Estaba el pasado fin de semana muy lejos de España cuando leí en un periódico de la Villa y Corte que unos intelectuales de Oviedo (citaban a Bueno y a Alarcos) arremetían contra la “llingua”. a la que calificaban de “engendro”, entre otros adjetivos agresivos y más o menos insultantes. Lo de “intelectuales de Oviedo” debe entenderse como afincados, avecindados o domiciliados en Oviedo, porque ni de Oviedo ni de Asturias son los profesores citados por el mentado diario.
Consiguientemente, su infancia transcurrió en otras tierras. Curiosamente, según creo, en tierras caracterizadas por un fuerte arraigo del castellano, del que dicen nació en La Rioja, de donde pasó a Castilla, y desde ahí, con modos imperialistas, se impuso a medio mundo. El humilde bable (“Gústesme porque yes probe: tan probina como vieya; fabla dulce de mio Asturies; encanto de la mio tierra”) no pudo competir con la lengua del imperio y quedó en “lengüina probe”, más útil para sentimientos que para filosofías.
-¿Entós qué ye, que van quitanos les palabres?
-Hailos que te quiten hasta la gaita, si non l'amarres.
Hace unos días me preguntaron mi opinión sobre el bable.
“Para expresar algunos sentimientos, viene a pelo”, contesté.
-¿Sentimientos? -dijo mi interlocutor.
—Claro. Nunca se me ocurriría dar una conferencia sobre la genética molecular de los glioblastomas en bable. Probablemente tendría que bablizar del inglés las mismas palabras que habría de castellanizar si la diera en español. El bable no está para divulgar ciencias complejas. -Entonces ¿para qué está?-Mira, no es que esté, es que es. Cuandu yera un nenu y la mío güelina dicíame: “Vete chucate, qu'enantes de dormite voy dir date un besín”. O cuando el güelín entrugaba: “¿Prestote el regalín que te fice?”, yo no conocía otra expresión de sentimientos mejor que el bable. Mi infancia está preñada de bable. Sin él, sería otra infancia. Yo fui niño en Asturias. Con perdón.
miércoles, 4 de abril de 2007
La medida “inidónea”
Al pobre Gómez de Liaño no sólo lo inhabilitan sino que le dicen que ha tomado medidas "inidóneas". No sé qué será más fuerte, si el castigo o el palabro. Pero bueno, ¿Se puede aguantar que un par de jueces "inbenévolos" además de desgraciarle la carrera y la vida a un colega, nos quieran desgraciar la lengua, que es de lo poco que consigue que nos podamos entender "inmucho"?
Yo leí lo de "inidónea" y me quedé petrificado. Intenté decirlo en alto y me costó pronunciarlo. ¿Inidónea? Corrí al diccionario más próximo. Nada. Después a otro y a otro. Nada de nada. Quizá los diccionarios también sean "inidóneos", o cuando menos "inóptimos". ¿No tendrían la obligación de conocer el castellano los que lo emplean para tan duros castigos?
Yo, de la llamada justicia me espero cualquier cosa, pero nunca pensé que tuviera tal "inrespeto" al lenguaje común, patrimonio indivisible de todos los españoles, etc. A lo mejor es hasta inconstitucional agredirle de esa manera.
Ahora, y particularmente en Madrid, donde la justicia o parte de ella anda a la greña, podría definirse esta virtud cardinal con la famosa frase de Clausewitz:
Justicia: es la continuación de la política por otros medios. Esa podría ser una definición "inmala".
La contaminación de la justicia por la política está alcanzando al léxico, lo que no es sino una prueba de esta contaminación. El lenguaje de algunos jueces cada vez se parece más al de algunos políticos "inidóneos". Además, la palabreja es de costosa pronunciación. Si algún juez tiene la tentación de inventar neologismos debería hacerlos bellos, eufónicos y de pronunciación "indificil".
Supongo que entre los hombres de leyes se discutirá la sentencia. Entre los amantes del idioma que conozco he observado unánime "inagrado" por el pintoresco neologismo. A mí me parece que en esa extraña sentencia sobra lo de "inidónea", y somos varios los que pensamos que esa palabra debe ser retirada por huebos. Y supongo que los jueces de tan alta magistratura conocerán el significado de este último vocablo, que -así como suena, con B de burro- sí que está en el diccionario.
Yo leí lo de "inidónea" y me quedé petrificado. Intenté decirlo en alto y me costó pronunciarlo. ¿Inidónea? Corrí al diccionario más próximo. Nada. Después a otro y a otro. Nada de nada. Quizá los diccionarios también sean "inidóneos", o cuando menos "inóptimos". ¿No tendrían la obligación de conocer el castellano los que lo emplean para tan duros castigos?
Yo, de la llamada justicia me espero cualquier cosa, pero nunca pensé que tuviera tal "inrespeto" al lenguaje común, patrimonio indivisible de todos los españoles, etc. A lo mejor es hasta inconstitucional agredirle de esa manera.
Ahora, y particularmente en Madrid, donde la justicia o parte de ella anda a la greña, podría definirse esta virtud cardinal con la famosa frase de Clausewitz:
Justicia: es la continuación de la política por otros medios. Esa podría ser una definición "inmala".
La contaminación de la justicia por la política está alcanzando al léxico, lo que no es sino una prueba de esta contaminación. El lenguaje de algunos jueces cada vez se parece más al de algunos políticos "inidóneos". Además, la palabreja es de costosa pronunciación. Si algún juez tiene la tentación de inventar neologismos debería hacerlos bellos, eufónicos y de pronunciación "indificil".
Supongo que entre los hombres de leyes se discutirá la sentencia. Entre los amantes del idioma que conozco he observado unánime "inagrado" por el pintoresco neologismo. A mí me parece que en esa extraña sentencia sobra lo de "inidónea", y somos varios los que pensamos que esa palabra debe ser retirada por huebos. Y supongo que los jueces de tan alta magistratura conocerán el significado de este último vocablo, que -así como suena, con B de burro- sí que está en el diccionario.
La fabla de los políticos
Tengo que reconocer que nunca he visto clara la diferencia entre lengua y dialecto. Y no ha sido por no haberla buscado con, interés y aún con ahínco, a pesar de que ahora dude de la existencia de esa diferencia, que más me parece frontera movediza que límite taxativo.
En mi ya lejana mocedad busqué los fundamentos o criterios de esa jerarquía lingüística que trata de delimitar lenguas de dialectos, preguntando a gentes variadas y variopintas, tales como académicos, profesores, maquinistas, albañiles, licenciados, futbolistas, toreros, y a muchas otras personas de diversos oficios y menesteres.
Ninguno parecía tener las ideas claras. Algunos apuntaban hacia la literatura, indicando que las lenguas se hablan y escriben, mientras que los dialectos sólo se hablan, diferencia nebulosa, puesto que, en tal caso, la humanidad, durante milenios, se entendió en dialectos, sin que hubiera existido lengua alguna hasta la aparición
del alfabeto: -ese criterio, componentes de algunas tribus actuales de Africa o de Polinesia, que se entienden perfectamente entre ellos dentro de su recinto tribal, carecerían de lengua, pues no disponen de signos gráficos que les permitan plasmar en el papel los fonemas que simbolizan personas, animales, cosas o ideas.
Algunos me decían que los dialectos derivan de otro idioma más antiguo e importante, lo que tampoco parece ser sólido criterio, pues en ese caso el español sería un dialecto del latín, el que a su vez sería dialecto del indoeuropeo, y así sucesivamente, sin que ninguno alcanzara la categoría (¿existen aquí categorías?) de lengua.
Tampoco creo que tengan valor los criterios que definen al dialecto como lengua limitada a una región, provincia o comarca, pues no otra cosa fueron el latín, el francés o el castellano no hace muchos años.
Lo de la “coiné” me parece igualmente un concepto elástico, pues ¿quién dice si hubo o no hubo “coiné”?
Entiendo pues que las diferencias entre lenguas, idiomas, dialectos, fablas, etcétera, son artificiosas, nebulosas y gradativas, y es poco probable que se lleguen a delimitar los respectivos campos con criterios sanos, sólidos y de fundamento.
De todas estas reflexiones tiene la culpa un artículo escrito recientemente por uno de nuestros políticos gobernantes, asturiano por más señas. Mi otrora ágil sistema nervioso tuvo tanta dificultad en digerirlo como hubiera tenido mi aparato digestivo al enfrentarse a una grasienta fabada... tras la cena de Nochebuena.
“Esto no se le hace a un lector amigo”, pensaba para mí mientras trataba de descifrar lo indescifrable.
-¿En qué hablan muchos de nuestros políticos?, me preguntaba con desazón.
-¿Será lengua, idioma o dialecto? Me interrogaba a mí mismo durante la trabajosa digestión mental del indigesto trabajo mencionado.
No sabía en qué categoría del lenguaje encuadrar el tal artículo. Era evidente que esa manera de expresarse se emplea ampliamente, lo que le acercaría a las lenguas vivas, y que un famoso escritor como Amando de Miguel le dio nombre sustantivo: "El politiqués". Por otra parte, no es menos cierto que a todas luces deriva del castellano, por lo que podría ser etiquetado de dialecto.
Estando en estos pensamientos me acordé de esa forma de expresarse llamada jerga, argot, germanía o jerigonza, propia de ciertos grupos, gremios u oficios.
"Esto debe ser”, pensé para mi, Sin embargo, no me quedé del todo tranquilo, pues entendía que en las jergas, tanto en las llanas y populares, como el ballarete de los afiladores de Orense, el bron de los caldereros, el caló de los gitanos, el cheli de los necesitados de valoración, como en las más cultas y resabiadas, tales la médica o la forense, para cada individuo tiene cada palabra idéntico significado, y por lo general sólo la emplean los componentes del respectivo grupo.
No ocurre así con el “politiqués”, idioma versátil y polisémico donde los haya, pues en él, cada palabra parece tener infinitos significados, especialmente en las frívolas bocas de nuestros locuaces políticos y en las de sus vulgares imitadores. Veamos por ejemplo el término “usuario”. Les vale para todo. Algunos, los menos, lo emplean en su sentido original, prístino: el que usa o gasta una cosa. Para otros es sinónimo de ciudadano; de consumidor para otros; de contribuyente para no pocos, y hasta de paciente para algunos (los “usuarios” del hospital, han llegado a llamar a los que siempre fueron enfermos o pacientes), dignísimas autoridades sanitarias que subconscientemente expresan así la importancia que conceden a la relación médico-enfermo).
Más vale no acordarse de la socorrida “parafernalia”, que hace a pelo y a pluma, y tanto les sirve para un roto como para un descosido. Si la memoria no me falla (que ya empieza a hacerlo, cosas de la edad) la palabreja significa algo así como lo que aporta una mujer al matrimonio, con exclusión de la dote. Pero los políticos y sus gregarios secuaces, recalcitrantes “usuarios” del “politiqués”, lo emplean venga o no a cuento, quizá porque es palabra nueva, que casi nadie conoce y que les parece que emplearla “hace moderno y culto”, aunque ellos mismos tampoco tengan claro ni su significado original ni las acepciones relacionadas.
No sé pues, si esa forma de ¿hacerse entender? - de algunos de nuestros actuales políticos es lengua, dialecto, fabla, germanía o jerigonza. Pero sí me imagino cómo contestaría alguno de los más extremistas —lingüísticamente hablando- a la sencilla pregunta ¿Quién descubrió América? Podría parecerse a lo siguiente:
“Bueno, yo diría que, a nivel de la calle y desde la óptica del usuario medio, el tema es evidente. Hay consenso en que fue Cristóbal Colón, pero hay que hacer una matización, pues a nivel de historiadores el tema cambia. Existe un posicionamiento actual, progresista, claro, que dimensiona exactamentee las cosas y deja obsoleto, el anterior planteamiento. Ustedes saben que está casi universalmente asumido que los vikingos, navegantes modélicos, pese a la escasez de recursos, lograron potenciar y optimizar sus naves hasta el punto de llegar a América. Esto lo constatan historiadores que asumen esta segunda óptica en base a haber encontrado pelos rubios y cuernos en América. Se asume que estratos vikingos marginados, carentes de cobertura y a nivel de delincuentes, de alguna manera se subieron a las naves y de alguna manera remaron, y pese a la problemática de una escasa operatividad de cara a la navegación, llegaron a América, sin percibir contraprestación alguna. Esta teoría es tremendamente impactante en la actualidad y hace que nos posicionemos en una actitud tendente a desdramatizar la figura de Colón”.Para escribir esta sarta de horteradas me he inspirado en los textos derivados de las declaraciones de varios de nuestros políticos actuales, a los que muy sinceramente agradezco la desinteresada colaboración prestada, pues sin su inestimable ayuda nunca se hubiera podido escribir este artículo.
En mi ya lejana mocedad busqué los fundamentos o criterios de esa jerarquía lingüística que trata de delimitar lenguas de dialectos, preguntando a gentes variadas y variopintas, tales como académicos, profesores, maquinistas, albañiles, licenciados, futbolistas, toreros, y a muchas otras personas de diversos oficios y menesteres.
Ninguno parecía tener las ideas claras. Algunos apuntaban hacia la literatura, indicando que las lenguas se hablan y escriben, mientras que los dialectos sólo se hablan, diferencia nebulosa, puesto que, en tal caso, la humanidad, durante milenios, se entendió en dialectos, sin que hubiera existido lengua alguna hasta la aparición
del alfabeto: -ese criterio, componentes de algunas tribus actuales de Africa o de Polinesia, que se entienden perfectamente entre ellos dentro de su recinto tribal, carecerían de lengua, pues no disponen de signos gráficos que les permitan plasmar en el papel los fonemas que simbolizan personas, animales, cosas o ideas.
Algunos me decían que los dialectos derivan de otro idioma más antiguo e importante, lo que tampoco parece ser sólido criterio, pues en ese caso el español sería un dialecto del latín, el que a su vez sería dialecto del indoeuropeo, y así sucesivamente, sin que ninguno alcanzara la categoría (¿existen aquí categorías?) de lengua.
Tampoco creo que tengan valor los criterios que definen al dialecto como lengua limitada a una región, provincia o comarca, pues no otra cosa fueron el latín, el francés o el castellano no hace muchos años.
Lo de la “coiné” me parece igualmente un concepto elástico, pues ¿quién dice si hubo o no hubo “coiné”?
Entiendo pues que las diferencias entre lenguas, idiomas, dialectos, fablas, etcétera, son artificiosas, nebulosas y gradativas, y es poco probable que se lleguen a delimitar los respectivos campos con criterios sanos, sólidos y de fundamento.
De todas estas reflexiones tiene la culpa un artículo escrito recientemente por uno de nuestros políticos gobernantes, asturiano por más señas. Mi otrora ágil sistema nervioso tuvo tanta dificultad en digerirlo como hubiera tenido mi aparato digestivo al enfrentarse a una grasienta fabada... tras la cena de Nochebuena.
“Esto no se le hace a un lector amigo”, pensaba para mí mientras trataba de descifrar lo indescifrable.
-¿En qué hablan muchos de nuestros políticos?, me preguntaba con desazón.
-¿Será lengua, idioma o dialecto? Me interrogaba a mí mismo durante la trabajosa digestión mental del indigesto trabajo mencionado.
No sabía en qué categoría del lenguaje encuadrar el tal artículo. Era evidente que esa manera de expresarse se emplea ampliamente, lo que le acercaría a las lenguas vivas, y que un famoso escritor como Amando de Miguel le dio nombre sustantivo: "El politiqués". Por otra parte, no es menos cierto que a todas luces deriva del castellano, por lo que podría ser etiquetado de dialecto.
Estando en estos pensamientos me acordé de esa forma de expresarse llamada jerga, argot, germanía o jerigonza, propia de ciertos grupos, gremios u oficios.
"Esto debe ser”, pensé para mi, Sin embargo, no me quedé del todo tranquilo, pues entendía que en las jergas, tanto en las llanas y populares, como el ballarete de los afiladores de Orense, el bron de los caldereros, el caló de los gitanos, el cheli de los necesitados de valoración, como en las más cultas y resabiadas, tales la médica o la forense, para cada individuo tiene cada palabra idéntico significado, y por lo general sólo la emplean los componentes del respectivo grupo.
No ocurre así con el “politiqués”, idioma versátil y polisémico donde los haya, pues en él, cada palabra parece tener infinitos significados, especialmente en las frívolas bocas de nuestros locuaces políticos y en las de sus vulgares imitadores. Veamos por ejemplo el término “usuario”. Les vale para todo. Algunos, los menos, lo emplean en su sentido original, prístino: el que usa o gasta una cosa. Para otros es sinónimo de ciudadano; de consumidor para otros; de contribuyente para no pocos, y hasta de paciente para algunos (los “usuarios” del hospital, han llegado a llamar a los que siempre fueron enfermos o pacientes), dignísimas autoridades sanitarias que subconscientemente expresan así la importancia que conceden a la relación médico-enfermo).
Más vale no acordarse de la socorrida “parafernalia”, que hace a pelo y a pluma, y tanto les sirve para un roto como para un descosido. Si la memoria no me falla (que ya empieza a hacerlo, cosas de la edad) la palabreja significa algo así como lo que aporta una mujer al matrimonio, con exclusión de la dote. Pero los políticos y sus gregarios secuaces, recalcitrantes “usuarios” del “politiqués”, lo emplean venga o no a cuento, quizá porque es palabra nueva, que casi nadie conoce y que les parece que emplearla “hace moderno y culto”, aunque ellos mismos tampoco tengan claro ni su significado original ni las acepciones relacionadas.
No sé pues, si esa forma de ¿hacerse entender? - de algunos de nuestros actuales políticos es lengua, dialecto, fabla, germanía o jerigonza. Pero sí me imagino cómo contestaría alguno de los más extremistas —lingüísticamente hablando- a la sencilla pregunta ¿Quién descubrió América? Podría parecerse a lo siguiente:
“Bueno, yo diría que, a nivel de la calle y desde la óptica del usuario medio, el tema es evidente. Hay consenso en que fue Cristóbal Colón, pero hay que hacer una matización, pues a nivel de historiadores el tema cambia. Existe un posicionamiento actual, progresista, claro, que dimensiona exactamentee las cosas y deja obsoleto, el anterior planteamiento. Ustedes saben que está casi universalmente asumido que los vikingos, navegantes modélicos, pese a la escasez de recursos, lograron potenciar y optimizar sus naves hasta el punto de llegar a América. Esto lo constatan historiadores que asumen esta segunda óptica en base a haber encontrado pelos rubios y cuernos en América. Se asume que estratos vikingos marginados, carentes de cobertura y a nivel de delincuentes, de alguna manera se subieron a las naves y de alguna manera remaron, y pese a la problemática de una escasa operatividad de cara a la navegación, llegaron a América, sin percibir contraprestación alguna. Esta teoría es tremendamente impactante en la actualidad y hace que nos posicionemos en una actitud tendente a desdramatizar la figura de Colón”.Para escribir esta sarta de horteradas me he inspirado en los textos derivados de las declaraciones de varios de nuestros políticos actuales, a los que muy sinceramente agradezco la desinteresada colaboración prestada, pues sin su inestimable ayuda nunca se hubiera podido escribir este artículo.
Paradojas de la ¿justicia?
Peculio propio es ya de la privanza
cuando de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza,
le decían a Fabio, hace varios siglos. Ya por entonces, se conoce, a la diosa de la Justicia le habían quitado sus atributos clásicos, que también eran sus instrumentos de trabajo y le servían para regir el mundo y pesarlo y dividirlo, que para eso empleaba la espada y la balanza. .
Pero, si hemos de creer al autor de la Epístola moral a Fabio, todo se lo llevó la trampa, y ya por entonces, la privanza, es decir, el favoritismo y el interés, se apropiaron de la dicha espada y de la dicha balanza, y dejaron a la pobre Astrea sin medios ni posibles para ejercitar su noble y antiguo menester.
Digo esto porque leí ya hace unos meses en la prensa, que un empleado cabreado le dijo a su jefe, sin el menor eufemismo piadoso ni la mínima perífrasis balsámica, lo que de él pensaba, con epítetos tan fácilmente comprensibles y de semántica tan conocida, que no precisaban de diccionario alguno para su correcta intelección. Le llamó cerdo, cabrón, hijoputa, maricón y un largo etcétera de adjetivos que no puedo recordar con precisión, pero que compartían idéntico e inequívoco significado.
El jefe tuvo una reacción relativamente sencilla. Pensó que el colaborador en cuestión parecía dudar de su capacidad de mando y le despidió, sin otro requisito.
Al despedido, en cambio, parecía no importarle seguir a las órdenes de tan degenerado superior, e incluso -por extraño que pueda parecer- manifestó el deseo de continuar en su compañía, pese a haberle comparado con animales tan poco distinguidos, por lo que recurrió contra el despido. La justicia dictaminó que los adjetivos empleados por el empleado no eran injurias. Eran interjecciones. Y el insultado tuvo que readmitir al insultador, que no vio ni siquiera la tarjeta amarilla.
A las pocas semanas, a un alcalde andaluz se le ocurre decir que la justicia es un cachondeo. Es obvio que lo dijo algo más vulgarmente que el educador de Fabio, y esa fue su perdición.
Cachondo, según dice Cela en "Judíos, moros y cristianos", viene del latín "catulens" (creo recordar), que significa "estar en celo". Consiguientemente, si atendemos al significado etimológico, justicia cachonda sería justicia en celo. Tal vez no le vendría mal a Astrea un poquito de celo.
Pero en esta ocasión y para general sorpresa, Fabio amigo, la palabra no fue mera interjección ni comparación poco afortunada. Ahora el sustantivo resulta ser perfectamente punible, y al dicho alcalde le castigaron con no sé cuánto tiempo sin ejercer ciertas funciones. No recuerdo bien las multas ni las costas ni las sanciones. Pero las hubo. Y grandes.
Sin duda los entendidos argüirán sutilezas y latinajos. Invocarán el "animus ínjuriandi”, las noticias "Urbi et orbi”, el "in dubio pro reo" y otras expresiones semejantes. Pero las cosas, querido Fabio, siguen como en tu época. Si un empleado llama a su jefe hijoputa, es una interjección. Si alguien dice que la justicia está en celo, es un agravio importante, que hay que castigar y escarmentar.
Ya te lo decían hace años:
Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza.
O como –más resumida y simplemente- nos enseñaba el sargento chusquero de la mili: “Lo primero que tenéis, que aprender es que el que manda, manda. Lo demás ya lo iréis viendo”.
cuando de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza,
le decían a Fabio, hace varios siglos. Ya por entonces, se conoce, a la diosa de la Justicia le habían quitado sus atributos clásicos, que también eran sus instrumentos de trabajo y le servían para regir el mundo y pesarlo y dividirlo, que para eso empleaba la espada y la balanza. .
Pero, si hemos de creer al autor de la Epístola moral a Fabio, todo se lo llevó la trampa, y ya por entonces, la privanza, es decir, el favoritismo y el interés, se apropiaron de la dicha espada y de la dicha balanza, y dejaron a la pobre Astrea sin medios ni posibles para ejercitar su noble y antiguo menester.
