se repitió la operación. El pez subió a bordo. Fabila le quitó el anzuelo, lo echó a la cesta, encarnó de nuevo y arrojó la línea a la mar. Don Ramón estaba satisfecho; le encantaba pescar y haber cobrado la pieza sin problemas, pues no era excepcional que al izarla a bordo se soltase del anzuelo y volviera al mar.
La conversación volvió a recaer sobre la piedra de fuego y la felicidad que proporcionaba, aunque un ambiente escéptico parecía inundar la embarcación.
Don Manuel echó un buen trago de la bota, abrió la cesta del condumio y dijo:
  • Hasta que nos llegue la gran felicidad de la piedra, disfrutemos de la pequeña felicidad de un bocadillo y un trago a media mañana.
Repartió unos pequeños bocadillos de jamón y chorizo y alargó la bota.
Todos habíamos madrugado por lo que estábamos hambrientos y recibimos el refrigerio con mal contenida alegría.
Luis dijo:
  • Dejaos de piedras y atacad el bocata. Más vale pájaro en mano…
Todos asentimos y marcamos nuestro bocado en el pan al tiempo que dábamos buenos tientos a la bota, dignos de Sancho Panza.
Todo cambió cuando Modesto -habitualmente serio, hermético y lacónico- exclamó un “¡caramba!” que sonó raro en su boca, lo que hizo pensar que algo extraordinario sucedía.
Se levantó, fue a popa y empezó a cobrar su cacea con visible esfuerzo, Fabila y Luis se aprestaron a ayudarle, así como don Manuel, que empuñó el truel, pues  ya se veía que el pez era grande y que íbamos a necesitar el retel para izarlo.
Enseguida se oyeron las opiniones:
  • Salta como un bonito.
  • Con esta carnada no creo, dijo Luis. Puede ser un congrio, lucha como un tigre.
  • Quizá un marraxo grande o un tiburón pequeño...
Modesto cobró el enorme pez hasta que estuvo al lado del casco. Don Manuel puso el truel debajo y el pez cayó en la red, lo que aprovechó para izarlo.
Fue efectivamente un tiburón de mediano tamaño.
Modesto cogió un cuchillo y abrió la tripa de abajo a arriba de modo que vimos todas las vísceras del animal. Con gran habilidad Modesto palpó el estómago y notando algo duro dentro, dijo triunfante.
  • ¡La piedra de la felicidad!
Abrió entonces el estómago y extrajo algo brillante y duro, de forma más o menos cuadrada o rectangular.
  • No es una piedra, pero brilla como el oro, dijo mientras alargaba el objeto a don Manuel.
  • Es que es oro, y bueno y pulido.
Don Manuel tomó el objeto, lo observó y se lo dio a don Ramón que lo examinó y dijo:
  • ¿Qué hace un mechero Du Pont en el estómago de un tiburón?
La pregunta quedó en el aire. El empresario para asegurarse encendió el mechero. El pequeño resplandor de la chispa hizo decir a Modesto:
  • El oro luminoso, es el objeto que da la felicidad, y continuó: Don Manuel, es suyo; usted es el dueño de la embarcación.
  • Ni hablar Modesto: Tú lo pescaste y lo sacaste. Además yo ya tengo una razonable felicidad.
  • Gracias don Manuel, pero yo también. Además este mechero no vale para la mar. A mí me funciona muy bien el que tengo de contraviento my marea, una mecha y una chispa.
  • Toma Luis, quédate tú con él.
  • No gracias, dijo secamente Luis: yo no fumo.
  • Yo, tampoco, dijo Fabila.
Modesto entonces arrojó por la borda las vísceras del tiburón por lo que muchos otros se acercaron a comerlas.
  • Bueno, parece que nadie quiere la felicidad, dijo don Ramón cogiendo el mechero. 
  • Toma Pachín, quédate con él, a lo mejor te ayuda en tus amores.
Cogí el objeto con cierta esperanza, pero cuando lo tenía en la mano, la saqué inadvertidamente por afuera de la borda.
En el agua estaban docenas de tiburones que se habían acercado a comer las vísceras del que había pescado Modesto. Uno de ellos dio un salto y de un mordisco se llevó mi mano con el mechero dentro; la piedra, fuera o no eficaz volvió al estómago de un tiburón y yo me quedé sin piedras y sin mano, con un muñón sangrante, al que Modesto y don Manuel, con mejor voluntad que competencia trataban de aplicar un torniquete para evitar que me desangrase.
Viramos en redondo. Don Manuel me dio otro bocadillo y me instó a beber más vino.
  • Te hará bien hasta que lleguemos a l hospital.
El torniquete cumplió su misión. Llegamos al puerto y don Manuel me llevó en su automóvil al hospital de la ciudad más cercana, donde me curaron la tremenda herida.
No sé lo que hubiera ocurrido si la piedra no la hubiera llevado el pez, pero la chica de mis amores siguió sin hacerme el menor caso.
Modesto siempre filosófico y sentencioso dijo:
  • Es que la felicidad hay que buscarla dentro de uno mismo. Si esperas que venga de fuera nunca llegará, y si llega no te aprovechará.
  • Ya ves el pobre Pachín, dijo don Manuel, ni enamorada ni mano derecha. Y si no andamos listos hubiera perdido la vida por una quimera.
Las maniobras de atraque centraron ya nuestra atención.
Fabila saltó a tierra, recogió el cabo que le tiró don Manuel desde la barca, y fue aproximando la barca a la escalera.
Pronto estábamos todos en tierra habiendo tenido la piedra de la felicidad en la mano.

viernes, 25 de octubre de 2013

La gaita anarco-solitaria; Un recuerdo de Julio Gavito

La tarde era plomiza, de cielo encapotado y amenazante de orvallu, o sea rabiosamente asturiana. Íbamos llegando al cementerio de Llanes para despedir a Julio. Nos saludábamos cuando enseguida habló Miguel, uno de los hijos de Julio. Recordó que a su padre le gustaba la gaita, pero no como la tocan ahora, en grupo más o menos atronador, sino la que él llamaba gaita anarco-solitaria, o sea la que suena sola, lejana, con un llanto que viene de la quintana o del pequeño valle entre dos cuetos. Me encuentro con gentes sencillas, amigos, como Pepín “el de Nicasio”, Rosa Peña, y con su viuda, Inés. También están próceres del socialismo, como Pedro de Silva, Antonio Trevín o María Izquierdo. Escuchamos en silencio a Miguel Gavito, que habla bien, con palabras enteras, sin asomo de cursilería ni sensiblería, como a Julio le hubiera gustado.

De improviso sonó una gaita de las de “por libre”, rural, lejana. Sufro de improviso un brusco respingo emotivo que me produce un involuntario gemido que es perfectamente audible en el silencio del cementerio. La gente me mira, aunque pronto las miradas se diversifican pues no he sido el único. Recuerdo la asturianía de Julio, nacida y mecida en Aller y en las cuencas; desarrollada en Oviedo y perfilada en Llanes. Mina, mar y cultura como le gustaba a nuestro gran ingeniero, gran hombre y gran amigo. Se van formando pequeños corros de despedida. En todos nos preguntamos si el Nordeste aguantará el orvallu y los paraguas seguirán cerrados. Cuando el llanto de la gaita se difumina y se ahoga en el “ronquín” el recuerdo de Julio, lejano y próximo, como la gaita también nos ahoga.

sábado, 10 de marzo de 2012

Presentación del libro "El paso de cebra"


A mediados del siglo pasado, poco después de terminada la guerra civil española, un grupo de amigos estudiantes que viven en un Colegio Mayor de Madrid deciden hacer una Sociedad que –llegado el caso– les ayude a bien morir, según sus personales deseos.

La llaman “El paso de cebra” porque esperan que les proporcione facilidad para cruzar esa enigmática calzada, que todos hemos de pasar, que nos llevará de este mundo al otro, de la orilla de la vida a la del más allá de la muerte.

El alma de la Sociedad es un médico forense ya jubilado, que por azares de la vida vive con un joven estudiante en una ciudad del norte de España. El forense es el encargado de llevar a cabo las ayudas que puedan pedir los socios, que son estudiadas por él y por otro miembro, y respaldadas –en su caso– por un comité asesor.

A lo largo de la novela se exponen los casos peculiares de los socios que solicitan un buen morir; sus problemas, sus deseos y las vicisitudes de sus respectivas vidas, así como la curiosa relación que se va fraguando entre el viejo forense y el joven estudiante.

Puede leer el principio del libro pinchando aquí, y comprarlo pinchando aquí.
Muchas gracias.

domingo, 12 de febrero de 2012

Clarete

Quizá habría que partir de algunos hechos ciertos, o al menos admitidos por la mayoría de los entendidos:

1º.- Por el color, actualmente los vinos de mesa suelen dividirse en tintos, rosados y blancos.

2º.- El tinto es tinto porque fermenta con el hollejo, no por el color de las uvas de las que nace. El hollejo es el que tiene la mayor parte de los taninos, polifenoles, levaduras, etc.

3º.- El rosado y el blanco fermentan sin el hollejo; sólo el mosto o con muy poco hollejo.

¿Dónde queda pues el clarete? ¿Qué es en realidad este tipo de vino? La respuesta no es única, sino al menos doble y quizá por esta indefinición o doble significado se está perdiendo su uso, ya que su significado no es unívoco.

Etimológicamente el vocablo viene del francés “clairet” y se comenzó a aplicar hace unos cuatro o cinco siglos a algunos caldos de Burdeos ligeros, que salían con un color menos oscuro que la mayoría de los tintos de la zona. También eran más claros que los de Borgoña o los Beaujolais franceses, y que los Ribera o Toro españoles. Ese tipo de Burdeos, casi transparente, gustó mucho en Gran Bretaña (y después en Estados Unidos) donde se le llamó “claret”, probablemente a partir la palabra francesa “clairet” que los designaba. Su color se acerca al de la cereza en sazón, es decir que es algo más claro que el de la picota madura, que tira más al negro. El nombre se difundió y puede verse en las etiquetas de algunas botellas de Burdeos, especialmente en las que se exportaban y se exportan al Reino Unido y USA. También se lee en el marbete de algún Rioja, en donde el proceso fue parecido, y se llamaban y aún se llaman “claretes” a tintos menos subidos de color, pero que –como los Burdeos- fermentan con el hollejo, es decir que son tintos por su génesis.

Por otra parte, –y aquí nace el doble significado-, en Castilla, se llama “claro” al vino que en otros muchos lugares llaman rosado. Como quiera que “claro” y “clarete” parecen vocablos relacionados, no son pocos los que en Castilla y en otros pagos llaman “clarete” al rosado, es decir a un vino de color fresa joven o rosa poco subido, que fermenta sin el hollejo, es decir que es un rosado auténtico, tanto por su aspecto como por su génesis.

Y ahí está la dificultad, pues en tanto que en gran parte de Europa el “claret” es un tinto de bajo color (como en Francia y en Gran Bretaña), en muchas partes de España el clarete se identifica con el rosado.

Mi abuela doña Luz, -que era devota del Burdeos y del Rioja-, decía que a ella le gustaba el “clarete”, refiriéndose siempre al vino tinto ligero, de color cereza en sazón, que fermenta con el hollejo, tiene “bouquet”, gana en barrica, se afina en botella y se sirve “chambré”, o sea a la temperatura de la habitación en la que se bebe; es decir, como todos los tintos. A mí me gusta también el “clarete”, pero –al contrario que mi abuela- me refiero al “claro”, ese vino rosa pálido que fermenta sin el hollejo, apenas tiene “bouquet”, gana poco en barrica, casi no se afina en botella y se bebe joven y fresco, a siete u ocho grados más o menos. O sea el que ahora casi todos llaman “rosado”.

Quizá por esta ambivalencia en el significado, el vocablo se está perdiendo. De hecho, cuando pido vino clarete en el restaurante, casi siempre me preguntan ¿rosado, verdad? Yo digo que sí, que rosado, pero mi abuela, si viviera, se quedaría desconcertada.

Tertulia sidrera

Don Cándido de la Higuera ni era tan cándido como podría suponerse por su nombre, ni estaba en la higuera como cabría deducir de su apellido. Antes al contrario, el antiguo ingeniero de minas -ya jubilado- conservaba el juicio claro, la memoria entera y la mente despejada, por lo que en la tertulia sidrera a la que solía acudir, sus opiniones eran escuchadas con atención. Aquel día estaba glosando la muy usada frase de llamar a las cosas por su nombre:

- Digan lo que quieran los políticos a mí me parece que Cataluña nunca ha sido nación. Nunca en casi dos mil años de historia. Primero formó parte de la Hispania romana y después sucesivamente de la España visigoda, de la al-Andalus árabe, del reino de Aragón y de la España más o menos actual, excepto un tiempo corto, hace siglos, que perteneció a Francia, etapa de la que salieron bastante escaldados, por cierto. Nunca, que yo sepa, fue nación.

- A ver qué dice el Tribunal Constitucional, dijo D. Calixto.