Digo esto porque leí ya hace unos meses en la prensa, que un empleado cabreado le dijo a su jefe, sin el menor eufemismo piadoso ni la mínima perífrasis balsámica, lo que de él pensaba, con epítetos tan fácilmente comprensibles y de semántica tan conocida, que no precisaban de diccionario alguno para su correcta intelección. Le llamó cerdo, cabrón, hijoputa, maricón y un largo etcétera de adjetivos que no puedo recordar con precisión, pero que compartían idéntico e inequívoco significado.
El jefe tuvo una reacción relativamente sencilla. Pensó que el colaborador en cuestión parecía dudar de su capacidad de mando y le despidió, sin otro requisito.
Al despedido, en cambio, parecía no importarle seguir a las órdenes de tan degenerado superior, e incluso -por extraño que pueda parecer- manifestó el deseo de continuar en su compañía, pese a haberle comparado con animales tan poco distinguidos, por lo que recurrió contra el despido. La justicia dictaminó que los adjetivos empleados por el empleado no eran injurias. Eran interjecciones. Y el insultado tuvo que readmitir al insultador, que no vio ni siquiera la tarjeta amarilla.
A las pocas semanas, a un alcalde andaluz se le ocurre decir que la justicia es un cachondeo. Es obvio que lo dijo algo más vulgarmente que el educador de Fabio, y esa fue su perdición.
Cachondo, según dice Cela en "Judíos, moros y cristianos", viene del latín "catulens" (creo recordar), que significa "estar en celo". Consiguientemente, si atendemos al significado etimológico, justicia cachonda sería justicia en celo. Tal vez no le vendría mal a Astrea un poquito de celo.
Pero en esta ocasión y para general sorpresa, Fabio amigo, la palabra no fue mera interjección ni comparación poco afortunada. Ahora el sustantivo resulta ser perfectamente punible, y al dicho alcalde le castigaron con no sé cuánto tiempo sin ejercer ciertas funciones. No recuerdo bien las multas ni las costas ni las sanciones. Pero las hubo. Y grandes.
Sin duda los entendidos argüirán sutilezas y latinajos. Invocarán el "animus ínjuriandi”, las noticias "Urbi et orbi”, el "in dubio pro reo" y otras expresiones semejantes. Pero las cosas, querido Fabio, siguen como en tu época. Si un empleado llama a su jefe hijoputa, es una interjección. Si alguien dice que la justicia está en celo, es un agravio importante, que hay que castigar y escarmentar.
Ya te lo decían hace años:
Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza.
O como –más resumida y simplemente- nos enseñaba el sargento chusquero de la mili: “Lo primero que tenéis, que aprender es que el que manda, manda. Lo demás ya lo iréis viendo”.
Reflexiones sobre economía
Debo empezar confesando mi absoluta ignorancia en asuntos de economía, ignorancia que aumenta -si cabe- en lo que se refiere a temas económicos que rozan la política. Por ello, no quisiera yo hoy -ni por cuanto hay- meterme a hablar de lo que desconozco o, cuando menos, de lo que no conozco más que superficialmente.
Pero uno, en su ignorancia, no puede por menos de hacer algunas reflexiones económicas, sin salirse, claro es, de lo más simple, obvio y elemental. Por ejemplo: si un señor se gasta en regalos a los amigos o a las amigas parte de su paga y por otra parte tiene la casa llena de goteras y la despensa vacía, uno, en su ignorancia, piensa que el tal señor es -cuando menos- un caradura, y no faltará quien lo llame sinvergüenza e irresponsable.
Digo esto porque a uno, en su ignorancia económica y en su inopia política, se le hace difícil de entender el grandonismo de los que nos administran, cuando regalan miles de millones (que no son suyos, claro está, sino del sufrido pueblo español) a una parte de la nación nicaragüense y gran parte - supongo- de la guineana, mientras los cauces de algunos de nuestros ríos son a todas luces insuficientes y nuestras carreteras constituyen la mayor causa de mortalidad en jóvenes, por encima de enfermedades como e1 cáncer, y e1 SIDA.
Bien está ayudar al que lo necesita, pero ¿es que los hortelanos de Murcia no lo necesitan, y tan perentoriamente como el que más?
Debe de ser mi profunda ignorancia económica la que me impide comprender que se destinen miles de millones a lejanos dictadores extranjeros cuestionados en sus propios países, mientras los sufridos campesinos de Levante, de quienes proviene parte de esos dineros, se ven obligados a colocar, día y noche, sacos terreros en las márgenes del río, para no perder su humilde casa, su incipiente cosecha o su propia vida.
Debe de ser mi recalcitrante egoísmo el que mi impide comprender que regalemos miles de millones a países que poco o nada nos han ayudado y que se envíen “casi 500 millones y 115 casas prefabricadas” a una de las zonas de España que más contribuye a nuestra riqueza agrícola y a nuestras exportaciones.
Ahora que tan de moda están las encuestas y los sondeos de opinión, sugeriría esta pregunta:
-¿No cree usted que los miles de millones enviados a Guinea y a una parte de Nicaragua hubieran estado mejor gastados realizando o acelerando las obras de encauzamiento de ríos en Levante? '
Resulta pintoresco el análisis de un político, que ha dicho que como tenemos tales cifras de muertos en carretera, unas inundaciones que sólo han matado a 12 personas no le parecen asunto peligroso.
Pero uno, en su ignorancia, no puede por menos de hacer algunas reflexiones económicas, sin salirse, claro es, de lo más simple, obvio y elemental. Por ejemplo: si un señor se gasta en regalos a los amigos o a las amigas parte de su paga y por otra parte tiene la casa llena de goteras y la despensa vacía, uno, en su ignorancia, piensa que el tal señor es -cuando menos- un caradura, y no faltará quien lo llame sinvergüenza e irresponsable.
Digo esto porque a uno, en su ignorancia económica y en su inopia política, se le hace difícil de entender el grandonismo de los que nos administran, cuando regalan miles de millones (que no son suyos, claro está, sino del sufrido pueblo español) a una parte de la nación nicaragüense y gran parte - supongo- de la guineana, mientras los cauces de algunos de nuestros ríos son a todas luces insuficientes y nuestras carreteras constituyen la mayor causa de mortalidad en jóvenes, por encima de enfermedades como e1 cáncer, y e1 SIDA.
Bien está ayudar al que lo necesita, pero ¿es que los hortelanos de Murcia no lo necesitan, y tan perentoriamente como el que más?
Debe de ser mi profunda ignorancia económica la que me impide comprender que se destinen miles de millones a lejanos dictadores extranjeros cuestionados en sus propios países, mientras los sufridos campesinos de Levante, de quienes proviene parte de esos dineros, se ven obligados a colocar, día y noche, sacos terreros en las márgenes del río, para no perder su humilde casa, su incipiente cosecha o su propia vida.
Debe de ser mi recalcitrante egoísmo el que mi impide comprender que regalemos miles de millones a países que poco o nada nos han ayudado y que se envíen “casi 500 millones y 115 casas prefabricadas” a una de las zonas de España que más contribuye a nuestra riqueza agrícola y a nuestras exportaciones.
Ahora que tan de moda están las encuestas y los sondeos de opinión, sugeriría esta pregunta:
-¿No cree usted que los miles de millones enviados a Guinea y a una parte de Nicaragua hubieran estado mejor gastados realizando o acelerando las obras de encauzamiento de ríos en Levante? '
Resulta pintoresco el análisis de un político, que ha dicho que como tenemos tales cifras de muertos en carretera, unas inundaciones que sólo han matado a 12 personas no le parecen asunto peligroso.
Hojas ¿universitarias?
Probablemente estén al corriente de la polémica ocasionada por la retirada de una subvención que el Colegio de Médicos venía concediendo a un premio universitario.
El motivo, según indica una carta de la entidad patrocinadora, es la zafiedad y grosería de la publicación “Hojas Universitarias”, uno de cuyos ejemplares ofrece al lector una fea pero desagradable historieta en la que se ilustra la originalísima e ingeniosísima situación impar, jamás antes vista ni oída, del individuo con diarrea que se da cuenta un poco tarde de que carece de papel higiénico.
.
El rector de la Universidad, por su parte, hace notar que la publicación la hacen los estudiantes y que, naturalmente, carece de censura.
No quisiera entrar aquí en la polémica surgida a causa de esas hojas universitarias, que, por cierto, hubieran tenido adecuado destino aliviando la penosa situación de su protagonista, pues a pelo va 1a calidad de la hoja con tan humanitarios e higiénicos fines.
Pero sí quisiera hacer notar que lo de menos es, a mi juicio, la polémica en sí misma, sobre la que imagino habrá variadas opiniones y diversos juicios y sentencias. Lo grave, a mi entender, es que los estudiantes, supongo que de nuestra Universidad, expresen calidad tan ínfima, inventiva tan pobre, ingenio tan flaco y elegancia tan menguada como las que las cutres, vulgares y horteras hojas reflejan. ¿No hay ya chispa, gracia, originalidad, categoría, clase, en nuestra juventud universitaria?
Sería mal síntoma, pues indicaría que la Universidad no provee a los estudiantes de las
mencionadas virtudes.
Para mí tengo y desde hace tiempo lo digo, que nuestro cerebro funciona de modo parecido a como lo hacen los llamados "electrónicos", o, por mal nombre “ordenadores”, y que, por infinidad de asociaciones que pueda realizar, sólo refleja la información que se le dio en su momento, que puede devolver elaborada, clasificada y procesada, pero nunca creada de la nada. De donde no hay ideas previas, ningún cerebro saca otra nueva. Por ello entiendo que si la juventud universitaria publica hojas zafias, probablemente refleje la zafiedad de la Universidad y de la sociedad de las que es espejo.
¿Habrá que recordar que el estudiarte de Medicina canadiense W. H. Best descubrió la insulina (con lo que libró a millones de hombres de la ceguera y de la muerte y obtuvo el premio Nobel) antes de terminar la carrera? ¿O las extraordinarias hojas universitarias y similares que se publicaban (a veces manuscritas) en universidades españolas de los años veinte y treinta?
Creo que la época de estudiante es fundamentalmente formativa y receptiva, pero nada impide que sea también creativa, y tal vez sea éste uno de los aspectos educativos más descuidados por nuestra Universidad, en el que no quisiera entrar por ahora.A fin de cuentas y bien mirado, la hoja ¿universitaria? no era tan descabalada. Habla de mierda y de problemas para limpiarla.
El motivo, según indica una carta de la entidad patrocinadora, es la zafiedad y grosería de la publicación “Hojas Universitarias”, uno de cuyos ejemplares ofrece al lector una fea pero desagradable historieta en la que se ilustra la originalísima e ingeniosísima situación impar, jamás antes vista ni oída, del individuo con diarrea que se da cuenta un poco tarde de que carece de papel higiénico.
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El rector de la Universidad, por su parte, hace notar que la publicación la hacen los estudiantes y que, naturalmente, carece de censura.
No quisiera entrar aquí en la polémica surgida a causa de esas hojas universitarias, que, por cierto, hubieran tenido adecuado destino aliviando la penosa situación de su protagonista, pues a pelo va 1a calidad de la hoja con tan humanitarios e higiénicos fines.
Pero sí quisiera hacer notar que lo de menos es, a mi juicio, la polémica en sí misma, sobre la que imagino habrá variadas opiniones y diversos juicios y sentencias. Lo grave, a mi entender, es que los estudiantes, supongo que de nuestra Universidad, expresen calidad tan ínfima, inventiva tan pobre, ingenio tan flaco y elegancia tan menguada como las que las cutres, vulgares y horteras hojas reflejan. ¿No hay ya chispa, gracia, originalidad, categoría, clase, en nuestra juventud universitaria?
Sería mal síntoma, pues indicaría que la Universidad no provee a los estudiantes de las
mencionadas virtudes.
Para mí tengo y desde hace tiempo lo digo, que nuestro cerebro funciona de modo parecido a como lo hacen los llamados "electrónicos", o, por mal nombre “ordenadores”, y que, por infinidad de asociaciones que pueda realizar, sólo refleja la información que se le dio en su momento, que puede devolver elaborada, clasificada y procesada, pero nunca creada de la nada. De donde no hay ideas previas, ningún cerebro saca otra nueva. Por ello entiendo que si la juventud universitaria publica hojas zafias, probablemente refleje la zafiedad de la Universidad y de la sociedad de las que es espejo.
¿Habrá que recordar que el estudiarte de Medicina canadiense W. H. Best descubrió la insulina (con lo que libró a millones de hombres de la ceguera y de la muerte y obtuvo el premio Nobel) antes de terminar la carrera? ¿O las extraordinarias hojas universitarias y similares que se publicaban (a veces manuscritas) en universidades españolas de los años veinte y treinta?
Creo que la época de estudiante es fundamentalmente formativa y receptiva, pero nada impide que sea también creativa, y tal vez sea éste uno de los aspectos educativos más descuidados por nuestra Universidad, en el que no quisiera entrar por ahora.A fin de cuentas y bien mirado, la hoja ¿universitaria? no era tan descabalada. Habla de mierda y de problemas para limpiarla.
Homo y heterosexualidad
La señora Ministra está en su derecho de opinar, pero me cuesta trabajo creer que pueda tener razón cuando dice que la homosexualidad es tan respetable como la heterosexualidad. Quede claro que no hablo de las personas, sino de los conceptos, que es de lo que me parece que habla también doña Cristina Alberdi.
El motivo es bien simple: la heterosexualidad tiene la capacidad de crear vida, vigor y esperanza, mientras que la homosexualidad no puede crear nada de eso.
La primera ley biológica es la de la perpetuación de la información genética. Desde las simples cadenas de DNA, hasta la mayoría de ministros y ministras, todos los seres vivos tienden a conservar y a transmitir la información genética recibida de sus progenitores, es decir, tienden a reproducirse, o -como se dice ahora con claros anglicismos- a replicarse o dividirse.
Si no hubiera sido así, la vida no existiría, y la señora Ministra tampoco. Toda especie que no se reproduce se extingue, y sólo van quedando las que son capaces de hacerlo.
El modo de llevarlo a cabo es extraordinariamente variado. Desde la simple ayuda de apenas un par de fermentos, como les ocurre a partículas víricas, hasta diván, strip-tease y afrodisíacos, como precisan algunos refinados decadentes. En algunas especies y en ciertos lugares, como le ocurría al toro “Sultán” en la vecina Cantabria, un solo macho inseminó a miles y miles de hembras. En cambio, entre los raposos, se dice que una hembra se deja preñar por varios machos. Me parece que entre las abejas y en algunas comunidades humanas se dan hábitos parecidos.
Sea cual fuere la costumbre lo que es indudable es que la heterosexualidad puede crear nuevos seres, y hace que la vida, la especie y la evolución de las especies continúe. Y lo que quizás sea más importante: los seres que crea tienen gran potencial de desarrollo, son nuevos, están sin estrenar.
No es mala pregunta, ni siquiera para una Ministra, la de cuestionarse la razón por la que al juntarse las pieles viejas y arrugadas de un hombre de setenta años y de una mujer de cincuenta son sus células capaces de crear la tersa, joven y rozagante piel que recubre el culito del bebé que ambos pueden tener. La fuente de la eterna juventud la tienen, en su amor, las parejas de heterosexuales.
Aunque no sea más que por este pequeño detalle, por la posibilidad de crear vida, y vida joven y nueva, creo que la heterosexualidad debe de ser un poquito, aunque no sea más que un poquito, más respetable que la homosexualidad.A mi me parece que -biológicamente hablando- la señora Ministra está errada.
El motivo es bien simple: la heterosexualidad tiene la capacidad de crear vida, vigor y esperanza, mientras que la homosexualidad no puede crear nada de eso.
La primera ley biológica es la de la perpetuación de la información genética. Desde las simples cadenas de DNA, hasta la mayoría de ministros y ministras, todos los seres vivos tienden a conservar y a transmitir la información genética recibida de sus progenitores, es decir, tienden a reproducirse, o -como se dice ahora con claros anglicismos- a replicarse o dividirse.
Si no hubiera sido así, la vida no existiría, y la señora Ministra tampoco. Toda especie que no se reproduce se extingue, y sólo van quedando las que son capaces de hacerlo.
El modo de llevarlo a cabo es extraordinariamente variado. Desde la simple ayuda de apenas un par de fermentos, como les ocurre a partículas víricas, hasta diván, strip-tease y afrodisíacos, como precisan algunos refinados decadentes. En algunas especies y en ciertos lugares, como le ocurría al toro “Sultán” en la vecina Cantabria, un solo macho inseminó a miles y miles de hembras. En cambio, entre los raposos, se dice que una hembra se deja preñar por varios machos. Me parece que entre las abejas y en algunas comunidades humanas se dan hábitos parecidos.
Sea cual fuere la costumbre lo que es indudable es que la heterosexualidad puede crear nuevos seres, y hace que la vida, la especie y la evolución de las especies continúe. Y lo que quizás sea más importante: los seres que crea tienen gran potencial de desarrollo, son nuevos, están sin estrenar.
No es mala pregunta, ni siquiera para una Ministra, la de cuestionarse la razón por la que al juntarse las pieles viejas y arrugadas de un hombre de setenta años y de una mujer de cincuenta son sus células capaces de crear la tersa, joven y rozagante piel que recubre el culito del bebé que ambos pueden tener. La fuente de la eterna juventud la tienen, en su amor, las parejas de heterosexuales.
Aunque no sea más que por este pequeño detalle, por la posibilidad de crear vida, y vida joven y nueva, creo que la heterosexualidad debe de ser un poquito, aunque no sea más que un poquito, más respetable que la homosexualidad.A mi me parece que -biológicamente hablando- la señora Ministra está errada.
De jubilaciones
Si desde niño admiro a Carlos V no es por su poder, sus conquistas ni sus victorias militares. Ni tampoco por haber hecho prisionero a Francisco I de Francia y haberlo tenido en Madrid a su voluntad, dejándolo después volverse a París. Ni siquiera por su talante y decidida voluntad «europeísta», que resulta hoy adelantada y precursora. Mi admiración viene, ya desde muy joven, repito, por haberse sabido retirar a tiempo.
Es cosa única y rara vez vista que un hombre poderoso o triunfador se retire cuando está en la cima de su poder o de su triunfo como lo hizo Carlos V
Por la misma razón he admirado a Johan Cruyf, que se retiró como tal cuando aún era un extraordinario jugador y se hallaba en buena forma. Curiosamente, Carlos V y Cruyf nacieron en países vecinos y muy interrelacionados.
En cambio a otras muchas personas hay que retirarlas «nolens volens», y hasta cerrarles las puertas para que no puedan acceder a su oficina o despacho. Esto suele ocurrir en las profesiones que implican cierta notoriedad pública, y a los personajes que tienen alguna necesidad de valoración. En el campo en que me muevo, es frecuente entre los cirujanos, particularmente entre los que tienden al «vedettismo». Algunos de ellos llegan a necesitar la continua admiración de su público (pacientes, familiares, enfermeras, etcétera) y no soportan tener que dejar de operar, que es -en el fondo- la causa de su encumbramiento. El gran neurocirujano (técnicamente hablando) M. Yasargil. al poco de haber sido jubilado en Suiza -país en el que las leyes suelen cumplirse- se marchó a Egipto, donde le permiten seguir operando. He conocido algunas otras situaciones similares.
El caso más patético fue el de Sauerbruch, eximio cirujano centroeuropeo al que acudían, a principios de siglo, pacientes de numerosos países para ser intervenidos, y que no se resignó a dejar de operar cuando fue jubilado, con lo que terminó por hacerlo en la cocina de su casa, en condiciones peligrosas para sus enfermos. El título del libro que lo narra, «Cuando las manos tiemblan», resulta sugerente.
Decía el gran neurocirujano y premio «Pulitzer» Harvey Cushing, que «sólo es buen discípulo aquel que supera a su maestro». En la misma línea, yo creo que sólo es buen maestro aquel que se ve superado por sus discípulos. Los que hayamos podido tener algún epígono debemos -a mi juicio- procurar que nos superen y tratar de que lleven la antorcha más lejos. Esto lo puso cabalmente en práctica mi antiguo amigo Pichichi, jefe de la tuna de Valladolid, que, siendo por personalidad, simpatía y conocimientos el líder indiscutible en la estudiantina, cedió el puesto a otro más joven, quedándose él de simple «tuno». Se aseguró así la continuidad de la institución musical, que vivió días de esplendor. La educación del maestro también es ceder el paso.
La jubilación es como la lluvia, deseada por unos, que la ven como su salvación, y evitada y temida por otros, que la consideran un mal inevitable. Nunca hay jubilación a gusto de todos.A mí –y es una opinión personal- me gustó mucho la actitud de mi antiguo maestro Gerard Guiot, sin duda uno de los mejores neurocirujanos del mundo, quien, al tener que retirarse del quirófano por edad reglamentaria –hace ya más de veinte años-, comenzó a visitar gratuitamente a los enfermos incurables de su barrio parisino, y a tocar el órgano –especialmente los domingos- en su iglesia parroquial. Aún vive, y según mis noticias, sigue consolando a los desahuciados y amenizando la misa dominical.
Es cosa única y rara vez vista que un hombre poderoso o triunfador se retire cuando está en la cima de su poder o de su triunfo como lo hizo Carlos V
Por la misma razón he admirado a Johan Cruyf, que se retiró como tal cuando aún era un extraordinario jugador y se hallaba en buena forma. Curiosamente, Carlos V y Cruyf nacieron en países vecinos y muy interrelacionados.
En cambio a otras muchas personas hay que retirarlas «nolens volens», y hasta cerrarles las puertas para que no puedan acceder a su oficina o despacho. Esto suele ocurrir en las profesiones que implican cierta notoriedad pública, y a los personajes que tienen alguna necesidad de valoración. En el campo en que me muevo, es frecuente entre los cirujanos, particularmente entre los que tienden al «vedettismo». Algunos de ellos llegan a necesitar la continua admiración de su público (pacientes, familiares, enfermeras, etcétera) y no soportan tener que dejar de operar, que es -en el fondo- la causa de su encumbramiento. El gran neurocirujano (técnicamente hablando) M. Yasargil. al poco de haber sido jubilado en Suiza -país en el que las leyes suelen cumplirse- se marchó a Egipto, donde le permiten seguir operando. He conocido algunas otras situaciones similares.
El caso más patético fue el de Sauerbruch, eximio cirujano centroeuropeo al que acudían, a principios de siglo, pacientes de numerosos países para ser intervenidos, y que no se resignó a dejar de operar cuando fue jubilado, con lo que terminó por hacerlo en la cocina de su casa, en condiciones peligrosas para sus enfermos. El título del libro que lo narra, «Cuando las manos tiemblan», resulta sugerente.
Decía el gran neurocirujano y premio «Pulitzer» Harvey Cushing, que «sólo es buen discípulo aquel que supera a su maestro». En la misma línea, yo creo que sólo es buen maestro aquel que se ve superado por sus discípulos. Los que hayamos podido tener algún epígono debemos -a mi juicio- procurar que nos superen y tratar de que lleven la antorcha más lejos. Esto lo puso cabalmente en práctica mi antiguo amigo Pichichi, jefe de la tuna de Valladolid, que, siendo por personalidad, simpatía y conocimientos el líder indiscutible en la estudiantina, cedió el puesto a otro más joven, quedándose él de simple «tuno». Se aseguró así la continuidad de la institución musical, que vivió días de esplendor. La educación del maestro también es ceder el paso.