- ¿Es eso un tribunal?, siguió don Cándido. Más me parece una partida de ineptos politizados. Ya sabéis que es un principio jurídico que a igual delito corresponde idéntica pena, y que según el artículo 14, creo que es, de la Constitución los españoles serán iguales ante la ley y no habrá discriminación alguna por raza, sexo, religión, etc. Bueno, pues por el mismo delito a los hombres nos castigan con mayor pena que a las mujeres, y lo curioso del caso es que el tal tribunal lo aprueba. Si uno de nosotros le da una bofetada a una mujer puede ir a la cárcel varios años, pero si es al contrario, la chica lo arregla con unos euros de multa ¿no es eso discriminación por sexo? ¿Es eso constitucional?

- Como el hombre tiene más fuerza…

- Entonces ya no somos iguales ante la ley. ¿Qué pasaría si ese sedicente tribunal dijera:”Como los hombres tienen más fuerza, deben tener más sueldo”? ¿Qué pasaría, eh? ¿Qué dirían las feministas?

Don Cándido se había embalado. Todos le escuchaban con interés y hasta “Pin el Repeinau”, escanciador habitual de la tertulia, había aparcado vaso y botella.

- ¿Y qué me dices de los Albertos? Si llamamos a las cosas por su nombre esos individuos son unos estafadores que ni siquiera han devuelto lo estafado a las pobres gentes. Bueno, pues va el Constitucional y los absuelve, y creo que el Supremo no anda lejos. Incluso he oído que ambos primos se han dado alguna vuelta en helicóptero por los cielos de Madrid con el mismísimo Rey, que parece que no escarmentó con lo de Mario Conde, a quien, si llamamos a las cosas por su nombre, debíamos llamar el ladrón de Mario Conde.

- Hombre, dijo don Calixto, todo eso es un poco fuerte ¿no te parece?

- Es como lo de las banderas, continuó don Cándido sin contestar a su contertulio. Tú te retrasas unas horas en pagar el IVA y te meten un cuerno. Si tomas una botellina de sidra al atardecer en la romería, vuelves a casa en coche y te hace soplar la guardia civil, te quedas allí tirado, te quitan el carné y te meten una multa que te abrasan. Si protestas te dirán eso de “dura lex sed lex”. Ahora bien, en Vascongadas varios alcaldes no ponen la bandera española en el balcón del Ayuntamiento, según dice la ley que es obligado, y no pasa nada. ¿Es eso discriminación o no? Muchos pensamos que al Tribunal Constitucional le mueve la política y la ambición, y que en Vascongadas se quiebra de continuo la autoridad del Gobierno, que traga carros y carretas con los revoltosos, mientras que a los cumplidores no nos deja pasar ni una.

Uno de los oyentes era don Plácido Agudo, quien, haciendo honor a nombre y apellido, sugirió con toda calma:

- Seguramente tragan porque quieren el apoyo de los nacionalistas vascos en las Cortes.

- Seguramente. Esos nacionalistas vascos son otros que juegan a dos cartas. Si llamáramos a las cosas por su nombre deberíamos decirles hipócritas fariseos, por más que les pese a distinguidos miembros del nacionalismo y del clero, como el prelado Setién y el sacerdote Arzallus. Encienden una vela a Dios y otra al diablo. Fingen apenarse cuando muere un guardia civil, pero alimentan en secreto a la serpiente y dificultan acabar con ella. Está muy claro que ellos no son claros.

En ese momento “El Repeinau” echó un culín que ofreció en primicia a don Cándido, quizá porque le parecía muy acertada su perorata, con lo que éste se vio obligado a interrumpirla. Justo entonces “Xuanón el Castañu”, el dueño de la sidrería que estaba detrás de la barra, estornudó tan fuerte que todos miramos para él con asombro. Después del potente estornudo, que casi nos asusta, no es extraño que la conversación eligiera otros caminos.

En el centenario del nacimiento del Dr. Obrador.

Yo acababa de regresar de Suiza. Había terminado la carrera dos meses antes, y cuando tuve el resguardo del título en el bolsillo me fui a Basilea con una carta de recomendación para el neurocirujano de allí. Como no llevaba contrato de trabajo los suizos me largaron sin contemplaciones, a pesar de que era médico, joven y robusto; no como en España, que entra y se queda quien quiere. El caso es que volví a Oviedo algo desilusionado. Mi madre me dijo:

- Lo que tienes que hacer es ir a trabajar con Obrador en Madrid. Te recibirá bien pues era amigo de tu padre.

No contesté, pero el proyecto no me hacía gracia. Madrid me parecía una ciudad demasiado grande y complicada. De Obrador había oído que pasaba visita con veinte médicos detrás, y lógicamente suponía que yo haría el veintiuno; también se decía que tenía un mal genio insufrible. Sin embargo el tono de mi madre había sido claro y seguro. Era una mujer inteligente y conocía el ambiente médico, por lo que no eché el consejo en saco roto.

Recuerdo que acababan de inaugurar la cafetería San Remo, cercana a mi casa, y me fui allí a tomar algo y a pensar en el asunto. Antes miré el número de teléfono del domicilio de Obrador. También recuerdo perfectamente que le llamé desde la cafetería. Serían las nueve de la noche. Cogió él mismo el teléfono y ciertamente estuvo amable.

- No necesitas carta de presentación. Ven el sábado a La Paz y allí charlamos.

Allí empecé el mismo sábado a trabajar. Estuve cuatro años y aprendí la base de lo que fue la neurocirugía que ejercí durante más de cuarenta años.

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Hace poco, el pasado día 16 de Noviembre del año pasado (2011), Sixto Obrador, si viviera, habría cumplido cien años. El ilustre médico nació en Santander y allí pasó sus primeros años. Fue el único hijo de Sixto Obrador, Jefe de Estación de esta ciudad del llamado ferrocarril de la Costa o del Cantábrico –que enlazaba con Bilbao-, y de Luisa Alcalde, ama de casa y excelente cocinera.

El padre era un hombre simpático y extravertido, muy conocido y querido en la ciudad, que tenía infinidad de amigos por los frecuentes favores que siempre estaba dispuesto a hacer a los viajeros. El hijo sólo heredó parte de ese carácter, pues tenía mal genio. En una ocasión, me dijo Severo Ochoa, su gran amigo, que Obrador era muy simpático. Yo le hice notar que tenía mucho genio y un “pronto” temible. Me dijo que sí, que tenía genio, pero que era simpático. No es que sea imposible ese binomio, pero probablemente sacaba el genio en el hospital y reservaba la simpatía para los amigos.

Estudió el bachiller en el que se consideraba mejor colegio de la ciudad, el Cántabro, trasladándose después a Madrid para cursar Medicina. Parece que su vocación fue clara, pues no tuvo dudas ni veleidades en la toma de esta decisión. Terminó la carrera en 1933, año en el que Hitler fue nombrado Canciller de Alemania y las mujeres españolas ejercitaban por primera vez su derecho de voto. Fue estudiante de aprobado y notable. No perdía curso pero tampoco destacaba por sus calificaciones.

Cuando terminó la carrera empezó su formación en Medicina y especialmente en las ciencias neurológicas. Tuvo a los mejores maestros: Jiménez Díaz en Medicina Interna; Rio-Hortega en neurohistología; Sir Charles Sherrington y Jonh Fulton en neurofisiología; Gonzalo R. Lafora en neurología; Wilson en cirugía experimental, y Föerster, Cairns, Dott, Dandy y otros en neurocirugía.

Después de la guerra estuvo ejerciendo en México cinco años. Volvió a España y organizó en Madrid varios servicios de neurocirugía. Primero el Instituto de Neurocirugía en un pequeño chalet que habilitó –con E. Ley y P. Urquiza- como clínica. Después los de la Clínica de la Concepción, Hospital de la Princesa (más tarde Gran Hospital de la B.G.E.), Instituto del Cáncer, Clínica del Trabajo, C.S. La Paz y finalmente el Ramón y Cajal.

Como acertadamente dice Castilla del Pino: “la llegada de Sixto Obrador a Madrid es decisiva. Sus relaciones con el mundo anglosajón, su ímpetu incontenible, su capacidad de trabajo poco común, al mismo tiempo que una trayectoria previa de neurofisiólogo y luego directamente de neurocirujano, la campaña de conferencias por todas las capitales de provincia para dar cuenta de las posibilidades de la cirugía específicamente cerebral, hacen que con él la Neurocirugía adquiera en España su identidad…”.

Nada hay que añadir. Obrador, en dos palabras fue el introductor de la Neurocirugía en España.

De su obra, baste decir que editó 16 libros, colaboró en otros 31, publicó 400 trabajos y formó a un centenar de neurocirujanos, no sólo españoles sino de once distintos países. Creo que hacia los años 60 y 70 probablemente era el médico español en activo más conocido y respetado fuera de España.

Respecto a su personalidad, difícil, poliédrica, contradictoria a veces, escribí en una ocasión: “Muchos de los que le conocieron le odiaron aunque le admirasen, no pocos le estimaron aunque le temiesen, la mayoría le respetaba, algunos le quisimos, todos le discutíamos y para nadie fue indiferente. Puede comprenderse que su personalidad fue poco común”.

El rasgo dominante de su carácter era la vehemencia, especialmente en lo referente a la Neurocirugía, que fue su gran pasión. También tuvo en la buena mesa, las competiciones deportivas, la belleza femenina y el coloquio amistoso, las pequeñas pasiones en que aquella se distendía y humanizaba.

Por mi parte puedo decir que Obrador fue uno de los maestros que tuve que más influyó en mi manera de ser médico y de entender la Medicina, y también de ser hombre y entender la vida.

lunes, 8 de agosto de 2011

La nueva “caseta del criminal” de Llanes

No comprendo cómo tardan tanto en abrir al público el nuevo puticlú de Llanes, ese que han hecho hace poco en el puerto. Es un edificio curioso en forma de cubo, situado en la banda de babor según se sale hacia el mar abierto, cerca de la Marina y enfrente de San Antón, más o menos donde antes estaba la llamada “caseta del criminal”.

Me sorprende que tarden en abrirlo, pues se están gastando una pasta en la iluminación, que es la típica de estos establecimientos, con luces sugerentes, tornasoladas y cambiantes, que viran del azul al verde, para ir después al violeta pasando por un rojo inconfundible. No comprendo cómo lo mantienen así, todas las noches y durante toda la noche, cuando aún no presta servicio. Además, ahora no hay nadie por esa zona, de modo que ni por publicidad. Debe de sobrarles el dinero. Será a los únicos.

Ayer noche, dos jóvenes que estaban en San Antón vieron los colorines que adornan el extraño edificio y comentaron en alta voz que iban a ir a tomar una copa al dicho establecimiento. Buscaron el modo de pasar a la otra orilla, pero no encontraban cómo. Uno decía:
- Te aseguro que tiene que haber un puente. Pasé por él veinte veces.
- Te sentó mal la sidra, chico, por aquí no hay ningún puente.
- Te juro que lo había. Y no hace mucho. Era pequeño, pero hacía mucho servicio…
- A lo mejor lo robaron. Ahora en Navidad lo cogería alguien para el Nacimiento…
- No digas tonterías, ¿cómo van a quitar un puente así como así; sin avisar, sin hacer otro, sin consultar a la gente?

Dieron toda la vuelta y se acercaron a la cúbica caseta, pero aquello estaba cerrado a cal y canto. Se quedaron doblemente frustrados, primero por no encontrar el puente y después por no poder tomarse las copas en compañía. Miraban los colores tornasolados, sugerentes, cuando pasó cerca un paisano al que preguntaron:
- ¿Sabe a qué hora abre el establecimiento?
- Aquí no hay ningún establecimiento.
- ¿Y qué es esto, entonces?
- Pues no lo sé. Antes había una cabaña. La caseta del criminal.
- ¿Del criminal? ¿Es que era un asesino?
- No exactamente. Les puedo contar lo que sé de esa historia.
- Por favor. Se lo agradeceríamos.

- Pues según creo es la siguiente: durante ciertas obras exteriores (no interiores) del puerto de Llanes (1928) se construyó una caseta triangular de hormigón con un añadido superior, semejante a un palomar. La caseta se utilizaba para guardar herramientas.
El foráneo capataz de las obras (no recuerdo su nombre) era hombre muy hábil en su oficio y de talante dictatorial. En una ocasión fue a buscar a tres obreros, pero sufrió un accidente de automóvil, siendo el único superviviente. A los tres obreros los escondió en una cuneta sin informar a nadie del suceso, que poco después fue conocido, por lo que empezaron a llamar al capataz “el criminal”. Durante la Guerra Civil, debido a sus ideas fascistas, teme sufrir represalias y se suicida tirándose contra la roca llamada La Osa, en la barra portuaria. Le sucede, como encargado, Alfonso Meré, de aquí que algunos conozcan la caseta como “la de Alfonso”.
Conocí la caseta que, creo, fue derribada hace unos treinta años. A lado estaba la fábrica de baldosas de Leandro, de la fonda La Guía, que después se convierte en bar y más tarde la vende a Tomás el sastre (hijo de Chucha), denominándose La Marina, restaurante que persiste en la actualidad”.