La jubilación es como la lluvia, deseada por unos, que la ven como su salvación, y evitada y temida por otros, que la consideran un mal inevitable. Nunca hay jubilación a gusto de todos.A mí –y es una opinión personal- me gustó mucho la actitud de mi antiguo maestro Gerard Guiot, sin duda uno de los mejores neurocirujanos del mundo, quien, al tener que retirarse del quirófano por edad reglamentaria –hace ya más de veinte años-, comenzó a visitar gratuitamente a los enfermos incurables de su barrio parisino, y a tocar el órgano –especialmente los domingos- en su iglesia parroquial. Aún vive, y según mis noticias, sigue consolando a los desahuciados y amenizando la misa dominical.
Política y escáner
Una verdad biológica poco conocida es que a partir de los treinta y tantos o cuarenta años varios miles de neuronas se van muriendo cada día. Es cierto que hay muchos miles de millones en cada cerebro humano, pero también lo es que -en algunas personas- a partir de cierta edad, otras muchas se deterioran, con lo que dejan de funcionar. Quizá por esto, con la edad, nos va resultando más difícil el aprendizaje.
Se ha dicho que después de los cuarenta y cinco o cincuenta años poco nuevo se aprende. Se madura, se concentra y se depura lo ya aprendido. Se barajan mejor y con menos trabas los conocimientos previos. Se establecen conexiones entre conceptos y se llega a más profundas conclusiones. Por eso es una edad más creadora. Pero las neuronas parecen estar más rígidas y aceptan peor las nuevas señales y normas, y los símbolos recientes.
Enseñadle a un niño un código de señales simple, como es: rojo significa detenerse, verde que se puede pasar y amarillo precaución. Lo aprenderá a la primera y sin el menor esfuerzo. Enseñádselo ahora a cualquier anciano que acabe de llegar de la aldea y veréis cómo alguno lo olvida de inmediato, otro lo tergiversa y a todos hay que repetírselo varias veces.
Digo esto porque talmente me parece que algunos políticos deben de andar ya escasos de neuronas, y muestran poca o nula flexibilidad y capacidad de aprendizaje. Desde hace algún tiempo me preocupa el caso del señor Arzallus; naturalmente, desde el punto de vista científico.
Según la información a mi alcance, Arzallus, de joven, era más bien rígido y dogmático, hecho frecuente y hasta natural en una persona que abraza la religión y se transforma, por tanto, en hombre de creencias fijas e inmutables. Ahora, ya mayor, se conduce de modo desconcertante. Ya era sospechoso que -cuando cura- tuviera de director espiritual a Setién, que ya se imaginan hacia dónde podía dirigirle. No ha mucho expresó extrañas y pintorescas ideas sobre la prevalencia y distribución geográfica de un antígeno peculiar del mono Macacus rhesus, más conocido como factor Rh, y ahora, pasado ya algún tiempo, y con muchas menos neuronas por tanto, afirma todo serio que no sabe adónde va Herri Batasuna. Debe de ser él único español que no lo sabe.
Un jefe que tuve hace ya tiempo, el doctor Obrador, además de ilustre neurocirujano era hombre tesonero, porfiado y vehemente. En uno de sus viajes a Rusia, en plenas dictaduras franquista y comunista, se le metió en la cabeza el apasionado deseo de ver el cerebro de Lenin, que estaba conservado y custodiado en algún lugar de Moscú. Pese a ser día de fiesta, logró obtener los permisos y llegar a la vitrina donde se exponía tan ilustre y distinguida masa encefálica. Al primer golpe de vista exclamó espontáneamente:
-¡Joder, qué atrofia tenía!
Otro médico español que acompañaba a Obrador empezó a temblar de miedo, pensando que si los rusos le hubieran entendido les podían haber facturado directamente a Siberia. Afortunadamente, ninguno de los rusos presentes sabía español y ambos colegas regresaron a Madrid para contarlo.
Por todo lo que antecede propongo seriamente que a los políticos de cierta edad se les haga un escáner cerebral periódicamente, especialmente si dan respuestas incoherentes o alejadas de la más elemental lógica. Esto nos permitiría valorar su posible grado de atrofia cerebral.
No hay que rasgarse las vestiduras. En USA, hace ya más de treinta años, hacían electroencefalograma obligatorio a los pilotos de aviones... y encontraron un 5% de anomalías. Bien sé que la historia está llena de ancianos ilustres en la política, así como en la ciencia y en las artes; pero eso refuerza mi propuesta. Un escáner o una resonancia magnética nos pueden ayudar a distinguir a los ilustres, expertos y pacíficos, de los jomeinis fanáticos. Un escáner a tiempo puede evitar disgustos, odios y a lo mejor hasta algunas muertes. O quién sabe si una guerra.
Se ha dicho que después de los cuarenta y cinco o cincuenta años poco nuevo se aprende. Se madura, se concentra y se depura lo ya aprendido. Se barajan mejor y con menos trabas los conocimientos previos. Se establecen conexiones entre conceptos y se llega a más profundas conclusiones. Por eso es una edad más creadora. Pero las neuronas parecen estar más rígidas y aceptan peor las nuevas señales y normas, y los símbolos recientes.
Enseñadle a un niño un código de señales simple, como es: rojo significa detenerse, verde que se puede pasar y amarillo precaución. Lo aprenderá a la primera y sin el menor esfuerzo. Enseñádselo ahora a cualquier anciano que acabe de llegar de la aldea y veréis cómo alguno lo olvida de inmediato, otro lo tergiversa y a todos hay que repetírselo varias veces.
Digo esto porque talmente me parece que algunos políticos deben de andar ya escasos de neuronas, y muestran poca o nula flexibilidad y capacidad de aprendizaje. Desde hace algún tiempo me preocupa el caso del señor Arzallus; naturalmente, desde el punto de vista científico.
Según la información a mi alcance, Arzallus, de joven, era más bien rígido y dogmático, hecho frecuente y hasta natural en una persona que abraza la religión y se transforma, por tanto, en hombre de creencias fijas e inmutables. Ahora, ya mayor, se conduce de modo desconcertante. Ya era sospechoso que -cuando cura- tuviera de director espiritual a Setién, que ya se imaginan hacia dónde podía dirigirle. No ha mucho expresó extrañas y pintorescas ideas sobre la prevalencia y distribución geográfica de un antígeno peculiar del mono Macacus rhesus, más conocido como factor Rh, y ahora, pasado ya algún tiempo, y con muchas menos neuronas por tanto, afirma todo serio que no sabe adónde va Herri Batasuna. Debe de ser él único español que no lo sabe.
Un jefe que tuve hace ya tiempo, el doctor Obrador, además de ilustre neurocirujano era hombre tesonero, porfiado y vehemente. En uno de sus viajes a Rusia, en plenas dictaduras franquista y comunista, se le metió en la cabeza el apasionado deseo de ver el cerebro de Lenin, que estaba conservado y custodiado en algún lugar de Moscú. Pese a ser día de fiesta, logró obtener los permisos y llegar a la vitrina donde se exponía tan ilustre y distinguida masa encefálica. Al primer golpe de vista exclamó espontáneamente:
-¡Joder, qué atrofia tenía!
Otro médico español que acompañaba a Obrador empezó a temblar de miedo, pensando que si los rusos le hubieran entendido les podían haber facturado directamente a Siberia. Afortunadamente, ninguno de los rusos presentes sabía español y ambos colegas regresaron a Madrid para contarlo.
Por todo lo que antecede propongo seriamente que a los políticos de cierta edad se les haga un escáner cerebral periódicamente, especialmente si dan respuestas incoherentes o alejadas de la más elemental lógica. Esto nos permitiría valorar su posible grado de atrofia cerebral.
No hay que rasgarse las vestiduras. En USA, hace ya más de treinta años, hacían electroencefalograma obligatorio a los pilotos de aviones... y encontraron un 5% de anomalías. Bien sé que la historia está llena de ancianos ilustres en la política, así como en la ciencia y en las artes; pero eso refuerza mi propuesta. Un escáner o una resonancia magnética nos pueden ayudar a distinguir a los ilustres, expertos y pacíficos, de los jomeinis fanáticos. Un escáner a tiempo puede evitar disgustos, odios y a lo mejor hasta algunas muertes. O quién sabe si una guerra.
De reyes, escrófulas y países
Una de las ventajas de estos días de fiestas es que se puede leer el periódico con calma y detenimiento y fijarse en los detalles y en las minucias. Tal me ocurrió a mí con el artículo del señor Gracia Noriega en el que leo: «Lástima que sólo a los reyes de Francia les correspondiera imponer las manos y curar las escrófulas». Esto, así expresado, es inexacto, pues también los reyes de Inglaterra y Escocia fueron grandes «tocadores»; incluso es probable que ejerciesen este curioso método de intención sanadora antes y con tanto o más entusiasmo que sus vecinos franceses.
El escrofulismo era y es una forma de tuberculosis que afecta a los ganglios linfáticos, que aumentan de tamaño, se hacen visibles y pueden incluso abrirse al exterior dejando salir el pus tuberculoso. Era frecuente en la Edad Media, y en Gran Bretaña se le conocía como «mal de rey». Durante siglos, tanto en Francia como en Inglaterra, se pensaba que el rey tenía poder para curar la enfermedad por el simple tacto, de ahí su nombre. Carlos II de Inglaterra «tocó» un promedio de cuatro mil pacientes cada año.
Como dice Bishop, refiriéndose a Gran Bretaña: «La cura era realizada solemnemente y estaba regulada por un protocolo especial comprendido en el Libro de Plegarias. Cada paciente recibía una moneda de oro o "pieza de toque", y alguien hizo notar que algunos eran curados del mal del rey, aunque no tenían otro mal que la pobreza». Quizá por la misma razón se decía en Londres, refiriéndose a esta costumbre, que «lo que no cura el soberano, lo cura el medio soberano».
Esta práctica supersticioso-terapéutica tiene raíces antiguas. Plinio afirma que Pirro, rey del Épiro, tenía el poder de curar el «mal de bazo» (esplenomegalia, frecuente en enfermedades infecciosas) simplemente con tocar al enfermo. Tácito asegura que Vespasiano curó a algunos ciegos con este método, que también fue usado con éxito por Adriano en la hidropesía.
El mundo cristiano sabe de la curación de leprosos después de ser tocados por las manos de Cristo. Si el rey lo es por derecho divino y su poder emana de Dios, quizá le corresponda al monarca algo del poder sanador milagroso referido a las manos. Tal vez sea éste el «fundamento» de tan curiosa costumbre.
Según Santo Tomás de Aquino, esta facultad terapéutica arranca en Francia de Clovis, que «tocó» con éxito a su paje Leonicet. Los ingleses afirman que es prerrogativa suya propia y que sólo se transmitió a Francia por herencia colateral, a través de unos parientes de los reyes de Inglaterra que reinaron en Francia.
Eduardo III el Confesor (que reinó en Inglaterra del 1042 al 1066) practicó gran número de «toques reales». El pueblo decía que a este rey, pío y virtuoso, se le había aparecido San Pedro y le había dado un anillo milagroso. Lo cierto es que el monarca hizo construir la abadía de Westminster en honor de este santo.
Las ceremonias tenían lugar -preferentemente- tras las coronaciones reales. La mayoría de los médicos eran más bien escépticos acerca de la eficacia del procedimiento, pero casi todos registraban cierto número de curaciones reales. El gran cirujano inglés Wiseman escribió hacia 1676: «Yo mismo he sido testigo presencial de centenares de curas efectuadas por el simple toque de Su Majestad, sin ninguna ayuda de la cirugía», si bien el mismo Wiseman recomendaba el tratamiento quirúrgico cuando no había un rey disponible.
Esta curiosa costumbre perduró hasta bien entrado el siglo XIX. El gran cirujano francés Dupuytren acompañó al rey Carlos X al Hospital Saint-Marcoul, en Reims, donde el 31 de mayo de 1825 el rey tocó a unos 125 escrofulosos, de los que cinco curaron en el curso de los tres meses siguientes.
En Gran Bretaña el hábito decayó con Guillermo de Orange, que «tocaba» muy poco, probablemente por su escepticismo hacia el método, ya que cuando lo empleaba, decía por lo bajo al paciente: «Dios os conceda más salud y mejor juicio.
El escrofulismo era y es una forma de tuberculosis que afecta a los ganglios linfáticos, que aumentan de tamaño, se hacen visibles y pueden incluso abrirse al exterior dejando salir el pus tuberculoso. Era frecuente en la Edad Media, y en Gran Bretaña se le conocía como «mal de rey». Durante siglos, tanto en Francia como en Inglaterra, se pensaba que el rey tenía poder para curar la enfermedad por el simple tacto, de ahí su nombre. Carlos II de Inglaterra «tocó» un promedio de cuatro mil pacientes cada año.
Como dice Bishop, refiriéndose a Gran Bretaña: «La cura era realizada solemnemente y estaba regulada por un protocolo especial comprendido en el Libro de Plegarias. Cada paciente recibía una moneda de oro o "pieza de toque", y alguien hizo notar que algunos eran curados del mal del rey, aunque no tenían otro mal que la pobreza». Quizá por la misma razón se decía en Londres, refiriéndose a esta costumbre, que «lo que no cura el soberano, lo cura el medio soberano».
Esta práctica supersticioso-terapéutica tiene raíces antiguas. Plinio afirma que Pirro, rey del Épiro, tenía el poder de curar el «mal de bazo» (esplenomegalia, frecuente en enfermedades infecciosas) simplemente con tocar al enfermo. Tácito asegura que Vespasiano curó a algunos ciegos con este método, que también fue usado con éxito por Adriano en la hidropesía.
El mundo cristiano sabe de la curación de leprosos después de ser tocados por las manos de Cristo. Si el rey lo es por derecho divino y su poder emana de Dios, quizá le corresponda al monarca algo del poder sanador milagroso referido a las manos. Tal vez sea éste el «fundamento» de tan curiosa costumbre.
Según Santo Tomás de Aquino, esta facultad terapéutica arranca en Francia de Clovis, que «tocó» con éxito a su paje Leonicet. Los ingleses afirman que es prerrogativa suya propia y que sólo se transmitió a Francia por herencia colateral, a través de unos parientes de los reyes de Inglaterra que reinaron en Francia.
Eduardo III el Confesor (que reinó en Inglaterra del 1042 al 1066) practicó gran número de «toques reales». El pueblo decía que a este rey, pío y virtuoso, se le había aparecido San Pedro y le había dado un anillo milagroso. Lo cierto es que el monarca hizo construir la abadía de Westminster en honor de este santo.
Las ceremonias tenían lugar -preferentemente- tras las coronaciones reales. La mayoría de los médicos eran más bien escépticos acerca de la eficacia del procedimiento, pero casi todos registraban cierto número de curaciones reales. El gran cirujano inglés Wiseman escribió hacia 1676: «Yo mismo he sido testigo presencial de centenares de curas efectuadas por el simple toque de Su Majestad, sin ninguna ayuda de la cirugía», si bien el mismo Wiseman recomendaba el tratamiento quirúrgico cuando no había un rey disponible.
Esta curiosa costumbre perduró hasta bien entrado el siglo XIX. El gran cirujano francés Dupuytren acompañó al rey Carlos X al Hospital Saint-Marcoul, en Reims, donde el 31 de mayo de 1825 el rey tocó a unos 125 escrofulosos, de los que cinco curaron en el curso de los tres meses siguientes.
En Gran Bretaña el hábito decayó con Guillermo de Orange, que «tocaba» muy poco, probablemente por su escepticismo hacia el método, ya que cuando lo empleaba, decía por lo bajo al paciente: «Dios os conceda más salud y mejor juicio.
Recuerdo de Francisco Javier Martín Abril
Hace pocos días que la pluma de Francisco Javier Martín Abril ha quedado definitivamente seca. En los últimos años ya sólo manaba un esporádico y ocasional hilillo de tinta. Eso sí, tan fresco y entrañable como lo fuera antaño. Hilillo sutil, fino y delicado, como todo lo que salió de su pluma. Porque Martín Abril, aun en las épocas en que escribía a torrentes, en sus mejores años, que fueron todos, siempre era elegante, sosegado, pulcro, sereno. Escritor sin estridencias, sin otro orgullo que el de cuanto le rodeaba: su profesión, su familia, su ciudad.
Su ciudad que fue Valladolid. La Valladolid (así lo escribía él, en femenino cariñoso) austera, seca, sobria, un punto áspera. La que él paseaba a diario en las mañanitas claras y soleadas y en los atardeceres trigueños, a orillas del Pisuerga y de la Esgueva. Valladolid, ciudad llana, que decía Azorín, muy apta para el paseo. Por la Huerta del Rey, por el Poniente, por la costanilla de Santa Teresa, por la Universidad o -en tiempo lluvioso- bajo los soportales de la Plaza Mayor y la Fuente Dorada.
Martín Abril nos regaló durante años, durante muchos años, su diario artículo en «El Norte de Castilla». Era un remanso de paz. Un oasis, una excepción, un lunar. Al entrar en su artículo desaparecía la prisa, la rencilla, la ansiedad. Por su pluma fluía paz, que nos sabía transmitir. Paz y poesía. Y sosiego y buen decir, a veces con palabras muy suyas, muy castellanas, muy recias.
Nunca crucé una palabra con él, pero la diaria lectura de sus artículos en «El Norte» constituyó durante años uno de los mejores momentos de mi vida cotidiana. Y me hizo amigo suyo aun sin conocerlo. Por eso un día le escribí y le agradecí el sosiego que daba y la serenidad que transmitía y la belleza que creaba con sus escritos. Me contestó a vuelta de correo, con una carta hermosa y noble, en la que generosamente decía que el artículo es obra de dos: del escritor y del lector, pues sin lectores de poco vale lo escrito.
La Valladolid de ahora será un poco menos Valladolid. Martín Abril no sólo estaba y vivía en la ciudad, sino que era ciudad. Era espíritu, estilo, inteligencia de su Valladolid amada. Francisco Javier Martín Abril fue un castellano viejo y un cristiano viejo, de pluma joven y jovial con la tinta siempre fresca. Maestro de la frase delicada, de la palabra biensonante, de la concordia y de la pulcritud, tanto literaria como personal.
Hombre de carácter templado, amante de la siesta (a la que -con Feijoo- llamaba «sueño meridiano», que decía le proporcionaba dos gozosos amaneceres al día), de la paz y de las artes; gran trabajador (a sus 89 años había escrito más de sesenta mil artículos) y periodista y poeta sencillo, sosegado, entrañable.
Su ciudad que fue Valladolid. La Valladolid (así lo escribía él, en femenino cariñoso) austera, seca, sobria, un punto áspera. La que él paseaba a diario en las mañanitas claras y soleadas y en los atardeceres trigueños, a orillas del Pisuerga y de la Esgueva. Valladolid, ciudad llana, que decía Azorín, muy apta para el paseo. Por la Huerta del Rey, por el Poniente, por la costanilla de Santa Teresa, por la Universidad o -en tiempo lluvioso- bajo los soportales de la Plaza Mayor y la Fuente Dorada.
Martín Abril nos regaló durante años, durante muchos años, su diario artículo en «El Norte de Castilla». Era un remanso de paz. Un oasis, una excepción, un lunar. Al entrar en su artículo desaparecía la prisa, la rencilla, la ansiedad. Por su pluma fluía paz, que nos sabía transmitir. Paz y poesía. Y sosiego y buen decir, a veces con palabras muy suyas, muy castellanas, muy recias.
Nunca crucé una palabra con él, pero la diaria lectura de sus artículos en «El Norte» constituyó durante años uno de los mejores momentos de mi vida cotidiana. Y me hizo amigo suyo aun sin conocerlo. Por eso un día le escribí y le agradecí el sosiego que daba y la serenidad que transmitía y la belleza que creaba con sus escritos. Me contestó a vuelta de correo, con una carta hermosa y noble, en la que generosamente decía que el artículo es obra de dos: del escritor y del lector, pues sin lectores de poco vale lo escrito.
La Valladolid de ahora será un poco menos Valladolid. Martín Abril no sólo estaba y vivía en la ciudad, sino que era ciudad. Era espíritu, estilo, inteligencia de su Valladolid amada. Francisco Javier Martín Abril fue un castellano viejo y un cristiano viejo, de pluma joven y jovial con la tinta siempre fresca. Maestro de la frase delicada, de la palabra biensonante, de la concordia y de la pulcritud, tanto literaria como personal.
Hombre de carácter templado, amante de la siesta (a la que -con Feijoo- llamaba «sueño meridiano», que decía le proporcionaba dos gozosos amaneceres al día), de la paz y de las artes; gran trabajador (a sus 89 años había escrito más de sesenta mil artículos) y periodista y poeta sencillo, sosegado, entrañable.
Derecho a la salud
Hace poco tiempo operé a una niña de cuatro años de un tumor del cerebelo. Era un tumor canceroso. La operación fue bien y lo quitamos casi todo. Pero el tumor es canceroso. De modo que dentro de dos o tres años se reproducirá y entonces nada podremos hacer, salvo ahorrar sufrimientos a la pobre Silvia, que probablemente tenga que pasar estos dos o tres años entre médicos. Ahora el posoperatorio; después la radioterapia, con la que perderá su cabello suave. Quedará sin pelo. Más tarde la quimioterapia. Todo para vivir unos pocos años, dos, tres, o tal vez alguno más. Pero no muchos, porque es seguro que la dama del alba, que ya ha llamado a su puerta, volverá a visitar a Silvia y querrá llevársela.
Salía del quirófano cabizbajo (costumbre que mis amigos me critican), pensando en el porvenir de Silvia. Hablo con sus padres, y a pesar de mis pequeñas mentiras, notan mi actitud desanimada y mi tono de voz, apagado y abatido por algo más que el cansancio. Me parece que intuyen que el porvenir de su hija no será, a la larga, favorable.
Al pasar por el vestíbulo del hospital, leo los titulares de un periódico: “Los españoles tienen derecho a la salud”. Curioso.
¿Afectará a Silvia ese derecho?, me pregunto. Recuerdo que se apellida García, luego debe ser española. Por consiguiente tiene derecho a la salud. Ya sólo falta saber quién hará justicia y concederá a la dulce Silvia su inmaterial derecho.
Sigo dándole vueltas al asunto. Derecho a la salud. Sorprendente. Se acabaron nuestros males. Desde ahora todos sanos. ¿Qué ocurrirá el próximo invierno, cuando miles de españoles se vean invadidos por los virus de la gripe? ¿Se castigará severamente a tan-malévolos gérmenes por conculcar derecho tan principal como es el de la salud? ¿Irán los pacientes al médico, o elegirán un abogado, al verse tan aviesamente atacados en su derecho?
Mientras me dirijo a la sala de radioterapia, para decir que habrá que radiar a Silvia, voy pensando que -en esta misma línea- podrían concedernos el derecho a la riqueza, a la felicidad o a la hermosura. “Los españoles tienen derecho a ser guapos”, podría ser otra declaración política equivalente.
Derecho a la salud. Ahí es nada. Recordaba vagamente la definición de salud que da la OMS "(Organización Mundial de la Salud). Dice, aproximadamente, que
salud no es sólo la ausencia de enfermedad, sino la situación de completo bienestar físico, psíquico y social. Y yo ahora, como buen español, tengo derecho a ello. Pleno derecho no sólo a no enfermar, sino a un completo bienestar. Fabuloso.