Los jóvenes le dieron las gracias y yo, que lo había oído todo, me quedé pensando en las vicisitudes del puerto, que no son pocas.

Hoy está una máquina, tan infernal como eficaz, derribando lo que construyeron hace poco, creo que unos diez o doce años. Me refiero a la nueva compuerta y aledaños. La antigua, construida hace más de un siglo, también fue derribada hace unos veinte años. Después hicieron la que ahora derriban, a los diez años, como digo, de ser construida, con mucho ruido, molestias e inconvenientes para los vecinos, y mucho dinero gastado. Parece lógico pensar –pues es lo que vienen haciendo- que pronto destruirán lo que ahora van a construir. Si la primera duró cien años, la segunda diez o doce aproximadamente ¿Cuánto durará lo que ahora construyan? Teniendo en cuenta que la vida cada día se vive más velozmente, lo suyo sería que dentro de tres o cuatro años destruyan lo que ahora construyen.

Si no, al tiempo.

Ya se sabe que “tiran con pólvora del rey”, el problema es que en nuestra constitucional monarquía la “pólvora del rey” es nuestra porque la pagamos nosotros. Los políticos solo la gastan y a veces la derrochan.

Publicado en "El Oriente de Asturias" el 23 de Abril de 2010.

sábado, 24 de julio de 2010

Nota necrológica sobre José Mª Martínez Cachero



Cachero, Josefina y yo

Me refiero a José Mª Martínez Cachero, hombre singular, recientemente fallecido, y a su esposa, Josefina Rojo, que murió hace pocos años.
José María, para muchas personas, era un hombre hermético, en cuya intimidad era difícil o imposible entrar. Por eso quisiera desgranar una serie de anécdotas y sucedidos que tal vez nos permitan conocerle algo mejor, paradójicamente, ahora que ya no está con nosotros.
El primer recuerdo lo ubico en el Oviedo de los primeros cincuenta. Cachero es un joven muy próximo a la treintena que lleva varios años de novio con mi tía Josefina, la dueña de la librería "Gráficas Summa" y una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Él da clase de Literatura en el colegio de los maristas, el Auseva, en la calle de Santa Susana. Según creo captar a mis siete u ocho años, el noviazgo va despacio, como era entonces frecuente. Un día invitaron a José María a comer a mi casa y le presenté a mi perro, llamado "Dionisio". El recién llegado estuvo muy afable con Dionisio y conmigo, por lo que me cayó muy bien. Meses después comentaban en casa que era calvo, pero estudioso, inteligente, muy culto y erudito.
- ¿Qué es erudito?, - pregunté.
- Pues que sabe mucho de muchas cosas.
- Seguramente por eso es calvo.
- ¿Qué tiene que ver?
- Pues porque la sangre que sube del corazón se queda toda en el cerebro y no llega nada a las raíces del pelo, que se mueren por falta de alimento.
La hipótesis, aunque expresada con toda seriedad y rigor, no pareció convencer a nadie. Me explicaron que eso era poco probable. Más tarde se la contaron al interesado, que la recibió con una franca sonrisa.

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Poco después, o quizá por la misma época, hubo una especie de cisma en la familia de su novia, -que era la propietaria de la imprenta "Gráficas Summa"-, a cuenta de la propuesta de Cachero de editar los "Cuentos" de Clarín. Era sólo una sugerencia, pues no era entonces fácil hacer una edición por cuenta propia y menos de Clarín. Su novia sabía que empleando tiempos muertos de la imprenta y papel sobrante y de mediana calidad, el coste podría ser mínimo. Hicieron pues la propuesta, pero las opiniones en la familia fueron dispares, ya que Clarín era entonces un autor casi proscrito, mal visto por las autoridades del momento, poco menos que uno de sus enemigos. Puedo decir a este respecto que en el libro de Historia de la Literatura Española que estudié en sexto de Bachiller, no se mencionaba a Leopoldo Alas ni a la Regenta.
Por otra parte, se daba la circunstancia de que el padre de Josefina, el dueño de la imprenta y responsable de la posible impresión, había estado preso con los nacionales dos o tres años durante la guerra e inmediata posguerra. Un encontronazo con la censura podría ser arriesgado para el impresor.
Entonces las opiniones se dividieron; los más reacios argumentaban que ese libro sólo traería problemas (era obvio que no iba a dar ganancias), que Gráficas Summa era sólo una imprenta, no una editorial, y que por tanto no podía editar, y -para colmo- que nos iba a enemistar con las autoridades y con la censura, lo que no interesa a ninguna imprenta. Los más favorables, especialmente Cachero y Josefina, argumentaban que Clarín era un gran escritor y que había que correr el riesgo de rehabilitarlo. El país no debía olvidar a uno de sus hijos más preclaros. Al final triunfaron estas tesis; la familia se portó valientemente y se publicaron los cuentos, que fueron -según creo- la primera publicación de una obra de Clarín después de la guerra.
Para valorar el gesto, conviene recordar que la estatua de Leopoldo Alas en el Campo de San Francisco llevaba años y años derribada y retirada, y que sólo lustros después se rehabilitó. Igualmente, aunque de esto no tengo certeza, que su hijo, rector de la Universidad de Oviedo, había sido fusilado por el bando vencedor durante la guerra.