En la sala de radioterapia son casi todos cancerosos. Gentes con los días contados. Viejos y no tan viejos con el color especial que da el cáncer, color pajizo; terroso. ¿Tendrán ellos también derecho a la salud? ¿Se habrían enterado que, desde el día anterior, se les concedía ese derecho?
Mi sentido práctico, en esta ocasión un punto sarcástico, me decía que con derecho y sin derecho, con ley y sin ley, los del color terroso se irían rápidamente a la sepultura. La salud, digo yo, no está en manos de, nadie, y si con algo puede mejorarse, no es con declaraciones demagógicas, sino con investigación; estudio, trabajo, vocación, alegría y coraje. Y seguía pensando: “Estamos con epidemia de SIDA; magnífico momento para promulgar el derecho a la salud”. No pude por menos de sonreírme, imaginándome a político de turno dando un mitin en la sala de desahuciados, tratando de convencerles de que tenían derecho a la salud.
A las tres de la mañana sonó el teléfono. Unos chicos habían tenido un accidente grave. Me visto rápidamente, arranco el coche y cruzo la desierta ciudad. Uno de los muchachos, 18 años, tiene varias fracturas de cráneo. Unas es• quintas le han seccionado los nervios ópticos. Otras las tiene entremezcladas con pelos, cristales, tierra, sangre y masa cerebral. Preparamos el quirófano. Con el alba terminamos la operación. Todo ha ido bien. Es joven y se recuperará. Pero nunca más verá amanecer.
Antes de enfrentarme a las operaciones de la mañana abro la ventana del despacho. El aire fresco me acaricia la cara. 18 años y ciego.¿Qué querrán decir los políticos con eso del derecho a la salud?
Salía del quirófano cabizbajo (costumbre que mis amigos me critican), pensando en el porvenir de Silvia. Hablo con sus padres, y a pesar de mis pequeñas mentiras, notan mi actitud desanimada y mi tono de voz, apagado y abatido por algo más que el cansancio. Me parece que intuyen que el porvenir de su hija no será, a la larga, favorable.
Al pasar por el vestíbulo del hospital, leo los titulares de un periódico: “Los españoles tienen derecho a la salud”. Curioso.
¿Afectará a Silvia ese derecho?, me pregunto. Recuerdo que se apellida García, luego debe ser española. Por consiguiente tiene derecho a la salud. Ya sólo falta saber quién hará justicia y concederá a la dulce Silvia su inmaterial derecho.
Sigo dándole vueltas al asunto. Derecho a la salud. Sorprendente. Se acabaron nuestros males. Desde ahora todos sanos. ¿Qué ocurrirá el próximo invierno, cuando miles de españoles se vean invadidos por los virus de la gripe? ¿Se castigará severamente a tan-malévolos gérmenes por conculcar derecho tan principal como es el de la salud? ¿Irán los pacientes al médico, o elegirán un abogado, al verse tan aviesamente atacados en su derecho?
Mientras me dirijo a la sala de radioterapia, para decir que habrá que radiar a Silvia, voy pensando que -en esta misma línea- podrían concedernos el derecho a la riqueza, a la felicidad o a la hermosura. “Los españoles tienen derecho a ser guapos”, podría ser otra declaración política equivalente.
Derecho a la salud. Ahí es nada. Recordaba vagamente la definición de salud que da la OMS "(Organización Mundial de la Salud). Dice, aproximadamente, que
salud no es sólo la ausencia de enfermedad, sino la situación de completo bienestar físico, psíquico y social. Y yo ahora, como buen español, tengo derecho a ello. Pleno derecho no sólo a no enfermar, sino a un completo bienestar. Fabuloso.
En la sala de radioterapia son casi todos cancerosos. Gentes con los días contados. Viejos y no tan viejos con el color especial que da el cáncer, color pajizo; terroso. ¿Tendrán ellos también derecho a la salud? ¿Se habrían enterado que, desde el día anterior, se les concedía ese derecho?
Mi sentido práctico, en esta ocasión un punto sarcástico, me decía que con derecho y sin derecho, con ley y sin ley, los del color terroso se irían rápidamente a la sepultura. La salud, digo yo, no está en manos de, nadie, y si con algo puede mejorarse, no es con declaraciones demagógicas, sino con investigación; estudio, trabajo, vocación, alegría y coraje. Y seguía pensando: “Estamos con epidemia de SIDA; magnífico momento para promulgar el derecho a la salud”. No pude por menos de sonreírme, imaginándome a político de turno dando un mitin en la sala de desahuciados, tratando de convencerles de que tenían derecho a la salud.
A las tres de la mañana sonó el teléfono. Unos chicos habían tenido un accidente grave. Me visto rápidamente, arranco el coche y cruzo la desierta ciudad. Uno de los muchachos, 18 años, tiene varias fracturas de cráneo. Unas es• quintas le han seccionado los nervios ópticos. Otras las tiene entremezcladas con pelos, cristales, tierra, sangre y masa cerebral. Preparamos el quirófano. Con el alba terminamos la operación. Todo ha ido bien. Es joven y se recuperará. Pero nunca más verá amanecer.
Antes de enfrentarme a las operaciones de la mañana abro la ventana del despacho. El aire fresco me acaricia la cara. 18 años y ciego.¿Qué querrán decir los políticos con eso del derecho a la salud?
Los amigos de sus amigos (o la explicación de un enigma)
Cualquiera que haya leído la pastoral de los obispos vascos ha de sacar la conclusión de que son amigos de Batasuna. Empiezan por condenar los actos terroristas, pero se van deslizando hacia la defensa de la paz ...que quiere Batasuna, es decir la paz en la que unos matan impunemente y otros son matados como conejos. Es decir, defienden la paz injusta. Cualquier lector imparcial se da cuenta de que están del lado de allá. O sea que son amigos de Batasuna, quienes, -resulta obvio-, son amigos de los asesinos. Si aplicamos la conocida frase que dice que “los amigos de mis amigos son mis amigos”, no es difícil terminar el silogismo con la conclusión de que los obispos vascos son amigos de los asesinos.
Dicen los prelados que la ilegalización de Batasuna es un asunto resbaladizo. Para ellos sin duda lo ha sido, pues no somos pocos los que pensamos que han dado un gran patinazo con la ¿pastoral? Si así apacientan sus corderos, mejor cambiar de rabadanes.
El libelo episcopal ha motivado el distanciamiento del resto de la curia española que se ha apresurado a desmarcarse de ideas tan poco cristianas. Es lo lógico; no digo el desmarque (que también) sino el distanciamiento. Cuando un pueblo (o una parte de un pueblo) entra en el fundamentalismo, enseguida quiere tener su propia religión, que la mayoría de las veces es una simple desviación o exageración de la que tenían ( o sea parecida, pero nunca igual) . Es una constante histórica. Desde el Sah de Persia hasta los talibanes, pasando por Enrique VIII de Inglaterra o por Jomeini. Les molesta compartir algo, aunque sea ten etéreo como la religión. Es lo que acaba de ocurrir en Vascongadas. Muchos vascos nacionalistas, incluidos los curas, se sienten diferentes (superiores) al resto de los españoles. ¿Cómo vamos a tener la misma religión que los maquetos? se preguntarán desazonados. El primer paso es distanciarse.
El fundamentalismo siempre ha buscado la compañía de la religión y viceversa. Ambos comparten dogmas, ritos y moldes de conducta. Y sobre todo comparten el castigo para los que no piensan como ellos. La eta ya castiga en este mundo. Algunas religiones también en el otro.
Al final, cuando la iglesia vasca busque también la independencia de la iglesia española (este ha sido el primer paso) va a resultar que lo de haber llamado ayatollah al padre Arzallus no iba tan descaminado.
Este manifiesto episcopal nos da, por otra parte, la explicación de un enigma que me venía atenazando hace tiempo. Seguramente ustedes se habrán preguntado más de una vez por qué no hay en la historia de eta ni una sola víctima relacionada con el clero. Sólo por estadística debería de haber alguna. Hay muertos en la mayoría de los grupos sociales. A docenas en el Ejército, en la Guardia Civil y en la Policía; abundantes en la Universidad y en la Judicatura, numerosos entre políticos, guardias urbanos, sindicalistas, trabajadores diversos. Han asesinado a médicos, abogados, tenderos, niños, jueces, abogados, industriales, etc. etc. Pero jamás sufrió
la maldad de eta un cura o un fraile, ni aún menos un obispo, a pesar de que un prelado sería un excelente objetivo para un secuestro, pues los obispos suelen tener costumbres regulares, no cambian de itinerarios, no llevan guardaespaldas y sobre todo son muy ricos y podrían pagar abultado rescate, especialmente los de Bilbao, que invierten millones en paraísos fiscales sin el menor rebozo. En Vascongadas, está muy claro que los mártires no son de la iglesia. La explicación está ahora clara. Son amigos de sus amigos.
Dicen los prelados que la ilegalización de Batasuna es un asunto resbaladizo. Para ellos sin duda lo ha sido, pues no somos pocos los que pensamos que han dado un gran patinazo con la ¿pastoral? Si así apacientan sus corderos, mejor cambiar de rabadanes.
El libelo episcopal ha motivado el distanciamiento del resto de la curia española que se ha apresurado a desmarcarse de ideas tan poco cristianas. Es lo lógico; no digo el desmarque (que también) sino el distanciamiento. Cuando un pueblo (o una parte de un pueblo) entra en el fundamentalismo, enseguida quiere tener su propia religión, que la mayoría de las veces es una simple desviación o exageración de la que tenían ( o sea parecida, pero nunca igual) . Es una constante histórica. Desde el Sah de Persia hasta los talibanes, pasando por Enrique VIII de Inglaterra o por Jomeini. Les molesta compartir algo, aunque sea ten etéreo como la religión. Es lo que acaba de ocurrir en Vascongadas. Muchos vascos nacionalistas, incluidos los curas, se sienten diferentes (superiores) al resto de los españoles. ¿Cómo vamos a tener la misma religión que los maquetos? se preguntarán desazonados. El primer paso es distanciarse.
El fundamentalismo siempre ha buscado la compañía de la religión y viceversa. Ambos comparten dogmas, ritos y moldes de conducta. Y sobre todo comparten el castigo para los que no piensan como ellos. La eta ya castiga en este mundo. Algunas religiones también en el otro.
Al final, cuando la iglesia vasca busque también la independencia de la iglesia española (este ha sido el primer paso) va a resultar que lo de haber llamado ayatollah al padre Arzallus no iba tan descaminado.
Este manifiesto episcopal nos da, por otra parte, la explicación de un enigma que me venía atenazando hace tiempo. Seguramente ustedes se habrán preguntado más de una vez por qué no hay en la historia de eta ni una sola víctima relacionada con el clero. Sólo por estadística debería de haber alguna. Hay muertos en la mayoría de los grupos sociales. A docenas en el Ejército, en la Guardia Civil y en la Policía; abundantes en la Universidad y en la Judicatura, numerosos entre políticos, guardias urbanos, sindicalistas, trabajadores diversos. Han asesinado a médicos, abogados, tenderos, niños, jueces, abogados, industriales, etc. etc. Pero jamás sufrió
la maldad de eta un cura o un fraile, ni aún menos un obispo, a pesar de que un prelado sería un excelente objetivo para un secuestro, pues los obispos suelen tener costumbres regulares, no cambian de itinerarios, no llevan guardaespaldas y sobre todo son muy ricos y podrían pagar abultado rescate, especialmente los de Bilbao, que invierten millones en paraísos fiscales sin el menor rebozo. En Vascongadas, está muy claro que los mártires no son de la iglesia. La explicación está ahora clara. Son amigos de sus amigos.
Otoño
No sólo se caen las hojas. También los paisanos, que todos somos biología y tenemos que acatar sus inextricables leyes. Noviembre es el mes con más suicidios, y también uno de los de más muertes por cualquier otra causa. No en vano empieza con días dedicados a difuntos y al dudoso más allá.
El hombre posee y conserva genes antiguos, sigue la ley de la Naturaleza, y parece tener un atavismo que le lleva a seguir el camino de las hojas: en Noviembre finamos y nos vamos.
Lo de los suicidios parece explicable. El otoño, la melancolía, los ocres, “les feuilles mortes”, la lluvia, la saudade...También hay razones biológicas. La luz es un buen estimulante de la vida, ya se ve en las plantas, y también en los animales, probablemente a través de la glándula pineal y de la cacareada melatonina. Los pueblos tropicales, inundados de luz y color, son más alegres, vitales y festivos que los polares, que viven entre grises oscuros y no salen de los tonos
pálidos. La luz también favorece la actividad sexual. Una caribeña se hace mujer dos o tres años antes que una escandinava, y las gallinas ponen más huevos cuantas mas horas de luz tienen. Así están las cosas. Habrá que iluminarse.
Cuando la luz empieza a faltar, como en otoño, la vida decae, y quizá por ello Noviembre es un mes tristón y que tira algo a ciprés. Algunas veces el veranín de san Martín nos da un respiro, pero hay años que ni eso. Hasta el propio San Martín debe andar escaso de melatonina. Todos en crisis. Como siempre.
Decía un torero que lo mejor es acostarse mediado el otoño y no levantarse hasta la primavera, o sea hasta la temporada taurina. Una vez más parece que algo tiran nuestros genes atávicos, que tratan de acercarnos al lagarto, a la tortuga o al oso pardo, que padecen ¿o disfrutan? el letargo invernal.
Algunos días de otoño sí que apetece aletargarse un poco. No es mal consuelo ni mal letargo el que sigue a una suculenta fabada o a un reconfortante pote. Tampoco sería torpeza, en los fríos y lluviosos días del bien entrado otoño, dejarse llevar por el dulce letargo de la siesta, costumbre que, por cierto, ahora nos copian por doquier, después de haberla vituperado con saña.
Los altos ejecutivos yanquis acaban de descubrir las bondades del “sueño meridiano”, -como llamaba Feijóo a la siesta- casi al tiempo que las del jamón de Jabugo o las del vino tinto.Al final vamos a tener razón en algunas cosas. Lo que no sé es si nos la querrán dar.
El hombre posee y conserva genes antiguos, sigue la ley de la Naturaleza, y parece tener un atavismo que le lleva a seguir el camino de las hojas: en Noviembre finamos y nos vamos.
Lo de los suicidios parece explicable. El otoño, la melancolía, los ocres, “les feuilles mortes”, la lluvia, la saudade...También hay razones biológicas. La luz es un buen estimulante de la vida, ya se ve en las plantas, y también en los animales, probablemente a través de la glándula pineal y de la cacareada melatonina. Los pueblos tropicales, inundados de luz y color, son más alegres, vitales y festivos que los polares, que viven entre grises oscuros y no salen de los tonos
pálidos. La luz también favorece la actividad sexual. Una caribeña se hace mujer dos o tres años antes que una escandinava, y las gallinas ponen más huevos cuantas mas horas de luz tienen. Así están las cosas. Habrá que iluminarse.
Cuando la luz empieza a faltar, como en otoño, la vida decae, y quizá por ello Noviembre es un mes tristón y que tira algo a ciprés. Algunas veces el veranín de san Martín nos da un respiro, pero hay años que ni eso. Hasta el propio San Martín debe andar escaso de melatonina. Todos en crisis. Como siempre.
Decía un torero que lo mejor es acostarse mediado el otoño y no levantarse hasta la primavera, o sea hasta la temporada taurina. Una vez más parece que algo tiran nuestros genes atávicos, que tratan de acercarnos al lagarto, a la tortuga o al oso pardo, que padecen ¿o disfrutan? el letargo invernal.
Algunos días de otoño sí que apetece aletargarse un poco. No es mal consuelo ni mal letargo el que sigue a una suculenta fabada o a un reconfortante pote. Tampoco sería torpeza, en los fríos y lluviosos días del bien entrado otoño, dejarse llevar por el dulce letargo de la siesta, costumbre que, por cierto, ahora nos copian por doquier, después de haberla vituperado con saña.
Los altos ejecutivos yanquis acaban de descubrir las bondades del “sueño meridiano”, -como llamaba Feijóo a la siesta- casi al tiempo que las del jamón de Jabugo o las del vino tinto.Al final vamos a tener razón en algunas cosas. Lo que no sé es si nos la querrán dar.
Del verdadero origen del fútbol en Oviedo
Por extraño que pueda parecer, el origen del Real Oviedo está muy relacionado con el genio, la rebeldía, la independencia y la pizca de mala leche que de siempre caracterizó a mi familia paterna, especialmente a los hermanos de mi abuela, doña Luz González Rubín, más conocida por «la de Rubín».
Mi abuela Luz tenía genio y no era difícil de cabrear, pero a los nietos nos quería mucho y siempre nos daba un duro para «los caballitos». Se había educado como las chicas bien de finales de siglo, es decir, que montaba magníficamente a caballo, y apenas sabía escribir. Cuando, ya mayor, un amigo de confianza la vio firmar con dificultad, fue y le dijo:
-Doña Luz, usted que tiene tantos posibles, ¿cómo es que no sabe escribir?
-Yo, gracias a Dios, Manolo, nunca he tenido necesidad...
Mi abuela doña Luz tenía un hermano, a quien yo conocí poco, que se llamaba Pedro, pero en familia le decíamos Perico.
Un tintero a la cabeza
El tío Perico, como todos los Rubín Faes, tenía el genio vivo y la ira fácil, aunque también es verdad que se le pasaba pronto. Cuando andaba por los 12 años, es decir, hacia 1890, iba al único colegio «bien» que había en Oviedo a finales del siglo pasado. Una mañana, en la clase, el profesor escribía en el encerado, de espaldas a los alumnos, cuando se oyó una risotada que había salido de una garganta próxima a la de Perico, y que el profesor identificó erróneamente con la suya. El diálogo fue el que todos hemos escuchado alguna vez en la escuela:
-¿Quién ha sido? (Silencio).
-¿Quién ha sido? Repitió el profesor. ¿Ha sido usted, verdad, Rubín?
-No señor. Yo no he sido.
-Pues si usted no ha sido, diga ahora mismo quién lo hizo.
-No lo sé, señor profesor.
Todo lo demás se puede imaginar. El final fue una bofetada del profesor a mi tío Perico, bofetada que tuvo la virtud de subirle la sangre a la cabeza, con lo que cogió Perico el tintero grande que tenía el profesor en su mesa, casi una botella, lo abrió, se lo tiró a la cabeza del dómine con certera puntería, y salió corriendo sin pararse hasta la calle Uría. Al maestro le salió un prominente chichón y se le estropeó el traje, y mi tío Perico fue expulsado sin apelación posible.
El padre de Perico, es decir mi bisabuelo, era hombre sensato y estaba deseoso de educar a su hijo, pero como en Oviedo no tenía dónde, pensó en algún internado allende Pajares. Poco admirador del señoritismo presuntuoso y cortesano del Madrid de la época, mi bisabuelo, en materia de educación, se movía por esquemas simples: los varones a Inglaterra, y las chicas a Francia.
El español goleador de Hampstead
Por ello, envió a Perico a Hampstead, donde aprendió, más que nada, fútbol, llegando a ser titular indiscutible del equipo del colegio. Destacaba tanto su juego que en una visita que hizo la princesa Eulalia a la ciudad, en cuya visita presenció un partido de fútbol, se interesó vivamente por saber «quién era ese jugador que mete los goles». Al ser informada de que era español, quiso conocerlo, y le fue presentado al final del partido. De ese momento data la foto de Perico con el balón bajo el brazo.
Cuando regresó a España, deseoso de seguir jugando, contactó con varios amigos, y juntos formaron el primer equipo y el primer club de fútbol de Oviedo, según la información a mi alcance, que viene toda por vía de la tradición oral familiar. Entre estos amigos estaban, como se ve en la foto, los hermanos Manuel y Luis Navia Osorio, que eran ambos delanteros; Enrique A. Victorero, también atacante, y Campa, Meana y Ceballos, medios volantes. En la retaguardia jugaban Ramos, De la Riva, Pelayo y Arturo Bemardo.
Perico, en el medio de la hilera de abajo y con el balón delante de su pierna derecha, era el capitán, y jugaba más bien en la delantera.
A pesar de su carácter vivo y vehemente, en el campo de fútbol era un perfecto caballero. Apenas hablaba, y si lo hacía era para animar a sus compañeros. Tenía un estilo bravo y viril, pero no hacía faltas y si alguna cometía involuntariamente, llevado de su arrojo, invariablemente se disculpaba.
Ya de mayor, recordando «sus tiempos» decía: «Es más difícil saber perder que saber ganar. Para saber ganar, basta con jugar bien o con un golpe de suerte. Para saber perder hay que tener educación y dominio de uno mismo, lo que es más difícil de alcanzar».
Aunque no era nada pusilánime (más bien lo contrario), creo que si levantara hoy la cabeza, probablemente se asustaría, no tanto por los ríos de tinta, dinero y palabras que ha hecho correr en este siglo el equipo que él contribuyó decididamente a fundar, gracias al «tinterazo», sino por la ausencia de caballerosidad y educación en tantos y tantos campos de España y de todo el mundo.Estoy convencido de que si don Pedro Rubín viera que un jugador hace una falta de las llamadas “técnicas”, es decir, a propósito, o no devuelve el balón al contrario cuando éste lo lanza voluntariamente fuera para atender a un compañero lesionado, si lo pudiera ver, digo, seguro que se le volvía a subir la sangre a la cabeza, perdería su compostura de jugador sereno y quizá se le pasase fugazmente por la cabeza –como un mal recuerdo- volver a coger un tintero grande -casi una botella- para lanzárselo al maleducado futbolista que tan villanamente se hubiera comportado.
Mi abuela Luz tenía genio y no era difícil de cabrear, pero a los nietos nos quería mucho y siempre nos daba un duro para «los caballitos». Se había educado como las chicas bien de finales de siglo, es decir, que montaba magníficamente a caballo, y apenas sabía escribir. Cuando, ya mayor, un amigo de confianza la vio firmar con dificultad, fue y le dijo:
-Doña Luz, usted que tiene tantos posibles, ¿cómo es que no sabe escribir?
-Yo, gracias a Dios, Manolo, nunca he tenido necesidad...
Mi abuela doña Luz tenía un hermano, a quien yo conocí poco, que se llamaba Pedro, pero en familia le decíamos Perico.
Un tintero a la cabeza
El tío Perico, como todos los Rubín Faes, tenía el genio vivo y la ira fácil, aunque también es verdad que se le pasaba pronto. Cuando andaba por los 12 años, es decir, hacia 1890, iba al único colegio «bien» que había en Oviedo a finales del siglo pasado. Una mañana, en la clase, el profesor escribía en el encerado, de espaldas a los alumnos, cuando se oyó una risotada que había salido de una garganta próxima a la de Perico, y que el profesor identificó erróneamente con la suya. El diálogo fue el que todos hemos escuchado alguna vez en la escuela:
-¿Quién ha sido? (Silencio).
-¿Quién ha sido? Repitió el profesor. ¿Ha sido usted, verdad, Rubín?
-No señor. Yo no he sido.
-Pues si usted no ha sido, diga ahora mismo quién lo hizo.
-No lo sé, señor profesor.
Todo lo demás se puede imaginar. El final fue una bofetada del profesor a mi tío Perico, bofetada que tuvo la virtud de subirle la sangre a la cabeza, con lo que cogió Perico el tintero grande que tenía el profesor en su mesa, casi una botella, lo abrió, se lo tiró a la cabeza del dómine con certera puntería, y salió corriendo sin pararse hasta la calle Uría. Al maestro le salió un prominente chichón y se le estropeó el traje, y mi tío Perico fue expulsado sin apelación posible.
El padre de Perico, es decir mi bisabuelo, era hombre sensato y estaba deseoso de educar a su hijo, pero como en Oviedo no tenía dónde, pensó en algún internado allende Pajares. Poco admirador del señoritismo presuntuoso y cortesano del Madrid de la época, mi bisabuelo, en materia de educación, se movía por esquemas simples: los varones a Inglaterra, y las chicas a Francia.
El español goleador de Hampstead
Por ello, envió a Perico a Hampstead, donde aprendió, más que nada, fútbol, llegando a ser titular indiscutible del equipo del colegio. Destacaba tanto su juego que en una visita que hizo la princesa Eulalia a la ciudad, en cuya visita presenció un partido de fútbol, se interesó vivamente por saber «quién era ese jugador que mete los goles». Al ser informada de que era español, quiso conocerlo, y le fue presentado al final del partido. De ese momento data la foto de Perico con el balón bajo el brazo.
Cuando regresó a España, deseoso de seguir jugando, contactó con varios amigos, y juntos formaron el primer equipo y el primer club de fútbol de Oviedo, según la información a mi alcance, que viene toda por vía de la tradición oral familiar. Entre estos amigos estaban, como se ve en la foto, los hermanos Manuel y Luis Navia Osorio, que eran ambos delanteros; Enrique A. Victorero, también atacante, y Campa, Meana y Ceballos, medios volantes. En la retaguardia jugaban Ramos, De la Riva, Pelayo y Arturo Bemardo.
Perico, en el medio de la hilera de abajo y con el balón delante de su pierna derecha, era el capitán, y jugaba más bien en la delantera.
A pesar de su carácter vivo y vehemente, en el campo de fútbol era un perfecto caballero. Apenas hablaba, y si lo hacía era para animar a sus compañeros. Tenía un estilo bravo y viril, pero no hacía faltas y si alguna cometía involuntariamente, llevado de su arrojo, invariablemente se disculpaba.
Ya de mayor, recordando «sus tiempos» decía: «Es más difícil saber perder que saber ganar. Para saber ganar, basta con jugar bien o con un golpe de suerte. Para saber perder hay que tener educación y dominio de uno mismo, lo que es más difícil de alcanzar».
Aunque no era nada pusilánime (más bien lo contrario), creo que si levantara hoy la cabeza, probablemente se asustaría, no tanto por los ríos de tinta, dinero y palabras que ha hecho correr en este siglo el equipo que él contribuyó decididamente a fundar, gracias al «tinterazo», sino por la ausencia de caballerosidad y educación en tantos y tantos campos de España y de todo el mundo.Estoy convencido de que si don Pedro Rubín viera que un jugador hace una falta de las llamadas “técnicas”, es decir, a propósito, o no devuelve el balón al contrario cuando éste lo lanza voluntariamente fuera para atender a un compañero lesionado, si lo pudiera ver, digo, seguro que se le volvía a subir la sangre a la cabeza, perdería su compostura de jugador sereno y quizá se le pasase fugazmente por la cabeza –como un mal recuerdo- volver a coger un tintero grande -casi una botella- para lanzárselo al maleducado futbolista que tan villanamente se hubiera comportado.
Nostalgia de los “Celtas”
Mediados los sesenta, una desapacible tarde de otoño llegué a Madrid para hacer el doctorado. Iba -como tantos otros- cargado de ilusiones y rebosante de juventud, pero escaso de experiencia y menguado de posibles. Fumaba “Celtas” desde Preu --como tantos de los que ahora andamos entre los cuarenta y los cincuenta- y nunca había sentido tentación verdaderamente tentadora de cambiar la marca. Era, pues, adicto y fiel al “Celtas”.
En el hospital en que empecé a trabajar había muchos cirujanos madrileños de postín -algunos eran probablemente de los mejores del reino- y fumaban, casi sin excepción, “rubio americano”. Cuando ofrecía mis “Celtas”, con la naturalidad del que nunca ha reflexionado sobre el asunto, me miraban con mezcla de conmiseración, lástima y sutil desprecio, aunque también con un punto de admiración, sin duda porque pensaban que se requería cierta dosis de heroísmo para acometer la ardua tarea de inhalar los humos densos y espesos de tan plebeyo cigarrillo.
Uno de ellos -catalán de nacimiento- cuando le ofrecía tabaco de lo mío, me miraba fijamente y decía con el acento de su tierra: “Una vez me fumé un "Celtas" y cuando recobré el conocimiento...”. Todos sonreíamos y ellos seguían con su “rubio” y yo con mis “Celtas”.
Cambiar de marca hubiera sido como traicionar una época. El “Celtas” me había acompañado fidelísimamente en momentos duros y también en otros placenteros. No podía olvidar los primeros pitillos que habíamos fumado en Preu -en el sótano del colegio de frailes- durante el recreo, escondido con los amigos en el cuarto de la caldera de la calefacción, donde soportábamos estoicamente los primeros mareos causados por la dañina nicotina.
Después, nunca me faltó el consuelo de un “Celtas” amigo que, en silencio, sacrificaba su efímera existencia para darme unos minutos de placer. Nunca me faltó, digo, en ninguna de las muchas situaciones delicadas que se le van ofreciendo al que empieza a vivir: las primeras inquietudes y los primeros dolores del primer amor, las juveniles esperas desesperanzadas, los severos exámenes de la facultad, las destempladas noches de trabajo y de estudio, las azarosas guardias del viejo hospital y las más tediosas de la denostada “mili”.
También había estado el “Celtas” presente en el jolgorio, en las noches de ronda, en los guateques, en las “espichas”, y en momentos más tranquilos e íntimos, como el intermedio de las películas, el café de la mañana, el vistazo al periódico, el camino del fútbol o el humilde retrete.
El “Celtas” era omnipresente en las partidas de mus del Colegio Mayor, en las del bar de abajo y en las de la taberna de enfrente, y después de comer -estuvieses donde estuvieses- salía a relucir, sólida o sublimada, la castiza labor nacional.
Un “Celtas” fue lo primero que nos hemos llevado a la boca después del primer beso a una mujer, después del primer revés amoroso, después de la primera muerte de verdad sentida, después del primer trabajo obtenido, de la primera oposición ganada y quizás también después del nacimiento del primer hijo.
La entrañable “labor” viajó con nosotros en la primera salida al extranjero, nos reconfortó en los primeros viajes en coche, recién sacado el carné de conducir, llenaba el cenicero del seiscientos -en el que dejaba un olor insoportable-, y casi nos intoxica aquella noche en que tratábamos de traducir un artículo del inglés mirando palabra tras palabra en el diccionario.
Cuando lo ofrecíamos en el extranjero, nos miraban con desconfianza y recelo. Cogían después el paquete y le daban vueltas en la mano, fijándose en la imagen del guerrero que en él se representaba y que parecía querer comunicar el valor requerido para fumarse el contenido. Los más decididos, tras mirar alternativamente el paquete y nuestra expresión amable, encendían uno con ánimo reluctante. Inmediatamente se producía el inexorable ataque de tos, que provocaba enrojecimiento vivo y aún violáceo del insensato extranjero que había osado fumarse un “Celtas”. Se le inyectaban después los ojos, en los que no podía disimular una expresión de admiración hacia el españolete que le acompañaba en la fumata, y que -impertérrito y a la vista de todos- llenaba de humo celtíbero hasta el último alveolo de sus pulmones, sin que se advirtiera en su semblante más que una plácida expresión de satisfacción y deleite.
Ciudadanos de toda Europa y aún de América se inclinaron -en múltiples y variados ataques de tos- ante el celtíbero “Celtas”, hoy desaparecido de nuestros estancos, pero nunca de nuestro recuerdo.
El “Celtas” fue, además, una época. Una época agridulce en la que los que entonces éramos jóvenes tratábamos de llenar una España que nos habían entregado casi vacía. Para llenarla, tuvimos que arañar, saberes, conocimientos, educación y técnica allí donde los hubiera, y para conseguirlo, no pocas veces hubimos de pasar privaciones, sinsabores y hasta humillaciones. ¡Ah!, si no hubiera sido por los “Celtas”....
En el hospital en que empecé a trabajar había muchos cirujanos madrileños de postín -algunos eran probablemente de los mejores del reino- y fumaban, casi sin excepción, “rubio americano”. Cuando ofrecía mis “Celtas”, con la naturalidad del que nunca ha reflexionado sobre el asunto, me miraban con mezcla de conmiseración, lástima y sutil desprecio, aunque también con un punto de admiración, sin duda porque pensaban que se requería cierta dosis de heroísmo para acometer la ardua tarea de inhalar los humos densos y espesos de tan plebeyo cigarrillo.
Uno de ellos -catalán de nacimiento- cuando le ofrecía tabaco de lo mío, me miraba fijamente y decía con el acento de su tierra: “Una vez me fumé un "Celtas" y cuando recobré el conocimiento...”. Todos sonreíamos y ellos seguían con su “rubio” y yo con mis “Celtas”.
Cambiar de marca hubiera sido como traicionar una época. El “Celtas” me había acompañado fidelísimamente en momentos duros y también en otros placenteros. No podía olvidar los primeros pitillos que habíamos fumado en Preu -en el sótano del colegio de frailes- durante el recreo, escondido con los amigos en el cuarto de la caldera de la calefacción, donde soportábamos estoicamente los primeros mareos causados por la dañina nicotina.
Después, nunca me faltó el consuelo de un “Celtas” amigo que, en silencio, sacrificaba su efímera existencia para darme unos minutos de placer. Nunca me faltó, digo, en ninguna de las muchas situaciones delicadas que se le van ofreciendo al que empieza a vivir: las primeras inquietudes y los primeros dolores del primer amor, las juveniles esperas desesperanzadas, los severos exámenes de la facultad, las destempladas noches de trabajo y de estudio, las azarosas guardias del viejo hospital y las más tediosas de la denostada “mili”.
También había estado el “Celtas” presente en el jolgorio, en las noches de ronda, en los guateques, en las “espichas”, y en momentos más tranquilos e íntimos, como el intermedio de las películas, el café de la mañana, el vistazo al periódico, el camino del fútbol o el humilde retrete.
El “Celtas” era omnipresente en las partidas de mus del Colegio Mayor, en las del bar de abajo y en las de la taberna de enfrente, y después de comer -estuvieses donde estuvieses- salía a relucir, sólida o sublimada, la castiza labor nacional.
Un “Celtas” fue lo primero que nos hemos llevado a la boca después del primer beso a una mujer, después del primer revés amoroso, después de la primera muerte de verdad sentida, después del primer trabajo obtenido, de la primera oposición ganada y quizás también después del nacimiento del primer hijo.
La entrañable “labor” viajó con nosotros en la primera salida al extranjero, nos reconfortó en los primeros viajes en coche, recién sacado el carné de conducir, llenaba el cenicero del seiscientos -en el que dejaba un olor insoportable-, y casi nos intoxica aquella noche en que tratábamos de traducir un artículo del inglés mirando palabra tras palabra en el diccionario.
Cuando lo ofrecíamos en el extranjero, nos miraban con desconfianza y recelo. Cogían después el paquete y le daban vueltas en la mano, fijándose en la imagen del guerrero que en él se representaba y que parecía querer comunicar el valor requerido para fumarse el contenido. Los más decididos, tras mirar alternativamente el paquete y nuestra expresión amable, encendían uno con ánimo reluctante. Inmediatamente se producía el inexorable ataque de tos, que provocaba enrojecimiento vivo y aún violáceo del insensato extranjero que había osado fumarse un “Celtas”. Se le inyectaban después los ojos, en los que no podía disimular una expresión de admiración hacia el españolete que le acompañaba en la fumata, y que -impertérrito y a la vista de todos- llenaba de humo celtíbero hasta el último alveolo de sus pulmones, sin que se advirtiera en su semblante más que una plácida expresión de satisfacción y deleite.
Ciudadanos de toda Europa y aún de América se inclinaron -en múltiples y variados ataques de tos- ante el celtíbero “Celtas”, hoy desaparecido de nuestros estancos, pero nunca de nuestro recuerdo.
El “Celtas” fue, además, una época. Una época agridulce en la que los que entonces éramos jóvenes tratábamos de llenar una España que nos habían entregado casi vacía. Para llenarla, tuvimos que arañar, saberes, conocimientos, educación y técnica allí donde los hubiera, y para conseguirlo, no pocas veces hubimos de pasar privaciones, sinsabores y hasta humillaciones. ¡Ah!, si no hubiera sido por los “Celtas”....
miércoles, 14 de marzo de 2007
"Força al canut"
Se trata, como pueden ver, de dos palabras catalanas pero que se usan también mucho en castellano, especialmente en la muy repetida frase «salut y força al canut», que por ser generalmente malinterpretada, o al menos empleada con un significado sesgado y moderno, la traigo hoy a colación y comentario. Suele emplearse para desear a los presentes buena salud y no menor potencia sexual, aunque quizá con no mucha propiedad pues en su origen, que se remonta a finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, la frase tenía otro significado, que puede deducirse del de cada una de las palabras que la componen. «Salut» es la única que se traduce sencillamente al castellano, obviamente por salud, y su significado no ha variado. Es bien sabido que catalanes y valencianos tienden, incluso cuando hablan en castellano, a pronunciar la «d» final como nosotros pronunciamos la «t», es decir, con un sonido más fuerte y explosivo. Por eso suelen decir «Madrit» o «Valladolit», o al menos tienen esa tendencia y a veces así nos suena a los que vivimos aquende el Ebro. «Força» en catalán tiene dos significados, uno prácticamente idéntico al de fuerza en castellano, que es el que primero viene a la cabeza del castellanohablante, pero otro no menos usado aunque inexistente en castellano, que es el de abundancia, el que supone mucha cantidad o muchos elementos de algo. Por ejemplo, se dirá «té força diners» para referirse a quien tiene mucho dinero. El «canut», aunque el que piensa en castellano lo traduce de inmediato por «canuto» (y por analogía morfológica lo relaciona con el falo), en realidad servía para designar una pequeña bolsa de cuero que los payeses catalanes llevaban atada al cinto, bolsa en la que solían guardar las monedas más valiosas. En realidad, ningún diccionario catalán de los que he consultado la traduce por canuto, sino que en la mayoría no aparece traducción alguna, quizá porque las bolsas de cuero colgando del cinto ya no se usan. Si aceptamos que «força» es abundancia -como así es- y que «canut» era la bolsa de las monedas de oro y plata -como creo que era-, la frase cambia de significado y expresa el deseo de que nuestros amigos e interlocutores gocen de buena salud y tengan abundancia de riquezas. Sería así superponible a la castellana «salud con pesetas, salud completa», o a la ligeramente escéptica «salud y pesetas, lo demás puñetas». Hoy, sin embargo, parece olvidada la acepción original y hace fortuna la que entiendo equivocada, o -al menos- que creo no es la prístina, aunque pienso que pronto será la única conocida. Esto puede contribuir a demostrar que las frases, al estar hechas de palabras, también tienen sus cambios, sus modas y sus devaneos, es decir, que también vienen y van.
Publicado en "La Nueva España" el 14 de Marzo de 2007.
Publicado en "La Nueva España" el 14 de Marzo de 2007.
miércoles, 7 de febrero de 2007
La actualidad
Dice que será difícil
larga y dura la batalla.
Para él será imposible
porque tiene mano blanda.
Para vencer a la ETA
hay que rendirla y ahogarla
con mano firme, de hierro
no valen las cataplasmas.
Hay que emplear cirugía
gubias, sierras y tenazas
hay que cortar por lo sano
y dejarse de pomadas.
Más que proceso de paz
fue proceso de bajada
de pantalones. Algunos
como Ibarreche y compaña
(que cuando hablan, empiezan
diciendo “vascos y vascas”)
también tendrán que decir
que fue bajada de faldas
para que las feministas
no se sientan olvidadas.
Dice que tendrá coraje
determinación y rabia.
Es difícil de creer
con tanta sonrisa blanda.
Además, no hay que decirlo.
¡Hay que hacerlo sin tardanza!
(el perro que ladra mucho
no suele morder con saña).
Ya estamos hartos de ETA
de procesos y de gaitas
de sonrisas, de promesas
que siempre quedan en nada.
El pueblo quiere justicia
y quiere que les den caña
a los cerdos asesinos
separatistas etarras.
No queremos más procesos
ni sonrisitas de dama
ni tantas declaraciones
ni tantísimas palabras.
Queremos que el Parlamento
reforme lo que haga falta
que haya cadena perpetua
como en la vecina Francia,
queremos que los fiscales
soliciten penas máximas
y que la justicia afile
su antaño temida espada,
que equilibre los platillos
y ponga en fiel la balanza
para meter entre rejas
a los quinquis de la banda
y allí estén íntegramente
todo el tiempo que les caiga.
Ya digo, no más procesos
ni sonrisitas de dama
queremos un par de huevos
y acabar con los canallas.
larga y dura la batalla.
Para él será imposible
porque tiene mano blanda.
Para vencer a la ETA
hay que rendirla y ahogarla
con mano firme, de hierro
no valen las cataplasmas.
Hay que emplear cirugía
gubias, sierras y tenazas
hay que cortar por lo sano
y dejarse de pomadas.
Más que proceso de paz
fue proceso de bajada
de pantalones. Algunos
como Ibarreche y compaña
(que cuando hablan, empiezan
diciendo “vascos y vascas”)
también tendrán que decir
que fue bajada de faldas
para que las feministas
no se sientan olvidadas.
Dice que tendrá coraje
determinación y rabia.
Es difícil de creer
con tanta sonrisa blanda.
Además, no hay que decirlo.
¡Hay que hacerlo sin tardanza!
(el perro que ladra mucho
no suele morder con saña).
Ya estamos hartos de ETA
de procesos y de gaitas
de sonrisas, de promesas
que siempre quedan en nada.
El pueblo quiere justicia
y quiere que les den caña
a los cerdos asesinos
separatistas etarras.
No queremos más procesos
ni sonrisitas de dama
ni tantas declaraciones
ni tantísimas palabras.
Queremos que el Parlamento
reforme lo que haga falta
que haya cadena perpetua
como en la vecina Francia,
queremos que los fiscales
soliciten penas máximas
y que la justicia afile
su antaño temida espada,
que equilibre los platillos
y ponga en fiel la balanza
para meter entre rejas
a los quinquis de la banda
y allí estén íntegramente
todo el tiempo que les caiga.
Ya digo, no más procesos
ni sonrisitas de dama
queremos un par de huevos
y acabar con los canallas.
Romance para un rector
Ha dicho el Sr. Rector
don Gregorio Peces Barba
que en los planes de la Eta
matar a gente no entraba
No parece muy difícil
Y a cualquiera se le alcanza
Comprender que hubiera muertos
Con tantos kilos de carga
Explosiva y detonante
Como fue la de Barajas
No hace falta ser rector
Ni tener mente preclara
Para entender al momento
Que con tan enorme carga
Pudiera haber algún muerto
Y hasta una horrible matanza
Digo yo que si no quieren
Que haya muertos, llantos, lágrimas
Es fácil que se den cuenta
Que es mejor no poner nada
Y dejar los explosivos
Para cohetes y tracas
Y además ¿cómo lo sabe
Don Gregorio Peces Barba?
¿Cómo sabe que la Eta
Esa repugnante banda,
Con centenares de kilos
De explosivos y metralla
Que hace estallar de repente
En el parking de Barajas
Tiene sólo la intención
De asustar a media España?
Ya digo que si no quieren
Que haya ninguna matanza
La solución es muy fácil
Y a cualquiera se le alcanza
Basta no usar explosivos
Nunca jamás para nada
¿Es posible que lo entienda
Don Gregorio Peces Barba?
Tenemos unos políticos
Que están en otra galaxia
En un mundo de ilusiones
De procesos y de alianzas
Ingenuas, voluntaristas
Propias de la edad pediátrica
En un mundo de sonrisas
De deseos y esperanzas
Muy bonito para verlo,
Pero de escasa eficacia
Porque el enemigo es duro
Y maneja bien sus armas
Por eso necesitamos
Arrojo, valor y saña.
Hay que luchar con coraje
Hay que ganar la batalla
Nunca ceder al chantaje
Jamás tratar con la mafia
Tener los pies en el suelo
La cabeza despejada
Pensar como los valientes
Y desenvainar la espada
Y acabar pronto con eta
Para la salud de España
don Gregorio Peces Barba
que en los planes de la Eta
matar a gente no entraba
No parece muy difícil
Y a cualquiera se le alcanza
Comprender que hubiera muertos
Con tantos kilos de carga
Explosiva y detonante
Como fue la de Barajas
No hace falta ser rector
Ni tener mente preclara
Para entender al momento
Que con tan enorme carga
Pudiera haber algún muerto
Y hasta una horrible matanza
Digo yo que si no quieren
Que haya muertos, llantos, lágrimas
Es fácil que se den cuenta
Que es mejor no poner nada
Y dejar los explosivos
Para cohetes y tracas
Y además ¿cómo lo sabe
Don Gregorio Peces Barba?
¿Cómo sabe que la Eta
Esa repugnante banda,
Con centenares de kilos
De explosivos y metralla
Que hace estallar de repente
En el parking de Barajas
Tiene sólo la intención
De asustar a media España?
Ya digo que si no quieren
Que haya ninguna matanza
La solución es muy fácil
Y a cualquiera se le alcanza
Basta no usar explosivos
Nunca jamás para nada
¿Es posible que lo entienda
Don Gregorio Peces Barba?
Tenemos unos políticos
Que están en otra galaxia
En un mundo de ilusiones
De procesos y de alianzas
Ingenuas, voluntaristas
Propias de la edad pediátrica
En un mundo de sonrisas
De deseos y esperanzas
Muy bonito para verlo,
Pero de escasa eficacia
Porque el enemigo es duro
Y maneja bien sus armas
Por eso necesitamos
Arrojo, valor y saña.
Hay que luchar con coraje
Hay que ganar la batalla
Nunca ceder al chantaje
Jamás tratar con la mafia
Tener los pies en el suelo
La cabeza despejada
Pensar como los valientes
Y desenvainar la espada
Y acabar pronto con eta
Para la salud de España
Tamarindos y tamariscos
Fue una pequeña sorpresa comprobar que esos árboles cenceños, adustos, fuertes, que adornan los paseos de nuestras costas, que resisten la galerna y el temporal de nuestros inviernos y que retoñan en primavera como si nada hubiera ocurrido, no se llaman tamarindos, como siempre había oído decir, sino que -según indican carteles oficiales-, su nombre es tamariscos.
Alguna sospecha ya tenía. El nombre de tamarindo lleva resonancias de Iberoamérica, quizá porque la conocida canción que se refiere a la pulpa del tamarindo suena a música hispanoamericana, y no me parecía que un árbol de por allá, es decir mas o menos tropical, se adaptase tan bien por aquí como para resistir el viento del norte, el frío del invierno y la sal de la mar. Por otra parte, nunca había visto pulpa alguna en los frutos de nuestros recios arbustos costeros, que son más bien secos y ásperos.
Supe después que el tamarindo es originario de Asia, de zonas cálidas de la India, que se aclimató bien en América y que tiene, efectivamente, un fruto con pulpa comestible de sabor agradable.