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El siguiente recuerdo data de cuatro o cinco años más tarde. Se acababa de morir mi padre y una tarde de invierno José María y Josefina, aún novios, me propusieron dar un paseo con ellos. Acepté, pues me encontraba a gusto con ambos. Me preguntaron que dónde podríamos ir, y contesté que al cementerio. La respuesta pareció desconcertarles, pero enseguida mi tía dijo: "Bien, bien, es un buen paseo; la bajada es muy bonita, se ve toda la ciudad, la catedral, el Naranco..."
El día era desapacible; cuando bajábamos apareció un viento helador y un molesto "orbayu". En la cuesta de San Esteban de las Cruces vimos el anuncio de un chigre: "Casa Pachu el Juez". Entramos para reponernos, más por librarnos del frío y de la lluvia durante unos minutos que por ganas de beber algo. Se acercó un señor, -supongo que Pachu el Juez- y preguntó qué íbamos a tomar. Josefina miró a su alrededor y vio que los escasos parroquianos -quizá por lo crudo del clima- tomaban todos coñac. Preguntó a su novio:
- ¿Pedimos también coñac?
- Como quieras, pero quizá nos siente mal; no estamos acostumbrados...
Pero mi tía era muy amante del pueblo llano, de las que piensan que la cerámica puede ser -en ocasiones- más bella que la porcelana, y dijo:
- Donde quiera que fueres haz lo que vieres, - y acto seguido pidió a Pachu dos copas de coñac.
Minutos después llegábamos a San Lázaro. Los novios comentaban -de absoluto acuerdo- lo bien que les había sentado el licor que -efectivamente- parecía haberlos animado casi hasta la euforia. Ya no les molestaba el frío ni la lluvia. Iban encantados.
Años más tarde, ya casados, estaban en Madrid en las oposiciones a cátedra. José María se lo jugaba todo. Pasar de ser profesor de un colegio privado a catedrático. Eso significaba multiplicar el sueldo, la categoría, la estima de las gentes, etc. Entonces había que superar seis exámenes antes de las votaciones y él ya había pasado tres o cuatro. Pero, inopinadamente, antes de entrar al siguiente, le dijo a su mujer que se retiraba, que no podía soportar aquella inhumana tensión.
- Hasta aquí hemos llegado, Josefina. No puedo más. Lo siento pero no puedo. Es superior a mis fuerzas. Estoy agotado.
- José María, llevas, llevamos, años y años preparando estos ejercicios. Sabes más que nadie. Simplemente entra y si no te gusta el texto que os den, te retiras, pero entra, por favor.
- No puedo; me encantaría complacerte pero es imposible. Esto me sobrepasa.
- Sabes lo que hemos esperado este momento...
- Sí, claro que lo sé, pero no puedo...
Josefina, como ya he dicho, era lista y debió de acordarse del episodio de casa Pachu el Juez, por lo que dijo:
- Bueno, como quieras. Vamos a esa cafetería a tomar algo.
Nada más acercarse al mostrador, dijo enérgica:
- Dos copas de coñac.
Al cabo de un rato, insistió:
- Preséntate, José María; sólo por ver el texto que os ponen. ¿No tienes curiosidad? Imagínate que es de La Regenta...
- Bueno, bueno, si quieres entro, pero sólo a verlo ¿eh? Saldré en unos minutos, espérame por aquí.
El texto no fue de la Regenta sino del Quijote. Cachero escribió un comentario de textos brillante y al entregar el ejercicio, venciendo su natural y profunda timidez, se atrevió a decirle al tribunal:
- Debe de haber un error en el texto que nos han dado, quizá un cambio de palabras al mecanografiarlo; Cervantes nunca hubiera escrito el segundo párrafo tal como figura en la hoja de examen...
El tribunal comparó el referido texto con la novela original y Cachero tenía razón. Eso le animó a seguir y a ganar, finalmente, la oposición.

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Retrocedamos de nuevo a los años cincuenta. En aquella época yo iba algunas tardes a la librería de Josefina, "Gráficas Summa", a hacer recados y a leer los libros que los novios me aconsejaban. Después de cerrar, a las siete, empezaban a llegar contertulios. Recuerdo a Gamallo Fierros, a Villa Pastur, a Cela con motivo de una estancia en Oviedo y a otros. Cachero venía un poco más tarde. Después, ya pasadas las nueve, se acababa la tertulia y Josefina desempaquetaba los libros que llegaban por correo enviados por las distintas editoriales. José María ayudaba a quitar los gruesos cartones que protegían los libros. En una ocasión dijo:
- Josefina, aquí hay un error. En el cartón figura "Obras completas de Santa Teresa de Jesús" y dentro vienen ejemplares de "El laberinto español" de Gerald Brenan.
- No, no es error. Lo hacemos así porque ese libro está prohibido en España, pero me lo han encargado algunos clientes y quiero servírselo. Lo hago con frecuencia. Ya sabes que tengo amigos en editoriales francesas y argentinas... Si abres el que dice "Subida al monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, encontrarás la Historia de la Guerra Civil Española de Hugh Thomas... Así hay varios...
José María se quedó estupefacto, pero nada dijo. En el fondo creo que admiraba la valentía de su entonces novia.

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Después estuve muchos años fuera de Oviedo y apenas nos veíamos. Pero un día el matrimonio tuvo necesidad de ir a las Lagunas de Ruidera, donde les estaban construyendo una pequeña casa de campo a la vera del agua. Había que entregar fondos al constructor y ver lo que había hecho. Desde Oviedo el viaje es bastante largo. A él no le gustaba conducir y su miopía le dificultaba hacerlo. A su mujer le ocurría lo mismo y además tenía que atender la librería. Era por Semana Santa y yo tenía unos días de vacaciones. También tenía fama, entre la familia, de conductor prudente y templado. Quizá por eso me pidieron que llevase a Cachero, acompañado de su hija María, que tendría diez o doce años, a Ruidera. Debo decir que nunca vi un padre más solícito, más amable, más dispuesto a enseñar a una hija sus muchos y profundos saberes. Yo, naturalmente, me beneficiaba de ello. Cada pueblo de la Mancha, cada palabra desconocida, cada paisaje singular, era motivo para una explicación sabia, un comentario ameno, una observación erudita... Inolvidable

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José María no era amigo de pedir favores. Sin duda detestaba molestar y prefería privarse de algo o pasar algún apurillo antes de importunar a alguien, aunque ese alguien fuera de toda confianza. Sólo recuerdo una ocasión en la que me pidió que hiciera algo para él (lo del ir a Ruidera me lo había pedido Josefina).
Buscaba información para un libro que tenía "in mente" sobre la literatura en los años de guerra, creo recordar. En nuestra conversación surgió la figura de Ramón Serrano Súñer, hombre muy culto que sabía mucho sobre los entresijos de la guerra, por haber sido ministro de asuntos exteriores de Franco aquellos años bélicos. Ambos sabíamos que el "cuñadísimo" vivía en Madrid, pero que estaba apartado de toda actividad política y social, y no concedía entrevistas, o bien con cuentagotas y a según qué medios. Cuando dijo que sería interesantísimo poder hablar con él de aquella época, para confirmar o descartar algunos datos dudosos, le dije:
- Quizá podría conseguirte una entrevista.
Cachero no ocultó su ilusión; se le iluminó la mirada y me dijo:
- Te lo agradecería infinito.
A través de un amigo común y para mi propia sorpresa, don Ramón accedió a charlar largo y tendido con Cachero. Es superfluo decir que no hablaron ni una palabra de política, sino sólo de historia, literatura y anécdotas relacionadas. José María volvió encantado, tanto de la entrevista como de la lucidez de Serrano, ya octogenario, y sobre todo por haber obtenido información exacta y de primera mano, ya que su meticulosidad en la recogida de datos era infinita.
Para reforzar la imagen antes esbozada de padre amantísimo, debo decir que Cachero fue acompañado de su entonces jovencísima hija María, para no privarla de conocer en persona a un protagonista de la historia y también -aunque en menor medida- de la literatura de la época.