Caminando en invierno por el Paseo de San Pedro, en Llanes, o por el Sardinero, en Santander, donde abundan los tamariscos, resulta asombroso comprobar la resistencia de estos árboles, que son de los pocos que crecen y viven al borde de nuestros acantilados. Con frecuencia sus troncos son azotados por la borrasca, pero aún así permanecen fijos, retorcidos, anclados a la tierra, como símbolo del vigor de la vida vegetal.
El tamarisco, tamariz o taray es nuestro árbol costero, el que lucha contra el vendaval, que parece seco en invierno, pero que reverdece en primavera, y con frecuencia retuerce su tronco como para mejor vencer a los elementos. No tiene fruto comestible y probablemente no se parece mucho al cálido tamarindo.
Incluso las palabras tienen distinto origen: tamarindo viene del árabe y significa “dátil hindú”, pues “tamar” es dátil, lo que hace referencia al fruto pulposo comestible, e “indo” a su país originario. En cambio tamarisco viene del latín tamariscus, que designa directamente al arbusto que adorna nuestras costas.
Se comprende que haya dudas en los nombres y en los significados, tanto por su semejanza fonética como por referirse a árboles no muy frecuentes entre nosotros. Además, sin duda por error, en algún diccionario parecen hacer sinónimos a tamarindos y tamariscos, con lo que se puede generar confusión. Quizá algún botánico experto pudiera decirnos algo sobre este asunto.
Por mi parte, aseguro que siempre les tuve cariño, respeto y admiración a los que creía tamarindos y son tamariscos. Por eso en una ocasión escribí erróneamente:
Tamarindo desnudo del invierno
Tamarindo florido del estío
tienes el alma recia y marinera
y salitre en las gotas del rocío
Con humildad resistes la galerna
y soportas sin queja el temporal,
enraizado, cenceño, retorcido,
siempre tranquilo a la vera del mar.
La verdad es que para los versos queda mejor tamarindo, que parece nombre más musical y eufónico, pero habrá que cambiarlo por el más propio de tamarisco. Menos mal que no sufre el metro ni la rima.
Alguna sospecha ya tenía. El nombre de tamarindo lleva resonancias de Iberoamérica, quizá porque la conocida canción que se refiere a la pulpa del tamarindo suena a música hispanoamericana, y no me parecía que un árbol de por allá, es decir mas o menos tropical, se adaptase tan bien por aquí como para resistir el viento del norte, el frío del invierno y la sal de la mar. Por otra parte, nunca había visto pulpa alguna en los frutos de nuestros recios arbustos costeros, que son más bien secos y ásperos.
Supe después que el tamarindo es originario de Asia, de zonas cálidas de la India, que se aclimató bien en América y que tiene, efectivamente, un fruto con pulpa comestible de sabor agradable.
Caminando en invierno por el Paseo de San Pedro, en Llanes, o por el Sardinero, en Santander, donde abundan los tamariscos, resulta asombroso comprobar la resistencia de estos árboles, que son de los pocos que crecen y viven al borde de nuestros acantilados. Con frecuencia sus troncos son azotados por la borrasca, pero aún así permanecen fijos, retorcidos, anclados a la tierra, como símbolo del vigor de la vida vegetal.
El tamarisco, tamariz o taray es nuestro árbol costero, el que lucha contra el vendaval, que parece seco en invierno, pero que reverdece en primavera, y con frecuencia retuerce su tronco como para mejor vencer a los elementos. No tiene fruto comestible y probablemente no se parece mucho al cálido tamarindo.
Incluso las palabras tienen distinto origen: tamarindo viene del árabe y significa “dátil hindú”, pues “tamar” es dátil, lo que hace referencia al fruto pulposo comestible, e “indo” a su país originario. En cambio tamarisco viene del latín tamariscus, que designa directamente al arbusto que adorna nuestras costas.
Se comprende que haya dudas en los nombres y en los significados, tanto por su semejanza fonética como por referirse a árboles no muy frecuentes entre nosotros. Además, sin duda por error, en algún diccionario parecen hacer sinónimos a tamarindos y tamariscos, con lo que se puede generar confusión. Quizá algún botánico experto pudiera decirnos algo sobre este asunto.
Por mi parte, aseguro que siempre les tuve cariño, respeto y admiración a los que creía tamarindos y son tamariscos. Por eso en una ocasión escribí erróneamente:
Tamarindo desnudo del invierno
Tamarindo florido del estío
tienes el alma recia y marinera
y salitre en las gotas del rocío
Con humildad resistes la galerna
y soportas sin queja el temporal,
enraizado, cenceño, retorcido,
siempre tranquilo a la vera del mar.
La verdad es que para los versos queda mejor tamarindo, que parece nombre más musical y eufónico, pero habrá que cambiarlo por el más propio de tamarisco. Menos mal que no sufre el metro ni la rima.
Galácticos
Quizá algunas personas se hayan preguntado por el origen de este adjetivo que tan profusamente se usa ahora, especialmente aplicado a los jugadores de fútbol famosos y muy particularmente a los del Real Madrid.
La evolución de esta palabra es muy curiosa. A los que estudiamos algo de bioquímica lo primero que nos recuerda es a la leche. Leche de vaca, cabra u oveja, básicamente, ya que la galactosa es el azúcar de la leche. Con toda probabilidad eso es debido a que “galactos” significa leche en griego y como los científicos echan mano del griego para designar las novedades que descubren, al encontrar un azúcar típico de la leche le bautizaron como galactosa.
Por otra parte, es obvio que una de las características más notables de la leche es su blancura, por lo que también parece lógico que a los grupos de estrellas que destacan por su blanca luz sobre la oscuridad de la noche se les aplicara el mismo término y se echara mano del “galactos” (leche) para designar a estos grupos de estrellas (y especialmente al muy blanco que cruza de este a oeste los cielos de Europa) y se llamara galaxias a estos blancos grupos de estrellas.
Vemos pues que galáctico puede relacionarse con el azúcar de la leche y por extensión, con su blancura y con los grupos de estrellas que destacan en las noches cerradas formando una blanca estela.
Esta comparación de las estrellas con la blancura de la leche aparece en varios idiomas: recordemos la Vía Láctea (del latín lac-lactis=leche) en castellano, la Milky Way en inglés, la Milchstrasse alemán o la Voie Lactée francesa, todas referidas a la mayor de las galaxias, a la antes citada que por cruzar el firmamento de este a oeste también se llama en España “camino de Santiago”. En esos idiomas es la leche (lácteo, milk, milch) la referencia a la blancura de las estrellas.
La moderna aplicación a los jugadores de fútbol del Real Madrid puede tener varios fundamentos. El más simple puede ser el de relacionar galactos=leche=blanco con el color que habitualmente visten esos jugadores en el campo de fútbol. Pero no creo que sea esa la relación. Más bien pienso que se aplica el adjetivo por tratarse de un grupo de estrellas brillantes, lo que estaría avalado por eso que también oímos ocasionalmente de “la liga de las estrellas”. Si un conjunto de estrellas que relucen constituye una galaxia, sus componentes serán “galácticos”. Vean como el azúcar de la leche y los jugadores de fútbol de fama han venido a tener un parentesco etimológico, estando por medio la luz de las estrellas.
La sociedad actual, si duda, valora más la habilidad con los pies que con las manos. Un jugador de fútbol que maneje bien los pies gana mil veces más que un cirujano que maneje bien las manos. Además de la habilidad con los pies, lo futbolistas tienen la habilidad de hacerse pagar bien por la afición. Seguramente gana más dinero el dedo gordo del pie izquierdo de Beckham en una temporada que los diez dedos de las manos de una instrumentista de quirófano en toda su vida. Estos jugadores deben de ser de otra galaxia...
La evolución de esta palabra es muy curiosa. A los que estudiamos algo de bioquímica lo primero que nos recuerda es a la leche. Leche de vaca, cabra u oveja, básicamente, ya que la galactosa es el azúcar de la leche. Con toda probabilidad eso es debido a que “galactos” significa leche en griego y como los científicos echan mano del griego para designar las novedades que descubren, al encontrar un azúcar típico de la leche le bautizaron como galactosa.
Por otra parte, es obvio que una de las características más notables de la leche es su blancura, por lo que también parece lógico que a los grupos de estrellas que destacan por su blanca luz sobre la oscuridad de la noche se les aplicara el mismo término y se echara mano del “galactos” (leche) para designar a estos grupos de estrellas (y especialmente al muy blanco que cruza de este a oeste los cielos de Europa) y se llamara galaxias a estos blancos grupos de estrellas.
Vemos pues que galáctico puede relacionarse con el azúcar de la leche y por extensión, con su blancura y con los grupos de estrellas que destacan en las noches cerradas formando una blanca estela.
Esta comparación de las estrellas con la blancura de la leche aparece en varios idiomas: recordemos la Vía Láctea (del latín lac-lactis=leche) en castellano, la Milky Way en inglés, la Milchstrasse alemán o la Voie Lactée francesa, todas referidas a la mayor de las galaxias, a la antes citada que por cruzar el firmamento de este a oeste también se llama en España “camino de Santiago”. En esos idiomas es la leche (lácteo, milk, milch) la referencia a la blancura de las estrellas.
La moderna aplicación a los jugadores de fútbol del Real Madrid puede tener varios fundamentos. El más simple puede ser el de relacionar galactos=leche=blanco con el color que habitualmente visten esos jugadores en el campo de fútbol. Pero no creo que sea esa la relación. Más bien pienso que se aplica el adjetivo por tratarse de un grupo de estrellas brillantes, lo que estaría avalado por eso que también oímos ocasionalmente de “la liga de las estrellas”. Si un conjunto de estrellas que relucen constituye una galaxia, sus componentes serán “galácticos”. Vean como el azúcar de la leche y los jugadores de fútbol de fama han venido a tener un parentesco etimológico, estando por medio la luz de las estrellas.
La sociedad actual, si duda, valora más la habilidad con los pies que con las manos. Un jugador de fútbol que maneje bien los pies gana mil veces más que un cirujano que maneje bien las manos. Además de la habilidad con los pies, lo futbolistas tienen la habilidad de hacerse pagar bien por la afición. Seguramente gana más dinero el dedo gordo del pie izquierdo de Beckham en una temporada que los diez dedos de las manos de una instrumentista de quirófano en toda su vida. Estos jugadores deben de ser de otra galaxia...
Parafernalia
Es éste un ejemplo de cómo las palabras vienen y van, y de cómo lo suelen hacer por donde les da la gana, o mejor dicho por donde le da la gana al respetable, que es el que las usa, y las lleva y las trae, y las zarandea de aquí para allá, y muchas veces -las más- sin mucho tino ni demasiada reflexión, aunque casi siempre con instinto, con intuición y con onomatopeya.
Esta palabra, “parafernalia”, hace veinte o treinta años no la usaban, en el lenguaje habitual, ni los abogados, pues resultba muy técnica y hasta un poco pedante. Etimologicamente la palabra proviene del griego, y su ascendencia parece clara, pues “para” en griego significa “junto a” y “ferné” es la dote que una mujer lleva al matrimonio; es decir que parafernalia es lo que va junto a la dote. Si Vds. buscan su significado en un diccionario antiguo podrán leer que la parafernalia era el conjunto de bienes que una mujer aportaba al matrimonio fuera de la dote (bienes parafernales).
Es decir, que la dote era lo fundamental, lo nuclear, y -además de esa dote-, la mujer podía aportar otras cosas, probablemente muchas y variadas, que en la mayoría de los casos serían de menor importancia, y que la esposa llevaba por añadidura. La palabra va tomando así un sentido de accesorio, de algo que acompaña o rodea a lo fundamental, de conjunto de muchas y variadas cosas que giran entorno de algo más importante, que es el sentido que ha ido tomando con los años, de modo que si miran el significado de la palabra en un diccionario moderno, pueden leer: “conjunto de ritos o de cosas que rodean determinados actos o ceremonias”, que es el sentido que se le da hoy día, especialmente cuando esos ritos o cosas son numerosos, variados y aparatosos, que es una nueva connotación que está tomando la palabreja viajera.
Quizá por ello parafernalia se usa hoy día para designar algo complicado, aparatoso, alambicado, quizá ruidoso o molesto, que acompaña a algún acto o situación determinada. Estamos bastante lejos de lo que la mujer lleva al matrimonio además de la dote. El viaje, sin embargo, ha sido tranquilo.
Esta palabra, “parafernalia”, hace veinte o treinta años no la usaban, en el lenguaje habitual, ni los abogados, pues resultba muy técnica y hasta un poco pedante. Etimologicamente la palabra proviene del griego, y su ascendencia parece clara, pues “para” en griego significa “junto a” y “ferné” es la dote que una mujer lleva al matrimonio; es decir que parafernalia es lo que va junto a la dote. Si Vds. buscan su significado en un diccionario antiguo podrán leer que la parafernalia era el conjunto de bienes que una mujer aportaba al matrimonio fuera de la dote (bienes parafernales).
Es decir, que la dote era lo fundamental, lo nuclear, y -además de esa dote-, la mujer podía aportar otras cosas, probablemente muchas y variadas, que en la mayoría de los casos serían de menor importancia, y que la esposa llevaba por añadidura. La palabra va tomando así un sentido de accesorio, de algo que acompaña o rodea a lo fundamental, de conjunto de muchas y variadas cosas que giran entorno de algo más importante, que es el sentido que ha ido tomando con los años, de modo que si miran el significado de la palabra en un diccionario moderno, pueden leer: “conjunto de ritos o de cosas que rodean determinados actos o ceremonias”, que es el sentido que se le da hoy día, especialmente cuando esos ritos o cosas son numerosos, variados y aparatosos, que es una nueva connotación que está tomando la palabreja viajera.
Quizá por ello parafernalia se usa hoy día para designar algo complicado, aparatoso, alambicado, quizá ruidoso o molesto, que acompaña a algún acto o situación determinada. Estamos bastante lejos de lo que la mujer lleva al matrimonio además de la dote. El viaje, sin embargo, ha sido tranquilo.
Dos palabras inmigrantes
Son dos palabras que a mi al menos me ponen enfermo, pues me parece que las han traído los traficantes, en patera, sin papeles y sin que hicieran ninguna falta, pues estamos sobrados de otras que expresan lo mismo, pero mucho más clásicas, castizas y bellas. Me refiero a dos vocablos que nos inundan, especialmente entre los que quieren presumir de saber inglés, como son “privacidad” y “testar” en el sentido de probar, ensayar.
En realidad, ninguna de las dos palabras está en el diccionario. Son por tanto inmigrantes ilegales, aunque se dejan ver y escuchar sin el menor rebozo. Privacidad es una mala traducción de “privacy”, que equivale a nuestra “intimidad”, que es palabra clásica y clara, y que todo el mundo entiende. Si tenemos “intimidad”, que tiene su D.N.I. ¿por qué usar ese barbarismo de “privacidad”?
Lo mismo se puede decir de testar, que en castellano tiene varias acepciones, siendo la más conocida la de hacer testamento.
No es que el incorporar palabras de otras lenguas sea malo para la nuestra, que así se enriquece, pero sí creo que puede ser nocivo cuando se hace a costa de perder exactitud, propiedad, precisión o casticismo. Decir “testar” con el sentido originario anglosajón de probar, comprobar, ensayar, verificar, examinar, etc. me parece que no hace sino confundir, pues la mayoría de los españoles vamos a interpretar “hacer testamento” con lo que ya está el lío armado. Habiendo tantas palabras que traducen perfectamente la idea del “to test”, no parece necesario añadir una nueva que crea confusión y disminuye la precisión.
Soy consciente de que la batalla está perdida y dentro de unos años “privacidad” estará en el diccionario con el sentido de intimidad y “testar” con el de probar y ensayar. La lengua es y debe ser cambiante; pero que la lengua sea viva no quiere decir que sea perversa, y por ello creo que cambios y adopciones deberían hacerse de la forma menos traumática, menos vulgar y menos servil que sea posible.
El lenguaje, que para muchos es el más importante instrumento de trabajo, deberá ser renovado siempre que se necesite, como las herramientas del artesano, pero la renovación debe responder a la necesidad, no al capricho, y las nuevas adquisiciones, además de llenar una necesidad, convendrá que sean útiles y de buen funcionamiento. La compra deberá hacerse con dignidad y decoro. Si además la pieza adquirida es bella, miel sobre hojuelas. Pero ¿por qué adquirir objetos inútiles, herrumbrosos o innecesarios?
Por otra parte, si tenemos ya nuestra propia herramienta y es perfectamente útil y bella ¿por qué coger la del vecino? Bien está pedir prestado lo que nos falta, pero con mesura, decoro y prudencia, no por capricho o vanidad. Y esto de la vanidad vacía o afán de presumir es, según creo, una de las causas de la proliferación de barbarismos mal injertados. Ahora está de moda hacer ver que se sabe inglés, y para ello se usan extranjerismos, sean o no necesarios y vengan a cuento o no.
Otra causa es la escasa y cada vez menor formación humanística de la población, especialmente de la juvenil. Se enseña a los jóvenes a comunicarse mediante ordenadores, y bien está esa enseñanza, pero ¿se les enseña a comunicarse en su propia lengua? ¿se les hace ver el placer que proporciona la conversación de lenguaje diáfano, rico y variado; la belleza de la expresión justa y precisa; la satisfacción de la frase castiza y exacta? Sería una gran alegría que la respuesta fuera afirmativa.
En realidad, ninguna de las dos palabras está en el diccionario. Son por tanto inmigrantes ilegales, aunque se dejan ver y escuchar sin el menor rebozo. Privacidad es una mala traducción de “privacy”, que equivale a nuestra “intimidad”, que es palabra clásica y clara, y que todo el mundo entiende. Si tenemos “intimidad”, que tiene su D.N.I. ¿por qué usar ese barbarismo de “privacidad”?
Lo mismo se puede decir de testar, que en castellano tiene varias acepciones, siendo la más conocida la de hacer testamento.
No es que el incorporar palabras de otras lenguas sea malo para la nuestra, que así se enriquece, pero sí creo que puede ser nocivo cuando se hace a costa de perder exactitud, propiedad, precisión o casticismo. Decir “testar” con el sentido originario anglosajón de probar, comprobar, ensayar, verificar, examinar, etc. me parece que no hace sino confundir, pues la mayoría de los españoles vamos a interpretar “hacer testamento” con lo que ya está el lío armado. Habiendo tantas palabras que traducen perfectamente la idea del “to test”, no parece necesario añadir una nueva que crea confusión y disminuye la precisión.
Soy consciente de que la batalla está perdida y dentro de unos años “privacidad” estará en el diccionario con el sentido de intimidad y “testar” con el de probar y ensayar. La lengua es y debe ser cambiante; pero que la lengua sea viva no quiere decir que sea perversa, y por ello creo que cambios y adopciones deberían hacerse de la forma menos traumática, menos vulgar y menos servil que sea posible.
El lenguaje, que para muchos es el más importante instrumento de trabajo, deberá ser renovado siempre que se necesite, como las herramientas del artesano, pero la renovación debe responder a la necesidad, no al capricho, y las nuevas adquisiciones, además de llenar una necesidad, convendrá que sean útiles y de buen funcionamiento. La compra deberá hacerse con dignidad y decoro. Si además la pieza adquirida es bella, miel sobre hojuelas. Pero ¿por qué adquirir objetos inútiles, herrumbrosos o innecesarios?
Por otra parte, si tenemos ya nuestra propia herramienta y es perfectamente útil y bella ¿por qué coger la del vecino? Bien está pedir prestado lo que nos falta, pero con mesura, decoro y prudencia, no por capricho o vanidad. Y esto de la vanidad vacía o afán de presumir es, según creo, una de las causas de la proliferación de barbarismos mal injertados. Ahora está de moda hacer ver que se sabe inglés, y para ello se usan extranjerismos, sean o no necesarios y vengan a cuento o no.
Otra causa es la escasa y cada vez menor formación humanística de la población, especialmente de la juvenil. Se enseña a los jóvenes a comunicarse mediante ordenadores, y bien está esa enseñanza, pero ¿se les enseña a comunicarse en su propia lengua? ¿se les hace ver el placer que proporciona la conversación de lenguaje diáfano, rico y variado; la belleza de la expresión justa y precisa; la satisfacción de la frase castiza y exacta? Sería una gran alegría que la respuesta fuera afirmativa.
Escaquear
Esta palabra ha ido cambiando de significado en los últimos tiempos. Hace años, sólo se usaba en su acepción primitiva, derivada de “escaque”, que es el cuadro del tablero de ajedrez o del muy parecido del juego de damas. Escaquear era pues distribuir en escaques; separar y colocar un conjunto de fichas, figuras u objetos en los cuadrados de estos tableros o de otros similares.
La palabra empezó a ser usada por los militares en un sentido algo más amplio, pero dentro de la misma intención, transmitiendo la idea de distribuirse por zonas, de desperdigarse, de deshacer un grupo compacto. Recuerdo muy bien cuando en el campamento de Montelareina, en un momento de la instrucción en que estábamos todos los componentes de la sección apiñados, nos dijo el teniente:
- Ahora vamos a suponer que viene la aviación. Vds. tienen que buscar cobijo procurando que no se les vea desde la altura, así que lo primero es escaquearse, ¡hala, deprisa, a escaquearse¡
Algunos veteranos salieron corriendo y se colocaron cuerpo a tierra debajo de las encinas y carrascas de la loma Geroma, pero la mayoría nos quedamos mas bien parados sin saber muy bien qué hacer. Para muchos la palabra era completamente nueva; la primera vez que la oían.
El teniente insistía:
- ¡Vamos¡ ¡a escaquearse¡ Busquen rápido un escondrijo. ¿No ven que llega la aviación enemiga?
Por lógica tratamos de separarnos, distribuirnos por la zona y mimetizarnos con el terreno. Los dos o tres últimos se llevaron la riña:
- Pero ¿están Vds. tontos? ¿Cómo se quedan ahí de pie, juntos y parados al sol? La aviación les verá de inmediato; son Vds. un blanco perfecto. Busquen al menos una sombra y escaqueense ya mismo.
La mayoría de nosotros, que no teníamos el diccionario a mano, nada recordábamos de los tableros de ajedrez, y mas bien sacábamos la conclusión de que escaquearse debía de ser, más o menos, pasar inadvertido cuando la aviación o el enemigo te busca para nada bueno.
Al atardecer, ya en la tienda, cuando había que llenar de agua el botijo, para lo que había que ir hasta la fuente, distante medio kilómetro, se oían frases como esta:
- Le toca a Juan ir a por agua, ¿dónde está Juan?
- Está ahí escaqueado detrás de la manta
- Eh tú, Juan, no te escaquees que no viene la aviación. Sólo se trata de llenar el botijo. Te toca a ti hoy.
Y así, escaquearse, que era usado con bastante propiedad por los militares en el sentido de distribuirse por zonas (aunque no fueran exactamente escaques) empezó a derivar hacia pasar inadvertido. Naturalmente uno suele desear pasar inadvertido cuando lo que le espera no es muy grato. De ahí al significado actual de eludir tareas “non gratas” sólo hay un paso. Quizá por ello en las últimas ediciones del diccionario ya se recoge esta acepción, que es ahora la más usada. Incluso creo que podríamos ser mal interpretados si, con toda propiedad, preguntáramos:
- ¿Sabes cómo se escaquean las figuras del ajedrez?