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José María tuvo dos grandes amores: su familia y su trabajo. La primera estaba formada, fundamentalmente por su mujer, Josefina Rojo, -de quien ya he dicho que era una de las personas más inteligentes e ilustradas que he conocido-, y por sus hijos, José y María, a los que pronto se añadió su nuera Isabel, que le dio dos robustos nietos.
José María sencillamente adoraba a su familia. Esto puede sonar extraño referido a un hombre serio, tímido, con frecuencia encerrado en sí mismo o en su despacho -lo que viene a ser parecido-, poco expresivo, de apariencia hermética, introvertido... Pero sé lo que digo; sencillamente los adoraba, aunque no lo expresara como la mayoría de las personas por la sencilla razón de que José María no era como la mayoría de las personas.
Respecto al trabajo, era un investigador concienzudo, serio, capaz y muy meticuloso. Leía a diario La Nueva España y el ABC tan minuciosamente que no se le escapaba ni un suelto de tres líneas por escondido que estuviera. Estudiaba los suplementos literarios de varios periódicos y -por supuesto- libros y revistas de literatura y crítica literaria. Después de la lectura, con toda aplicación, recortaba los artículos o noticias que pudieran interesarle y hacía extractos y fichas de libros y trabajos para agregarlos a su inmenso fichero, que guardaba en su propia alcoba. Tenía tantísimas fichas y era tan mirado y esmerado para con ellas, que algunos de sus amigos - Andrés Amorós, Víctor García de la Concha- en vez de José María Martínez Cachero le llamaban cariñosamente José María Martínez Fichero.
Sus aficiones fueron sencillas: leer, pasear y conversar. Disfrutaba mucho en las tertulias, que se fueron acabando con el correr de los años. También en Salinas, en su bonito piso sobre el mar, donde trabajaba por el verano. A pesar de ser más bien lacónico y poco expresivo, era muy afectivo, aunque le costaba demostrarlo; creo que pensaba que los sentimientos deben ser íntimos y que es preferible guardarlos a exhibirlos. Tuvimos amigos comunes, médicos casi todos, por los que sentía respeto y admiración. Quería y admiraba mucho a José Luis Mediavilla, quien -con todo éxito- le sacó de varios apuros que amenazaron su salud. Le consideraba, además, con toda justicia, un gran escritor.
Habría que glosar su dedicación única y exclusiva a la Universidad de Oviedo, a la que amó profundamente; su recuperación de "Clarín" como escritor, sus estudios sobre La Regenta, su inmensa erudición literaria, etc. Materia hay para más profundos biógrafos.
Quizá la mejor definición de José María la dio su querida esposa en tres palabras: un hombre íntegro y un sabio.

miércoles, 29 de abril de 2009

No sólo pasión y patadas

En una de las pequeñas historias que preceden a la que cuenta las aventuras de «Don Camilo», Giovanni Guareschi dice: «Los muchachos de hoy hacen reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre, pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba: tomaba el manubrio a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo».

Cuento esto porque hace unos días me vino el párrafo a la cabeza cuando vi a unos niños, de 10 años más o menos, jugando animadamente al fútbol. Lo hacían en un campo bien marcado, con porterías de madera y hasta algo de yerba en el suelo. Iban bien equipados: botas con tacos, medias, camisetas del mismo color en cada equipo y pantalones a juego. Cada «porterín» usaba guantes y rodilleras. Había un entrenador por bando, árbitro vestido de negro y muchos padres en los márgenes del campo animando a sus chicos. El balón, de reglamento.

Nosotros, cuando salíamos del Instituto Alfonso II, cogíamos una piedra pequeña y plana que hacía de balón, buscábamos dos alcantarillas opuestas en la calle de Santa Susana (pues la de este periódico, Calvo Sotelo, estaba entonces sin asfaltar y no tenía alcantarillas) y allí echábamos grandes partidos. Cuando empezó a haber demasiados coches y nos veíamos forzados a interrumpir el juego con frecuencia, jugábamos en el Bombé, cambiamos las alcantarillas por bancos enfrentados, y con una pequeña pelota de goma disfrutábamos como verderones. También jugábamos en la Herradura, aunque ahí no había «porterías naturales» y las marcábamos con pequeños montones de carteras de libros, gabardinas o ambos. Algún árbol ayudaba. Por supuesto que usábamos zapatos o botas de calle y la misma ropa de siempre. La carencia de árbitro favorecía las discusiones, los insultos y hasta las pequeñas peleas.

Con todo, sea de la precaria forma de antaño o de la lujosa de hogaño, estoy muy a favor de que los muchachos jueguen al fútbol (o a deportes semejantes) y voy a explicar por qué.

En primer lugar, el fútbol va creando en los chicos la idea de que hay unas normas que es preciso respetar, y que si no las respetan, el resultado de la acción -aunque fuera aparentemente bueno- no sirve de nada porque es anulado, e incluso puede ocurrir que el que hace dicha acción no reglamentaria sea castigado.

Sencillo es tomar el balón con la mano y meterlo en la portería contraria, pero de nada sirve. La trampa es inútil y, con toda probabilidad, tendrá su castigo. Las normas que nos hemos dado, y hemos aceptado (al menos por mayoría) hay que cumplirlas, tal como sucede en la vida real.

En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, el fútbol hace ver a los muchachos que hay una autoridad que es preciso respetar: la del árbitro en este caso, que tiene potestad incluso para expulsarnos del campo sin apelación posible ni argucia dilatoria. Esto creo que es importante en esta época, en la que la autoridad de los padres está perdida o no se ejerce, y la de los educadores está limitada precisamente por no existir la parental. Más autoridad tiene un árbitro para expulsar a un jugador del campo que un profesor para echar a un gamberro de la clase.

Otra idea que intenta transmitir este deporte es que el exceso puede ser nocivo. Bien está que un jugador busque la victoria de su equipo y se emplee a fondo, pero si se pasa en ardor y usa la violencia, tiene muchas posibilidades de ser expulsado, con lo que causará un grave perjuicio al equipo que quería que fuese vencedor a toda costa. No es mala enseñanza ésta de que la moderación es superior al exceso, y lo justo a lo demasiado.

Por último, entiendo que el fútbol, al ser jugado por once personas, favorece la noción de trabajo en equipo. No es tan importante hacer una buena jugada individual como triunfar y llevarse la victoria y los puntos. Esto es interesante y puede ser hasta formativo en un país tan individualista como el nuestro. Quizá no sea casualidad que -hasta hace poco- hayamos destacado más en deportes practicados por una sola persona (ciclismo, tenis, piragüismo, atletismo, etcétera) que en los de equipo. Esto, afortunadamente, está cambiando con las nuevas generaciones.