La palabra empezó a ser usada por los militares en un sentido algo más amplio, pero dentro de la misma intención, transmitiendo la idea de distribuirse por zonas, de desperdigarse, de deshacer un grupo compacto. Recuerdo muy bien cuando en el campamento de Montelareina, en un momento de la instrucción en que estábamos todos los componentes de la sección apiñados, nos dijo el teniente:
- Ahora vamos a suponer que viene la aviación. Vds. tienen que buscar cobijo procurando que no se les vea desde la altura, así que lo primero es escaquearse, ¡hala, deprisa, a escaquearse¡
Algunos veteranos salieron corriendo y se colocaron cuerpo a tierra debajo de las encinas y carrascas de la loma Geroma, pero la mayoría nos quedamos mas bien parados sin saber muy bien qué hacer. Para muchos la palabra era completamente nueva; la primera vez que la oían.
El teniente insistía:
- ¡Vamos¡ ¡a escaquearse¡ Busquen rápido un escondrijo. ¿No ven que llega la aviación enemiga?
Por lógica tratamos de separarnos, distribuirnos por la zona y mimetizarnos con el terreno. Los dos o tres últimos se llevaron la riña:
- Pero ¿están Vds. tontos? ¿Cómo se quedan ahí de pie, juntos y parados al sol? La aviación les verá de inmediato; son Vds. un blanco perfecto. Busquen al menos una sombra y escaqueense ya mismo.
La mayoría de nosotros, que no teníamos el diccionario a mano, nada recordábamos de los tableros de ajedrez, y mas bien sacábamos la conclusión de que escaquearse debía de ser, más o menos, pasar inadvertido cuando la aviación o el enemigo te busca para nada bueno.
Al atardecer, ya en la tienda, cuando había que llenar de agua el botijo, para lo que había que ir hasta la fuente, distante medio kilómetro, se oían frases como esta:
- Le toca a Juan ir a por agua, ¿dónde está Juan?
- Está ahí escaqueado detrás de la manta
- Eh tú, Juan, no te escaquees que no viene la aviación. Sólo se trata de llenar el botijo. Te toca a ti hoy.
Y así, escaquearse, que era usado con bastante propiedad por los militares en el sentido de distribuirse por zonas (aunque no fueran exactamente escaques) empezó a derivar hacia pasar inadvertido. Naturalmente uno suele desear pasar inadvertido cuando lo que le espera no es muy grato. De ahí al significado actual de eludir tareas “non gratas” sólo hay un paso. Quizá por ello en las últimas ediciones del diccionario ya se recoge esta acepción, que es ahora la más usada. Incluso creo que podríamos ser mal interpretados si, con toda propiedad, preguntáramos:
- ¿Sabes cómo se escaquean las figuras del ajedrez?
Okey
Leo en un importante periódico de la capital que hace poco se murió un escritor de Estados Unidos que se había pasado varios años intentando saber el origen de esta palabra. Decía la crónica que había encontrado varias explicaciones, y citaba unas cuantas. Debo decir que ninguna me convenció, o al menos ninguna me pareció mejor que la que yo ya sabia, que, por cierto, no se citaba. También pensé que el origen de las palabras es tema curioso e interesante, pero no se si tanto como para pasarse media vida detrás de una de ellas, aunque sea tan sumamente famosa y universalmente empleada como “okey”.
Ciertamente la palabreja ha hecho fortuna y no la usan solo los norteamericanos de Estados Unidos, ni siquiera los que tienen el ingles como lengua madre, sino que se ha extendido a la mayoría de los idiomas, y así resulta que franceses, italianos, hispanoamericanos, portugueses, brasileños, etc. la usan con su claro significado de estar de acuerdo, de aceptar lo que el interlocutor dice, de dar por bueno lo que se escucha.
En lo referente al origen del vocablo, hay algo que no se discute, y es que la palabra viene de la pronunciación de dos letras: la vocal “O” y la consonante “K” , que en ingles se dice “key”, es decir que se puede escribir con toda propiedad “O.K.”. Esto le da facilidad para expresar acuerdo y aceptación con solo dos letras, lo que puede tener ventajas si hablamos en Morse con cualquiera de sus posibles medios: linterna, espejos, telégrafo, etc. A esto de que la palabra viene de la pronunciación en ingles de estas dos letras, la “O” y la “K”, todos diríamos: okey.
Pero ¿por que estas dos letras y no otras? La explicación que me dieron en EE.UU. hace ya años, tiene que ver con la guerra de independencia de ese país y también con la gran frecuencia con la que en ingles se emplea la vocal “O” cuando hay que decir el numero cero. Quizás porque el signo es el mismo, cuando en ingles tenemos que decir “cero”, por ejemplo al pronunciar un numero de teléfono, solemos decir “O”. En realidad la palabra “zero” que es la traducción inglesa de nuestro “cero”, solo se usa en frases relativas a la física; en la conversación normal se dice “O”.
Pues bien, la guerra de independencia de EE.UU. se pareció bastante a una guerra de guerrillas. Los independentistas eran en su mayoría granjeros y ganaderos, civiles que se organizaban en pequeñas unidades de combate que hacían frente a los ingleses. En los combates se producían bajas, pero no resultaba fácil informar a los compatriotas, dispersos por granjas y pequeños poblados, del resultado de dichos combates. Por ello se comenzó a exponer en un papel clavado en la puerta de la oficina de mando norteamericana (cerca del actual Boston) el número de victimas que se había producido durante el día. En ingles, a los que han resultado muertos, se les dice “killed” (“matados”) , de modo que un día podían ser “3 killed” si había habido tres muertos y otro podía ser “O killed” si no había habido bajas. Naturalmente todos respiraban cuando en el cartel se veía el “0 killed”, especialmente las familias que tenían hijos o padre en las partidas que se enfrentaban a los ingleses. Pronto, y quizás por la afición a las siglas de ese pueblo, el deseado “0 killed” se abrevio en “0 K.”, letras que significaban que todo estaba en orden, que no había habido muertos, que podían dormir tranquilos. No es difícil imaginar a los familiares de los combatientes diciendo
-¿Qué ha pasado hoy? ¿has visto el papel de la oficina?
- Tranquilo. O K.
- Ah, bueno, voy a decírselo a los Ferguson
Esta es la explicación que me dieron y que creo, cuando menos, verosímil. En el peor de los casos, me parece que “si non e vero e ben trovato”.
Ciertamente la palabreja ha hecho fortuna y no la usan solo los norteamericanos de Estados Unidos, ni siquiera los que tienen el ingles como lengua madre, sino que se ha extendido a la mayoría de los idiomas, y así resulta que franceses, italianos, hispanoamericanos, portugueses, brasileños, etc. la usan con su claro significado de estar de acuerdo, de aceptar lo que el interlocutor dice, de dar por bueno lo que se escucha.
En lo referente al origen del vocablo, hay algo que no se discute, y es que la palabra viene de la pronunciación de dos letras: la vocal “O” y la consonante “K” , que en ingles se dice “key”, es decir que se puede escribir con toda propiedad “O.K.”. Esto le da facilidad para expresar acuerdo y aceptación con solo dos letras, lo que puede tener ventajas si hablamos en Morse con cualquiera de sus posibles medios: linterna, espejos, telégrafo, etc. A esto de que la palabra viene de la pronunciación en ingles de estas dos letras, la “O” y la “K”, todos diríamos: okey.
Pero ¿por que estas dos letras y no otras? La explicación que me dieron en EE.UU. hace ya años, tiene que ver con la guerra de independencia de ese país y también con la gran frecuencia con la que en ingles se emplea la vocal “O” cuando hay que decir el numero cero. Quizás porque el signo es el mismo, cuando en ingles tenemos que decir “cero”, por ejemplo al pronunciar un numero de teléfono, solemos decir “O”. En realidad la palabra “zero” que es la traducción inglesa de nuestro “cero”, solo se usa en frases relativas a la física; en la conversación normal se dice “O”.
Pues bien, la guerra de independencia de EE.UU. se pareció bastante a una guerra de guerrillas. Los independentistas eran en su mayoría granjeros y ganaderos, civiles que se organizaban en pequeñas unidades de combate que hacían frente a los ingleses. En los combates se producían bajas, pero no resultaba fácil informar a los compatriotas, dispersos por granjas y pequeños poblados, del resultado de dichos combates. Por ello se comenzó a exponer en un papel clavado en la puerta de la oficina de mando norteamericana (cerca del actual Boston) el número de victimas que se había producido durante el día. En ingles, a los que han resultado muertos, se les dice “killed” (“matados”) , de modo que un día podían ser “3 killed” si había habido tres muertos y otro podía ser “O killed” si no había habido bajas. Naturalmente todos respiraban cuando en el cartel se veía el “0 killed”, especialmente las familias que tenían hijos o padre en las partidas que se enfrentaban a los ingleses. Pronto, y quizás por la afición a las siglas de ese pueblo, el deseado “0 killed” se abrevio en “0 K.”, letras que significaban que todo estaba en orden, que no había habido muertos, que podían dormir tranquilos. No es difícil imaginar a los familiares de los combatientes diciendo
-¿Qué ha pasado hoy? ¿has visto el papel de la oficina?
- Tranquilo. O K.
- Ah, bueno, voy a decírselo a los Ferguson
Esta es la explicación que me dieron y que creo, cuando menos, verosímil. En el peor de los casos, me parece que “si non e vero e ben trovato”.
martes, 6 de febrero de 2007
Las tapas
Hay palabras que tienen un origen claro y sus antecedentes están a la vista de todos. Por ejemplo “paraguas” o -en más culto- “microscopio”. Otras, en cambio tienen linaje oscuro, difícil o escondido, pero a cambio tienen su propia historia, que es, a veces, como un cuento, que puede empezar con el “érase una vez” y terminar con el parto feliz y el nacimiento venturoso de una nueva palabra.
Eso creo le ocurre a “tapa”, tomada en el sentido de pequeño bocado, de breve porción de alimento que con frecuencia nos sirven en bares y tabernas para acompañar a las bebidas que pedimos. Sería sinónima o parecida a “pincho” o “banderilla”, si bien estas últimas tienen clara su prosapia y a la vista su abolengo, pues el palillo que ensarta el alimento explica lo de “pincho” y no deja dudas sobre el símil taurino de “banderilla”.
No ocurre lo mismo con “tapa”, que puede existir sin palillo alguno, y sin que el alimento esté clavado ni ensartado, sino libre y a su buen caer y mejor saber.
Esta de “tapa” es palabra muy castiza y de mucha importancia, y tan necesaria que nos la han copiado en muchos otros países y que ha sido, por tanto, exportada a varios idiomas, que la han adoptado sin reservas. El vocablo figura en los anuncios y en las cartas de los mejores restaurantes europeos y americanos que ofrecen comida de influencia española, y lo de tomar “unas tapas” se extiende como mancha de aceite en todo el mundo civilizado. A pesar de ello, el origen de tan española e internacional palabra creo que apenas es conocido, por lo que puede despertar la curiosidad del lector:
La historia empieza en un pueblo de Andalucía. También vale uno de Extremadura, de Levante o hasta de Asturias, pues la única condición necesaria es que hubiera habido moscas y mosquitos abundantes en los bares del pueblo, condición no muy difícil de cumplir hace años y especialmente en lugares calurosos.
Pues bien, al bar de la plaza del pueblo, bien surtido de insectos voladores, solían ir hacia la una del mediodía, después de trabajar y antes de comer, un grupo de trabajadores a tomar unos vinos. El ventero les servía y ellos charlaban y bebían.
Daba la casualidad de que a la una solía llegar también la diligencia o el autobús que dos veces por semana llevaba viajeros y mercancías al pueblo, con lo que el mesonero tenía que salir unos minutos para recoger las mercaderías que le enviaban. Para no hacer esperar a sus fieles parroquianos, cuando a la una tenía que ausentarse por este motivo y los clientes estaban a punto de llegar, les dejaba servidos los vinos sobre el mostrador y se escapaba a la estación para recoger el género. Pero, claro, en los minutos que el hombre estaba fuera y los vasos llenos sobre el mostrador, más de un insecto terminaba ahogado en el vino, lo que producía quejas en la parroquia:
- Oye Juan, que en el vino había una pareja
- ¿Cómo una pareja?
- Mosca y mosquito
- Es por no haceros esperar. Por eso lo sirvo un poco antes de salir
- Bueno, bueno...
Pero como las quejas iban en aumento, se le ocurrió al ventero tapar la boca de los vasos antes de ir al correo, y como no tenía nada mejor a mano, cortó unas rodajas de lomo embuchado que colocó sobre los vasos impidiendo el paso de las moscas. Los parroquianos se encontraron el vino sin insectos y, naturalmente, se comieron la rodaja de lomo.
Cuando no había correo y el mesonero no tenía necesidad de salir, el vaso no tenía rodaja de lomo encima, pues el vino se servia al momento y se bebía en poco tiempo. Los clientes, que habían encontrado sabrosa la rodaja
de lomo, y a esa hora estaban hambrientos, empezaron a quejarse:
- Juan, que queremos el vaso con la tapa
- Pero si estamos aquí todos delante y podemos espantar a las moscas; no hace falta tapar el vaso
- Eso de la tapa está muy bien; sabe mejor el vino y no se sube a la cabeza
Y así empezó la costumbre. Al cabo de unos meses los habitantes del pueblo decían:
- Vamos a tomar un vaso a la taberna de la calle Mayor
- No, espera, mejor vamos al bar de la plaza, que dan el vaso con tapa
-¿Qué es eso?
- Pues que tapan el vaso con una rodaja de lomo o de chorizo
- ¡Ah! bueno, pues vamos
- Juan, danos unos vasos de vino, pero con tapa ¿eh? Ya sabes, por si las moscas...
Eso creo le ocurre a “tapa”, tomada en el sentido de pequeño bocado, de breve porción de alimento que con frecuencia nos sirven en bares y tabernas para acompañar a las bebidas que pedimos. Sería sinónima o parecida a “pincho” o “banderilla”, si bien estas últimas tienen clara su prosapia y a la vista su abolengo, pues el palillo que ensarta el alimento explica lo de “pincho” y no deja dudas sobre el símil taurino de “banderilla”.
No ocurre lo mismo con “tapa”, que puede existir sin palillo alguno, y sin que el alimento esté clavado ni ensartado, sino libre y a su buen caer y mejor saber.
Esta de “tapa” es palabra muy castiza y de mucha importancia, y tan necesaria que nos la han copiado en muchos otros países y que ha sido, por tanto, exportada a varios idiomas, que la han adoptado sin reservas. El vocablo figura en los anuncios y en las cartas de los mejores restaurantes europeos y americanos que ofrecen comida de influencia española, y lo de tomar “unas tapas” se extiende como mancha de aceite en todo el mundo civilizado. A pesar de ello, el origen de tan española e internacional palabra creo que apenas es conocido, por lo que puede despertar la curiosidad del lector:
La historia empieza en un pueblo de Andalucía. También vale uno de Extremadura, de Levante o hasta de Asturias, pues la única condición necesaria es que hubiera habido moscas y mosquitos abundantes en los bares del pueblo, condición no muy difícil de cumplir hace años y especialmente en lugares calurosos.
Pues bien, al bar de la plaza del pueblo, bien surtido de insectos voladores, solían ir hacia la una del mediodía, después de trabajar y antes de comer, un grupo de trabajadores a tomar unos vinos. El ventero les servía y ellos charlaban y bebían.
Daba la casualidad de que a la una solía llegar también la diligencia o el autobús que dos veces por semana llevaba viajeros y mercancías al pueblo, con lo que el mesonero tenía que salir unos minutos para recoger las mercaderías que le enviaban. Para no hacer esperar a sus fieles parroquianos, cuando a la una tenía que ausentarse por este motivo y los clientes estaban a punto de llegar, les dejaba servidos los vinos sobre el mostrador y se escapaba a la estación para recoger el género. Pero, claro, en los minutos que el hombre estaba fuera y los vasos llenos sobre el mostrador, más de un insecto terminaba ahogado en el vino, lo que producía quejas en la parroquia:
- Oye Juan, que en el vino había una pareja
- ¿Cómo una pareja?
- Mosca y mosquito
- Es por no haceros esperar. Por eso lo sirvo un poco antes de salir
- Bueno, bueno...
Pero como las quejas iban en aumento, se le ocurrió al ventero tapar la boca de los vasos antes de ir al correo, y como no tenía nada mejor a mano, cortó unas rodajas de lomo embuchado que colocó sobre los vasos impidiendo el paso de las moscas. Los parroquianos se encontraron el vino sin insectos y, naturalmente, se comieron la rodaja de lomo.
Cuando no había correo y el mesonero no tenía necesidad de salir, el vaso no tenía rodaja de lomo encima, pues el vino se servia al momento y se bebía en poco tiempo. Los clientes, que habían encontrado sabrosa la rodaja
de lomo, y a esa hora estaban hambrientos, empezaron a quejarse:
- Juan, que queremos el vaso con la tapa
- Pero si estamos aquí todos delante y podemos espantar a las moscas; no hace falta tapar el vaso
- Eso de la tapa está muy bien; sabe mejor el vino y no se sube a la cabeza
Y así empezó la costumbre. Al cabo de unos meses los habitantes del pueblo decían:
- Vamos a tomar un vaso a la taberna de la calle Mayor
- No, espera, mejor vamos al bar de la plaza, que dan el vaso con tapa
-¿Qué es eso?
- Pues que tapan el vaso con una rodaja de lomo o de chorizo
- ¡Ah! bueno, pues vamos
- Juan, danos unos vasos de vino, pero con tapa ¿eh? Ya sabes, por si las moscas...
Guadamía, ¿o aguamía?
Siendo yo mozo, o sea hace más de treinta años, los de Obras Públicas debieron de ser, pusieron carteles en las carreteras con los nombres de los ríos que las cruzaban. Al salir del concejo de Ribadesella y entrar en el de Llanes, colocaron uno muy visible que rezaba : Río
Guadamía.
Pasaba yo un dia de aquellos por allí, en el coche de D. Julio Gavito, padre, que era un Seat 1.400 de los primeros que salieron. Julio Gavito, padre, era un hombre muy culto (también lo es el hijo, pero de otra manera), que según él mismo decía “de Oviedo a Llanes conozco todos los montes, ríos, caminos, y hasta los praos”, lo que se acercaba mucho a la realidad.
Tenía siempre la amabilidad de recogerme en la carretera cuando me veía haciendo auto-stop , y además me invitaba a un café con madalenas en casa Manín, en Ribadesella, cuando la carretera pasaba casi por el centro de la villa. Algunas veces concertábamos el viaje por teléfono. Ambos pasábamos el verano en Llanes, pero trabajando -a días- en Oviedo. De ahí nuestros ocasionales viajes en común, y nuestra relativa amistad a pesar de la diferencia de edad.
Pues bien, el primer día que vimos el cartel, me dijo Don Julio:
- Se han equivocado. No es Guadamía, sino Aguamía. Siempre se ha dicho Aguamía. Como hay tantos ríos en España que empiezan por Guada, de ahí debe venir el error...
Durante muchos años me he estado fijando en el nombre que se le da a este riachuelo. En la mayoría de mapas y planos, especialmente en los modernos, puede verse Guadamía, lo que, sobre ser un cierto error, puede inducir a más error, pues el prefijo “guada”, que significa río en árabe , podría hacer pensar en una influencia árabe en estos territorios, que obviamente no existió.
En algunas obras moderna y bien documentadas (como la Gran Enciclopedia Asturiana o Asturias Concejo a Concejo) se citan los dos nombres, y se refieren al pequeño río con ambos términos: Guadamía o Aguamía, que hacen así sinónimos. En cambio, en los libros antiguos que he podido consultar sólo he encontrado el que creo más auténtico, el de Aguamía.
El diccionario geográfico-estadístico-histórico de Madoz (1845-50) es aquí incuestionable : dedica ocho líneas exactísimas al topónimo Aguamía y no cita el de Guadamía.
A mí me parece que alguna eminencia gris de Obras Públicas de aquella época, seguramente desde Madrid, diría ¿Aguamía?...será Guadamía, como en otros sitios. Y reconfortado con el recuerdo del Guadiana, Guadalquivir, Guadalhorce, Guadalaviar, Guadalete y tantos otros, se quedó tranquilo. Pero no hay ríos cuyo nombre comience por Guada en el norte de España. Se comprende la metátesis, y la lengua está llena de casos similares, pero también se puede comprender un pequeño afán por poner las cosas en su sitio.
Guadamía.
Pasaba yo un dia de aquellos por allí, en el coche de D. Julio Gavito, padre, que era un Seat 1.400 de los primeros que salieron. Julio Gavito, padre, era un hombre muy culto (también lo es el hijo, pero de otra manera), que según él mismo decía “de Oviedo a Llanes conozco todos los montes, ríos, caminos, y hasta los praos”, lo que se acercaba mucho a la realidad.
Tenía siempre la amabilidad de recogerme en la carretera cuando me veía haciendo auto-stop , y además me invitaba a un café con madalenas en casa Manín, en Ribadesella, cuando la carretera pasaba casi por el centro de la villa. Algunas veces concertábamos el viaje por teléfono. Ambos pasábamos el verano en Llanes, pero trabajando -a días- en Oviedo. De ahí nuestros ocasionales viajes en común, y nuestra relativa amistad a pesar de la diferencia de edad.
Pues bien, el primer día que vimos el cartel, me dijo Don Julio:
- Se han equivocado. No es Guadamía, sino Aguamía. Siempre se ha dicho Aguamía. Como hay tantos ríos en España que empiezan por Guada, de ahí debe venir el error...
Durante muchos años me he estado fijando en el nombre que se le da a este riachuelo. En la mayoría de mapas y planos, especialmente en los modernos, puede verse Guadamía, lo que, sobre ser un cierto error, puede inducir a más error, pues el prefijo “guada”, que significa río en árabe , podría hacer pensar en una influencia árabe en estos territorios, que obviamente no existió.
En algunas obras moderna y bien documentadas (como la Gran Enciclopedia Asturiana o Asturias Concejo a Concejo) se citan los dos nombres, y se refieren al pequeño río con ambos términos: Guadamía o Aguamía, que hacen así sinónimos. En cambio, en los libros antiguos que he podido consultar sólo he encontrado el que creo más auténtico, el de Aguamía.
El diccionario geográfico-estadístico-histórico de Madoz (1845-50) es aquí incuestionable : dedica ocho líneas exactísimas al topónimo Aguamía y no cita el de Guadamía.
A mí me parece que alguna eminencia gris de Obras Públicas de aquella época, seguramente desde Madrid, diría ¿Aguamía?...será Guadamía, como en otros sitios. Y reconfortado con el recuerdo del Guadiana, Guadalquivir, Guadalhorce, Guadalaviar, Guadalete y tantos otros, se quedó tranquilo. Pero no hay ríos cuyo nombre comience por Guada en el norte de España. Se comprende la metátesis, y la lengua está llena de casos similares, pero también se puede comprender un pequeño afán por poner las cosas en su sitio.