Por todo lo expuesto, creo que el fútbol no es sólo pasión, patadas y griterío, o al menos no tendría que serlo. Hay también, como en la mayoría de los deportes, un aspecto educativo, que quizá -entre todos- debamos favorecer. No es malo que los chicos jueguen al fútbol y a deportes similares, y me alegro mucho de que ahora lo puedan hacer con portería y balón «de verdad», y no con la penuria de la piedra y las alcantarillas.

Publicado en "La Nueva España" el 29 de Abril de 2009.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Del Oviedín de antaño: Ernesto y Blas

Hace unos sesenta años Ernesto se ganaba la vida haciendo recados por Oviedo con su carrito ligero tirado por un burro. Lo mismo llevaba un par de lecheras grandes que un cajón de libros; o un sofá que iba al tapicero como un odre lleno de vino que venía de la taberna. Un día, siendo yo niño, mi madre se empeñó en llevar a arreglar un enorme reloj de pared, el doble de alto que yo, que había dejado de funcionar. Vino Ernesto y lo cargó con mi ayuda y la del portero de la finca, y cuando se disponía a marchar con el voluminoso reloj, yo, que me moría de ganas de subir al carro, le pregunté que si me dejaba ir con él. Ernesto, que era muy mirado, le preguntó antes a mi madre, que autorizó el pequeño viaje urbano, con lo que -encantado de la vida- me subí al carro, al lado de Ernesto, sin dejar de preguntar todo lo que se me ocurría, que era mucho.

Yo había leído algunas historias de carreteros que blasfemaban y pegaban mucho a las caballerías y quería saber si era cierto, pero como no me atrevía a preguntarle a Ernesto si blasfemaba y castigaba al animal, dije prudentemente:

-¿Hay que pegarle mucho a este burro para que ande?

-¿Pegarle? No, a «Blas» no hay que pegarle. Le dices lo que hay que hacer y lo hace.

-¿Se llama «Blas»?

-Sí, atiende por «Blas». Es muy inteligente.

-¿Pero no es un burro?

-Sí, pero un burro listo. O sea, un asno, un pollino, dijo todo serio Ernesto. Mira, a ver qué te parece lo que vas a ver.

Bajábamos por la calle Gil de Jaz, a punto de entrar en Uría y teníamos que ir a Doctor Casal. Ernesto soltó las riendas y un poco después dijo enérgicamente en alta voz: «¡A la derecha!», y «Blas», obediente, giró hacia ese lado. Ya enfilaba Uría adelante, cuando el transportista dijo con grito estentóreo: «¡A la izquierda!». Y el jumento tomó hacia abajo por Doctor Casal. Naturalmente yo estaba asombrado y pregunté si también me obedecería a mí. Ernesto, cauto, dijo: «No sé, este "Blas" es muy suyo, a lo mejor extraña la voz, pero prueba a ver».

Pasamos Melquíades Álvarez y en el siguiente cruce de nuestro trayecto teníamos que girar de nuevo a la izquierda, para entrar por Campoamor. Las riendas estaban sueltas, colgando dentro del carro, y yo dije con mi vocecita infantil: «¡A la izquierda!». «Blas» pareció desconcertado. Ernesto me dijo por lo bajo: «Repítelo más fuerte, grítale con ganas». Así lo hice y esta vez «Blas» hizo el giro ordenado con toda naturalidad.

Yo hubiera repetido las órdenes con gusto, y varias veces más, pero Ernesto, otra vez muy serio, dijo: «Voy a coger las riendas. No se debe abusar de la inteligencia de los demás...».

Publicado en "La Nueva España" el 22 de Diciembre de 2008.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Recuerdo de un compañero

Supongo que es lo normal permanecer un buen rato con la hoja en blanco delante, mirando inexpresivamente el papel, cuando uno se propone escribir algo sobre un amigo muerto inesperadamente.

-¿Y por qué hacerlo?, me pregunto.

-No lo sé, me contesto. Pero siento cierta necesidad; una especie de deseo más o menos consciente, nebuloso, inconcreto. Parece como si me fuera a producir cierta tranquilidad o alguna satisfacción que los demás sepan lo que pensaba de él, que se enteren de que siempre lo tuve por un gran muchacho, que lo apreciaba, que admiraba lo poco que de él conocía.

En realidad nuestras conversaciones fueron escasas y no muy largas. Él era parco en palabras y yo no soy locuaz. ¿De dónde viene pues la silenciosa camaradería, la casi tácita amistad, el lacónico respeto mutuo? Pues viene de la primera hilera de la derecha en la formación de la Compañía que nos dio común albergue en el campamento de Montelarreina, en la milicia universitaria. Allí fuimos compañeros durante dos veranos. Compañeros de hilera, pero no de fila, porque él ara algo más alto que yo y, por tanto, estaba en la fila de delante. Día a día desfilábamos juntos y no debíamos de hacerlo mal porque a ambos nos habían colocado en la primera hilera de la derecha, que es la que más se ve.

Él iba inmediatamente delante de mí, en la primera o segunda fila, de modo que en los frecuentes descansos y sobre todo en las largas esperas que teníamos que soportar formados, no era raro que se diese la vuelta y que charláramos algunos minutos, no muchos, pues ya digo que era poco hablador. Nuestra común y orgullosa asturianía reforzaba la curiosa y escueta relación «posicional» que tuvimos.

Era, entonces, Ernesto un muchachote sano y fuerte. Era la viva estampa de la salud y de la fortaleza. Callado, noble, sonriente, amigo de todos y enemigo de nadie, se hacía querer tanto por los mandos como por los compañeros.

Después lo vi muy poco, apenas tres o cuatro encuentros fortuitos en más de cuarenta años, alguno en Celorio, donde pasaba algunos fines de semana trabajando en su jardín. Pero nuestra amistad de la hilera de la derecha se mantenía, quizá más en el recuerdo que en la realidad.

Siempre lo tuve por un corredor de fondo; tenaz, constante, tesonero, poco amigo de los triunfos fáciles o rápidos. Era hombre discreto, sencillo, nada alambicado. No sé lo que él pensaba de mí, pero nada malo podía ser, pues creo que la maldad le era desconocida, como les ocurre a muchos amantes de la montaña.

Desde nuestra sobria amistad, fraguada en la primera hilera de la derecha de la formación en la común compañía de Montelarreina, lleno la hoja en blanco con estos desgranados recuerdos de un hombre de bien, un noble deportista y un médico amigo.

Publicado en "La Nueva España" el 12 de Septiembre de 2008.