“Comanda” y “destazar”
He aqui dos palabras muy distintas en origen y significado, pues mientras la primera es galicismo reciente, la segunda es antigua y de pura prosapia castellana. También difieren en cuanto a frecuencia de uso, ya que “comanda” podemos oirla en cualquier restaurante o cafetería modernos, por lo general en boca de jóvenes, en tanto que “destazar” es término menos usado, propio de algunos viejos pueblos de Castilla la Vieja. Por otra parte, aunque en relación con ello, me parece que el primero de los vocablos lleva un camino ascendente, al contrario del segundo, cuyo uso, al igual que la función que designa, decrece y puede terminar por perderse.
Ninguna de las dos venía en los diccionarios antiguos, pero destazar, con su significado exacto de “despiezar”un animal, generalmente una res, ya se encuentra en las ediciones recientes del de la Real Academia y también en otros actuales. En cambio, la frecuente “comanda”, por ser flagrante barbarismo, no la he encontrado aún en los que manejo, ni antiguos ni modernos.
El sustantivo femenino “comanda” lo emplean los camareros -y especialmente los “maitres”- para designar el pedido que hacen las personas que están en una mesa y desean tomar algo. Por extensión, designa también la hoja de papel en que se suele escribir el encargo. Por eso puede oirse ¡ahí te va la comanda de la cuatro!, refiriéndose al encargo de los comensales de la mesa número cuatro. Creo que la palabra chirría un poco, pues suena extraña y ajena, pero se está imponiendo quizá porque no tenemos otra mejor para nombrar específicamente el encargo de una mesa. Es cierto que “pedido” sirve perfectamente, pero tiene un significado más general que puede aplicarse a cualquier tipo de solicitud o petición, en tanto que el extranjerismo “comanda” se reserva para los pedidos de las mesas en restaurantes, cafeterías y similares. Al menos yo sólo a he oído con ese sentido.
Por otra parte, eso de recibir y anotar los encargos en los restaurantes tiene su importancia y quizá por ello suelen hacerlo los “maitres” (otro galicismo) y no los camareros recién llegados. Todos hemos sufrido alguna vez las desagradables consecuencias de un error en la “comanda” cuando nos traen un plato que no habíamos pedido o dos raciones de algo que sólo queríamos probar. Es frecuente en España que los comensales, antes de hacer el pedido, duden, pregunten, rectifiquen y mareen un poco al camarero, que tiene que tachar y corregir en ocasiones el papel del pedido que llega a la cocina. Muchas veces he admirado su paciencia. Asunto tan importante bien merece palabra propia, aunque chirríe algo y haya que pedirla prestada.
Con toda probabilidad el término viene del francés, donde la “commande” tiene ese uso específico de platos encargados,(aunque también otros similares) y es muy corriente, prácticamente habitual en los restaurantes. Aunque ahora nos llegan más palabras del inglés, ésta, quizá por tratarse de asunto de restaurante, tiene mucho más parentesco con la “commande” francesa que con la “order” inglesa.
Por el contrario, destazar es vocablo castizo que he oído en los pueblos del valle de Esgueva, en la provincia de Valladolid, y en otros de la ribera del Duero. Me vino a la cabeza hace poco, cuando me encargaron que despiezara un lechazo que venía de por allá. El vocablo, de viejo abolengo castellano, lo usaba mucho mi amigo Eusebio, que tenía uno de los mejores hornos de asar de la comarca y se pasaba las mañanas de la Navidad destazando lechazos de churra, que son, con diferencia, los mejores para el asado.
Ninguna de las dos venía en los diccionarios antiguos, pero destazar, con su significado exacto de “despiezar”un animal, generalmente una res, ya se encuentra en las ediciones recientes del de la Real Academia y también en otros actuales. En cambio, la frecuente “comanda”, por ser flagrante barbarismo, no la he encontrado aún en los que manejo, ni antiguos ni modernos.
El sustantivo femenino “comanda” lo emplean los camareros -y especialmente los “maitres”- para designar el pedido que hacen las personas que están en una mesa y desean tomar algo. Por extensión, designa también la hoja de papel en que se suele escribir el encargo. Por eso puede oirse ¡ahí te va la comanda de la cuatro!, refiriéndose al encargo de los comensales de la mesa número cuatro. Creo que la palabra chirría un poco, pues suena extraña y ajena, pero se está imponiendo quizá porque no tenemos otra mejor para nombrar específicamente el encargo de una mesa. Es cierto que “pedido” sirve perfectamente, pero tiene un significado más general que puede aplicarse a cualquier tipo de solicitud o petición, en tanto que el extranjerismo “comanda” se reserva para los pedidos de las mesas en restaurantes, cafeterías y similares. Al menos yo sólo a he oído con ese sentido.
Por otra parte, eso de recibir y anotar los encargos en los restaurantes tiene su importancia y quizá por ello suelen hacerlo los “maitres” (otro galicismo) y no los camareros recién llegados. Todos hemos sufrido alguna vez las desagradables consecuencias de un error en la “comanda” cuando nos traen un plato que no habíamos pedido o dos raciones de algo que sólo queríamos probar. Es frecuente en España que los comensales, antes de hacer el pedido, duden, pregunten, rectifiquen y mareen un poco al camarero, que tiene que tachar y corregir en ocasiones el papel del pedido que llega a la cocina. Muchas veces he admirado su paciencia. Asunto tan importante bien merece palabra propia, aunque chirríe algo y haya que pedirla prestada.
Con toda probabilidad el término viene del francés, donde la “commande” tiene ese uso específico de platos encargados,(aunque también otros similares) y es muy corriente, prácticamente habitual en los restaurantes. Aunque ahora nos llegan más palabras del inglés, ésta, quizá por tratarse de asunto de restaurante, tiene mucho más parentesco con la “commande” francesa que con la “order” inglesa.
Por el contrario, destazar es vocablo castizo que he oído en los pueblos del valle de Esgueva, en la provincia de Valladolid, y en otros de la ribera del Duero. Me vino a la cabeza hace poco, cuando me encargaron que despiezara un lechazo que venía de por allá. El vocablo, de viejo abolengo castellano, lo usaba mucho mi amigo Eusebio, que tenía uno de los mejores hornos de asar de la comarca y se pasaba las mañanas de la Navidad destazando lechazos de churra, que son, con diferencia, los mejores para el asado.
Por sus frutos los conoceréis
Daba un poco de pena ver la fotografía del estadio del Oviedo que apareció el lunes en este periódico. Más o menos como el Parlamento, o sea casi desierto. Recuerdo cuando mi amigo Joaquín y yo, con doce o trece años, no perdíamos un solo partido de fútbol, y veíamos el estadium de Buenavista, domingo tras domingo, completamente lleno. Eso parecía dar ánimos. Entonces era, además, un centro social donde se podía ver a todo el mundo. Desde compañeros de colegio hasta gentes de la llamada buena sociedad. En el improvisado bar, en el descanso, creo que incluso se hacían buenos negocios, alentados por un “sol y sombra”, que era de lo que más se bebía en el fútbol.
Ahora, al ver el magnífico nuevo estadio, tan grande, con tanta capacidad y tan notable cabida, pero más vacío que las Cortes en verano, me vinieron a la cabeza los versos que escribió Góngora cuando los madrileños hicieron un enorme puente sobre el pequeño Manzanares:
Duélete de esa puente, Manzanares
Mira que dice por ahí la gente
Que no eres río para media puente
Y que ella es puente para muchos mares
Algo parecido podría decirse de la categoría del estadio y de la categoría en la que está el equipo.
Como he estado muchos años fuera de Asturias no sé lo que le pudo suceder al Real Oviedo. Cuando hay desastres como ese, lo habitual es que nadie lo sepa, pues los que lo saben no lo dicen, y los que lo dicen no lo saben. Los demás hacemos conjeturas o suposiciones más o menos ciertas, pero difícilmente exactas. Sin embargo, una cosa está clara, y es que el resultado de la gestión ha sido un fracaso. De primera a segunda B o algo así, pues no sé dónde está ahora el equipo, al que, por cierto, contribuyó a crear y capitaneó mi tío Perico Rubín, cuando volvió de Inglaterra, pronto hará un siglo.
Pero España no es país en el que los resultados sean determinantes. Somos más idealistas que prácticos. Podemos matar a quien nos diga que no son gigantes sino molinos, y cuando sentimos el resultado de nuestra acción, que es el gran revolcón que nos dan las aspas, aún podemos inventar cualquier disculpa para justificar nuestro error, lo que haremos antes que reconocerlo y corregirlo.
Un equipo que pasa de primera división a segunda B tan rápidamente, ha tenido que tener una deficiente gestión. Ya sé que a veces las cosas se hacen bien y salen mal, y eso puede pasar alguna vez, pero no es o no suele ser lo habitual. Lo más normal es que si no salen bien es porque ha habido algún fallo. Siempre me ha parecido una solemne tontería eso que dicen que decía algún cirujano: “la operación muy bien, ha salido muy bien” “¿y qué tal está el paciente?” “¡ah, el paciente mal! el paciente se ha muerto” .
Algo similar me viene a la cabeza con la reciente corriente o moda que tiende a hacer apología sin crítica de la segunda república. Bien sé que esos gobiernos hicieron muchísimo por la cultura y la educación de los españoles, que hubo leyes admirables, que las ciencias y las artes se desarrollaron como pocas veces en la historia de España. La segunda república forma parte (aunque pequeña) del “medio siglo de oro” de nuestra cultura, que va de 1886 a 1936. Todo eso y más tengo por cierto. Pero el resultado fue un desastre. Según dicen casi todos, el mayor desastre de nuestra historia. Tengo para mí que un gobierno que termina en guerra civil no es un buen gobierno. Nos quedamos desnudos y pobres cuando antes éramos ricos y cultos. Creo haber leído que era el nuestro uno de los países del mundo que más reservas tenía en oro. El cuarto o el quinto, más o menos. De ahí pasamos a pordioseros ¿Es admirable un Gobierno que termina en guerra civil? ¿No es responsabilidad de un buen Gobierno prevenirla y evitarla? ¿Debió de sacarse de España el oro de todos los españoles? Esas preguntas me he hecho cientos de veces, y la respuesta que me doy mitiga mi admiración por la segunda república.
Ya sé que en España tendemos a glorificar y ensalzar lo que hemos hecho, o lo que han hecho nuestros amigos, olvidándonos de los resultados, que -en definitiva- es lo que vale. Somos apasionados y por tanto poco objetivos. Creo que nos vendría bien más autocrítica y menos “grandonismo”. Más valoración de resultados y menos disculpas. Más plomo en los pies y menos viento en la cabeza. La república terminó en tragedia, los pobres viajeros de Air Madrid siguen en tierra y el Oviedo ya ni sé por donde anda. Sólo nos queda el consuelo de los versos de Góngora cuando criticaba “el grandonismo” de Lope de Vega que se había fabricado “ex novo” un escudo nobiliario lleno de torres:
Por tu vida Lopillo que me borres
Las diecinueve torres del escudo
Porque, aunque todas son de viento, dudo
Que tengas viento para tantas torres.
Ahora, al ver el magnífico nuevo estadio, tan grande, con tanta capacidad y tan notable cabida, pero más vacío que las Cortes en verano, me vinieron a la cabeza los versos que escribió Góngora cuando los madrileños hicieron un enorme puente sobre el pequeño Manzanares:
Duélete de esa puente, Manzanares
Mira que dice por ahí la gente
Que no eres río para media puente
Y que ella es puente para muchos mares
Algo parecido podría decirse de la categoría del estadio y de la categoría en la que está el equipo.
Como he estado muchos años fuera de Asturias no sé lo que le pudo suceder al Real Oviedo. Cuando hay desastres como ese, lo habitual es que nadie lo sepa, pues los que lo saben no lo dicen, y los que lo dicen no lo saben. Los demás hacemos conjeturas o suposiciones más o menos ciertas, pero difícilmente exactas. Sin embargo, una cosa está clara, y es que el resultado de la gestión ha sido un fracaso. De primera a segunda B o algo así, pues no sé dónde está ahora el equipo, al que, por cierto, contribuyó a crear y capitaneó mi tío Perico Rubín, cuando volvió de Inglaterra, pronto hará un siglo.
Pero España no es país en el que los resultados sean determinantes. Somos más idealistas que prácticos. Podemos matar a quien nos diga que no son gigantes sino molinos, y cuando sentimos el resultado de nuestra acción, que es el gran revolcón que nos dan las aspas, aún podemos inventar cualquier disculpa para justificar nuestro error, lo que haremos antes que reconocerlo y corregirlo.
Un equipo que pasa de primera división a segunda B tan rápidamente, ha tenido que tener una deficiente gestión. Ya sé que a veces las cosas se hacen bien y salen mal, y eso puede pasar alguna vez, pero no es o no suele ser lo habitual. Lo más normal es que si no salen bien es porque ha habido algún fallo. Siempre me ha parecido una solemne tontería eso que dicen que decía algún cirujano: “la operación muy bien, ha salido muy bien” “¿y qué tal está el paciente?” “¡ah, el paciente mal! el paciente se ha muerto” .
Algo similar me viene a la cabeza con la reciente corriente o moda que tiende a hacer apología sin crítica de la segunda república. Bien sé que esos gobiernos hicieron muchísimo por la cultura y la educación de los españoles, que hubo leyes admirables, que las ciencias y las artes se desarrollaron como pocas veces en la historia de España. La segunda república forma parte (aunque pequeña) del “medio siglo de oro” de nuestra cultura, que va de 1886 a 1936. Todo eso y más tengo por cierto. Pero el resultado fue un desastre. Según dicen casi todos, el mayor desastre de nuestra historia. Tengo para mí que un gobierno que termina en guerra civil no es un buen gobierno. Nos quedamos desnudos y pobres cuando antes éramos ricos y cultos. Creo haber leído que era el nuestro uno de los países del mundo que más reservas tenía en oro. El cuarto o el quinto, más o menos. De ahí pasamos a pordioseros ¿Es admirable un Gobierno que termina en guerra civil? ¿No es responsabilidad de un buen Gobierno prevenirla y evitarla? ¿Debió de sacarse de España el oro de todos los españoles? Esas preguntas me he hecho cientos de veces, y la respuesta que me doy mitiga mi admiración por la segunda república.
Ya sé que en España tendemos a glorificar y ensalzar lo que hemos hecho, o lo que han hecho nuestros amigos, olvidándonos de los resultados, que -en definitiva- es lo que vale. Somos apasionados y por tanto poco objetivos. Creo que nos vendría bien más autocrítica y menos “grandonismo”. Más valoración de resultados y menos disculpas. Más plomo en los pies y menos viento en la cabeza. La república terminó en tragedia, los pobres viajeros de Air Madrid siguen en tierra y el Oviedo ya ni sé por donde anda. Sólo nos queda el consuelo de los versos de Góngora cuando criticaba “el grandonismo” de Lope de Vega que se había fabricado “ex novo” un escudo nobiliario lleno de torres:
Por tu vida Lopillo que me borres
Las diecinueve torres del escudo
Porque, aunque todas son de viento, dudo
Que tengas viento para tantas torres.
Estatuas de dictadores
Un dictador de verdad fue Cromwell, que gobernó despóticamente Inglaterra durante muchos años, tras haber inspirado el juicio, la condena a muerte y el ajusticiamiento (algunos dicen asesinato) del rey Carlos I Estuardo en Londres el 30 de Enero de 1649. Curiosamente, este rey inglés, nieto de María Estuardo, había pasado largo tiempo en Madrid durante su juventud, pues pretendía casarse con una hija de Felipe III, pero parece ser que fue rechazado por la infanta, con lo que se volvió a Londres soltero, pero no de vacío, pues había comprado algunos cuadros a los excelentes pintores españoles de la época.
Tras ajusticiar o asesinar al rey, el puritano Cromwell organizó un ejército llamado “el ejército de los santos” (ya el nombre da que pensar), con el que impuso el terror en Inglaterra. El catedrático de Historia y gran historiador Pérez Bustamante dice de él: “Hipócrita y ambicioso, cometió crímenes explotando el fanatismo de los demás. Fue nombrado Generalísimo...disolvió el Parlamento Largo e hizo otro a su gusto (Parlamento Pequeño) y después recibió el título de Lord Protector vitalicio...persiguió ferozmente a los católicos...protegió a los protestantes y gobernó de un modo despótico, pero beneficioso para su país. Falleció en 1658, convencido de haber sido un instrumento del Todopoderoso. La vida inglesa durante ese periodo fue tristísima. Se prohibieron todos los espectáculos favoritos de los ingleses y se cerraron los teatros...Su hijo Ricardo carecía de condiciones para ejercer la dictadura y abdicó en 1659”.
Este sí era dictador de verdad, pues además de creerse tocado por Dios, cerrar los teatros y prohibir cantar en todo el pais excepto en la Iglesia, colocó a su hijo como sucesor.
Pues bien, cualquiera que pasee por el centro de Londres puede ver la estatua del sanguinario dictador Cromwell, que curiosamente está muy cerca del Parlamento del Reino Unido. Allí sigue el militar puritano sin que le moleste nadie, excepto las palomas.
No es, por tanto, cierto que los paises democráticos prohiban o retiren recuerdos de dictadores. No sé si los monarcas absolutistas franceses, los que van de Luis XIII a Luis XVI por ejemplo, pueden ser considerados dictadores. A mi me parece que aún más que dictadores (recuerden aquello de “El Estado soy yo”), pero lo que sí afirmo es que tienen docenas de estatuas, especialmente en las proximidades de sus fabulosos “Chateaux”.
Pero si de los monarcas absolutistas franceses puede discutirse su condición de dictadores, no creo que nadie le dispute a Napoleón su categoría de máximo dictador. Su curriculum dictatorial es perfecto: militar de profesión, acceso al poder mediante golpe de Estado, mando personal, único y supremo del Ejército, del Estado, del Gobierno...de todo. Hasta se permitió colocar a sus amigos y parientes en los tronos de las naciones que iba sometiendo. En vez de Lord Protector, éste se hizo llamar Emperador, lo que no impidió que dejase arruinada a Francia.
Pues bien, cualquiera que haya visitado París, habrá visto la estatua del super-dictador sobre el bellísimo, altísimo y riquísimo pedestal decorado con relieves en bronce de todas sus victorias. Hay que tener demasiado interés en ver a los famosos que entran y salen del Ritz o en las exclusivas joyerías de la Place Vendome para no levantar la vista al cielo y encontrarse con la estatua de Napoleon.
Lo que ocurre es que esos paises democráticos asumen su historia. No tratan, como el gobierno vasco,de crear de la nada una historia “limpia y pura”, favorable...y falsa.
Con frecuencia los políticos refuerzan sus argumentos tomando como ejemplo las formas de actuar de algunos paises que han destacado en convivencia, educación y democracia. Suelen citarlos mucho, aunque los conozcan poco. Para conocer bien un país y la cultura de un pueblo parece lógico conocer - como primer paso-, su lengua, cosa a la que parecen alérgicos nuestros gobernantes. Si los conocieran mejor sabrían que el espíritu de esos países es -en general y en primer lugar- el de no falsear la historia, el de aceptarla pura y simplemente, lo que revela madurez y sensatez.
Un pueblo que erige una estatua, o que permite que se erija y al poco tiempo la retira, lo único que demuestra es su incongruencia o su versatilidad. A menos que se lo hagan los de fuera, por imposición incoercible, como les pasó a los iraquies. Miren Vds. por donde Rodriguez Zapatero ha seguido, en esto, fielmente los pasos de Bush en Irak. Parece evidente que están muy de acuerdo al menos en un punto: en cuanto pueden se cargan la estatua del dictador.
Tras ajusticiar o asesinar al rey, el puritano Cromwell organizó un ejército llamado “el ejército de los santos” (ya el nombre da que pensar), con el que impuso el terror en Inglaterra. El catedrático de Historia y gran historiador Pérez Bustamante dice de él: “Hipócrita y ambicioso, cometió crímenes explotando el fanatismo de los demás. Fue nombrado Generalísimo...disolvió el Parlamento Largo e hizo otro a su gusto (Parlamento Pequeño) y después recibió el título de Lord Protector vitalicio...persiguió ferozmente a los católicos...protegió a los protestantes y gobernó de un modo despótico, pero beneficioso para su país. Falleció en 1658, convencido de haber sido un instrumento del Todopoderoso. La vida inglesa durante ese periodo fue tristísima. Se prohibieron todos los espectáculos favoritos de los ingleses y se cerraron los teatros...Su hijo Ricardo carecía de condiciones para ejercer la dictadura y abdicó en 1659”.
Este sí era dictador de verdad, pues además de creerse tocado por Dios, cerrar los teatros y prohibir cantar en todo el pais excepto en la Iglesia, colocó a su hijo como sucesor.
Pues bien, cualquiera que pasee por el centro de Londres puede ver la estatua del sanguinario dictador Cromwell, que curiosamente está muy cerca del Parlamento del Reino Unido. Allí sigue el militar puritano sin que le moleste nadie, excepto las palomas.
No es, por tanto, cierto que los paises democráticos prohiban o retiren recuerdos de dictadores. No sé si los monarcas absolutistas franceses, los que van de Luis XIII a Luis XVI por ejemplo, pueden ser considerados dictadores. A mi me parece que aún más que dictadores (recuerden aquello de “El Estado soy yo”), pero lo que sí afirmo es que tienen docenas de estatuas, especialmente en las proximidades de sus fabulosos “Chateaux”.
Pero si de los monarcas absolutistas franceses puede discutirse su condición de dictadores, no creo que nadie le dispute a Napoleón su categoría de máximo dictador. Su curriculum dictatorial es perfecto: militar de profesión, acceso al poder mediante golpe de Estado, mando personal, único y supremo del Ejército, del Estado, del Gobierno...de todo. Hasta se permitió colocar a sus amigos y parientes en los tronos de las naciones que iba sometiendo. En vez de Lord Protector, éste se hizo llamar Emperador, lo que no impidió que dejase arruinada a Francia.
Pues bien, cualquiera que haya visitado París, habrá visto la estatua del super-dictador sobre el bellísimo, altísimo y riquísimo pedestal decorado con relieves en bronce de todas sus victorias. Hay que tener demasiado interés en ver a los famosos que entran y salen del Ritz o en las exclusivas joyerías de la Place Vendome para no levantar la vista al cielo y encontrarse con la estatua de Napoleon.
Lo que ocurre es que esos paises democráticos asumen su historia. No tratan, como el gobierno vasco,de crear de la nada una historia “limpia y pura”, favorable...y falsa.
Con frecuencia los políticos refuerzan sus argumentos tomando como ejemplo las formas de actuar de algunos paises que han destacado en convivencia, educación y democracia. Suelen citarlos mucho, aunque los conozcan poco. Para conocer bien un país y la cultura de un pueblo parece lógico conocer - como primer paso-, su lengua, cosa a la que parecen alérgicos nuestros gobernantes. Si los conocieran mejor sabrían que el espíritu de esos países es -en general y en primer lugar- el de no falsear la historia, el de aceptarla pura y simplemente, lo que revela madurez y sensatez.
Un pueblo que erige una estatua, o que permite que se erija y al poco tiempo la retira, lo único que demuestra es su incongruencia o su versatilidad. A menos que se lo hagan los de fuera, por imposición incoercible, como les pasó a los iraquies. Miren Vds. por donde Rodriguez Zapatero ha seguido, en esto, fielmente los pasos de Bush en Irak. Parece evidente que están muy de acuerdo al menos en un punto: en cuanto pueden se cargan la estatua del dictador.
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